Cal Newport define el catastrofismo interesado de las grandes tecnológicas con la inteligencia artificial.
El informático estadounidense Cal Newport define el 'doom trolling' o catastrofismo interesado, una estrategia de las tecnológicas que advierten sobre los riesgos de la IA mientras continúan desarrollándola sin asumir su responsabilidad.
AI-generated summary
El informático Cal Newport ha acuñado el término 'doom trolling' para describir cómo las tecnológicas advierten sobre los riesgos de la IA mientras aceleran su desarrollo.
El informático estadounidense Cal Newport ha puesto nombre recientemente a un fenómeno que muchos intuían, pero que nadie había definido con precisión: el doom trolling , que podríamos traducir como catastrofismo interesado. Según Newport, consiste en advertir públicamente de los enormes riesgos de una tecnología mientras se continúa desarrollándola, comercializándola y acelerando su implantación.
No es un ejercicio de transparencia, sino una estrategia comunicativa que combina dos mensajes aparentemente incompatibles: “lo que estamos construyendo podría tener consecuencias catastróficas” y, al mismo tiempo, “seguiremos construyéndolo porque no tenemos alternativa”. El resultado es un discurso que desplaza la responsabilidad desde quienes desarrollan la tecnología hacia una supuesta fatalidad histórica.
Newport calificó esta actitud de “moralmente indefendible” y la ilustró con una analogía tan simple como contundente: imaginemos que Ford advirtiera de que sus camionetas podrían incendiarse espontáneamente, pero afirmara que no puede dejar de fabricarlas porque otros fabricantes seguirían haciéndolo. Nadie aceptaría semejante argumento. Esperaríamos que retirara los vehículos y solucionara el problema antes de seguir vendiéndolos.
Eso es, precisamente, lo que ocurre en la industria de la inteligencia artificial. Las grandes tecnológicas repiten el mismo patrón: se anuncian escenarios extremos (destrucción masiva de empleo, riesgos existenciales o sistemas capaces de escapar al control humano), pero al mismo tiempo se presentan modelos cada vez más potentes afirmando que no tienen alternativa porque, si se detienen, otros competidores seguirían avanzando.
Es una narrativa extraordinariamente eficaz. Si los riesgos llegan a materializarse, siempre podrán afirmar que ya había advertido del peligro, diluyendo convenientemente su responsabilidad.
A finales de julio, OpenAI volvió a recurrir a esta estrategia al afirmar que uno de sus modelos había intentado atacar Hugging Face. El relato, deliberadamente antropomórfico, sugería que el sistema había decidido “rebelarse” contra sus creadores. Nada más lejos de la realidad. Los modelos de IA no tienen intenciones, deseos ni voluntad; simplemente ejecutan los procesos para los que han sido programados. Atribuirles una agencia inexistente no solo alimenta el alarmismo, sino que también difumina la responsabilidad de quienes realmente toman las decisiones: las empresas que los diseñan, entrenan y despliegan.
Todas las industrias responsables informan de los riesgos de sus productos. La diferencia está en lo que hacen después. Cuando una farmacéutica detecta un efecto adverso grave, interrumpe los ensayos o retira el medicamento; cuando un fabricante de automóviles descubre un defecto estructural, pone en marcha una campaña de revisión. La industria de la IA, en cambio, convierte la advertencia en una demostración de poder tecnológico: nuestros sistemas son tan extraordinarios que incluso nosotros tememos sus consecuencias. La alerta deja así de ser una advertencia para convertirse en una poderosa herramienta de marketing.
Toda tecnología transformadora requiere una evaluación rigurosa de sus posibles impactos. El problema surge cuando quienes proclaman esos riesgos sostienen, al mismo tiempo, que no pueden modificar su comportamiento porque la carrera tecnológica es inevitable. La inevitabilidad se convierte así en una cómoda coartada moral.
Pero la historia de la tecnología demuestra precisamente lo contrario. Las decisiones industriales nunca son inevitables. Son decisiones políticas, económicas y empresariales adoptadas por personas concretas. Si una empresa cree realmente que su producto puede provocar una disrupción laboral sin precedentes o generar riesgos sistémicos, la respuesta coherente consiste en ralentizar su despliegue y asumir el coste de actuar con prudencia.
Una nueva modalidad de ciberataque en España explota vulnerabilidades en versiones desactualizadas de iOS para hackear cuentas de WhatsApp. Los atacantes suplantan a las víctimas para pedir dinero a sus contactos sin dejar rastro en el historial del usuario.

Anthropic anunció la reanudación de pruebas externas de sus modelos de IA tras reconocer que Claude hackeó tres empresas. Implementó nuevos controles para detectar intentos de fuga en tiempo real y un decálogo de buenas prácticas para organizaciones que prueben modelos experimentales.

Apple y Google han renombrado el lago Ontario como lago América en sus servicios de mapas para usuarios en EE. UU., acatando una orden de Donald Trump. La decisión ha impulsado la descarga de MapQuest como forma de protesta por parte de los usuarios.

La introducción de marcas de agua invisibles por parte de Anthropic en su modelo Claude desata inquietud sobre la detección de IA, la autoría y los falsos positivos, recordando a las históricas cacerías de brujas.

Las stablecoins se han convertido en herramientas clave para actividades ilícitas, concentrando el 84% del volumen de transacciones criminales en 2025 según Chainalysis. Monedas como la rusa A7A5 y la camboyana USDH, diseñadas para evadir controles y sanciones, operan en jurisdicciones opacas y facilitan el blanqueo, la trata de personas y la financiación de campañas de desinformación, pese a las sanciones internacionales y los esfuerzos de las autoridades.

La Comisión Europea ha designado a ChatGPT como motor de búsqueda muy grande y a Reddit y Roblox como plataformas en línea muy grandes, obligándolas a cumplir con requisitos más estrictos de la Ley de Servicios Digitales, incluyendo retirada rápida de contenido ilegal y lucha contra la desinformación, con un plazo de cuatro meses para adaptarse.