
Familias, ancianos y trabajadores abandonan Ceuta ante la incertidumbre y la falta de seguridad tras la llegada masiva de migrantes
Residentes de Ceuta optan por abandonar temporalmente sus hogares o enviar a sus familiares fuera de la ciudad ante la crisis migratoria, citando inseguridad, desabastecimiento y la falta de soluciones claras por parte de las instituciones.
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Ceuta enfrenta una crisis migratoria tras la entrada masiva de personas a finales de julio. La ciudad experimenta tensiones sociales y logísticas similares a eventos históricos como los disturbios de 1995.
Estrella Caballero no quería irse de Ceuta. A sus 81 años su intención era quedarse en su hogar. Tenía constancia de la avalancha de 80.000 inmigrantes que atravesaron la frontera con Marruecos el pasado 30 de julio, prácticamente la totalidad de personas censados en la ciudad autónoma. Pero a ella de su techo no la movían. «Yo no me quiero ir de mi casa», le repetía a su hijo Anselmo Cruces, un diseñador gráfico e industrial que, por su seguridad, quería que fuera pasar unos días a la casa que tiene en Algeciras junto a su tita.
Finalmente, Estrella cambió de opinión cuando volvió a pisar la calle el 5 de agosto, día en el que se celebra la procesión en honor a Santa María de África, «Madre y Patrona de la Ciudad» desde 1418. «La impresión fue enorme. Sintió de golpe la cruda realidad, el drama humano», explica su hijo. Estrella vio niños de la edad de sus nietos deambulando solos, pidiendo un teléfono para contactar con su familia o durmiendo en los callejones. La anciana rompió a llorar. Le repetía una y otra vez lo mismo a su hijo: "¿Dónde les puedo comprar comida?"». Pero los supermercados cercanos estaban cerrados o desabastecidos.
«Al volver a casa hablamos. No se trataba de que quisiera echarla de su casa, sino de que todos estaríamos mucho más tranquilos si ella estuviera fuera unos días mientras la situación se aclara. Mi preocupación es que, si surge cualquier problema de salud y hay que salir rápidamente, ella esté en un lugar seguro y pueda recibir toda la atención que necesite. Así que al final aceptó irse a la casa de Algeciras», recuerda Anselmo.
Cogieron el ferry el viernes 8 de agosto a las 17:30 horas. El barco iba lleno de «abuelos, niños y familias». «No es gente que quisiera marcharse de Ceuta. Era gente que, ante la incertidumbre, está intentando proteger a los suyos», reflexiona el diseñador.
En calles, parques, playas y laderas de Ceuta siguen durmiendo miles de personas casi un mes después dela entrada masiva del 31 de julio. De manera inversa, decenas de ceutíes abandonan sus hogares temporalmente. Y si el trabajo no lo permite, envían fuera a sus hijos hasta que la situación se normalice. Hay padres que incluso exigen a los centros educativos que vayan organizando clases telemáticas como durante la pandemia. Para los ceutíes que tienen una segunda residencia, familiares o amigos fuera de la ciudad, marcharse de forma provisional se ha convertido en la única alternativa para que menores y ancianos «vivan tranquilos».
«Tenemos coartadas nuestra libertad del día a día. Con mi hijo de nueve años sólo he podido salir a casa de una amiga. Y así va a ser lo que queda de verano. Y me temo que el otoño y el invierno. Porque seguiremos igual», especula una abogada ceutí que prefiere no dar su nombre. «Cuando llueva nos quitarán el polideportivo para meter a los que queden porque se estarán mojando y hace frío y nos quedaremos sin kárate para los niños, ni yoga, ni hípica. Y si hay, van a estar bajo la mirada de delincuentes, porque muchos tienen antecedentes. Esa es la realidad, pero no se dice», denuncia.
«Ceuta ahora mismo es una ciudad sin ley. Y quienes hemos crecido en ella hemos tenido siempre una sensación de incertidumbre que quizá desde fuer es difícil de entender... Existe desde hace generaciones ese miedo a que un día ocurra algo y nuestra ciudad se vea desbordada. La Marcha Verde de 1975 está aún muy presente en la memoria colectiva de los ceutíes», explica el hijo de Estrella, al frente de una empresa familiar de carpintería de aluminio y vidrio de tercera generación con 15 empleados, varios de ellos de origen marroquí.
Temores del pasado
«Tú no sabes si los inmigrantes que se han quedado van de buen rollo o va a haber un levantamiento. Porque ahora mismo la situación es la que es, pero, como pasó hace unos años, que hubo un levantamiento de 240 subsaharianos», rememora Anselmo. Se refiere a los disturbios del Ángulo del 11 de octubre de 1995, considerado «un antes y un después» en la historia de Ceuta como frontera sur de Europa.
Ese día, los migrantes subsaharianos se encontraba bloqueada en las Murallas Reales. La salida del colectivo de kurdos, autorizada por el Ministerio del Interior y ejecutada por la Policía Nacional, fue la chispa que encendió las primeras protestas de los africanos que se sentían discriminados. Muchos eran originarios de Ruanda que acababan de huir del genocidio y comenzaron a lanzar piedras en dirección a la Avenida San Juan de Dios. También quemaron cartones y telas, para reclamar una solución a sus demandas de asilo o poder quedar libres para irse a la Península.
El humo, impulsado por el viento de levante llegó a los barrios de Hadú y el Morro y la situación perdió rápidamente el control. Hubo enfrentamientos con la población y las fuerzas del orden que se saldaron con 200 detenidos, dos inmigrantes gravemente heridos y un Policía Nacional, Antonio Arrebola Alcántara, herido de bala. El disparo salió de una vivienda próxima a las Murallas, pero nunca se descubrió el autor. «Ahora no son 250 inmigrantes. Se calcula que siguen en la ciudad 8.000 ó 9.000, no sabemos. Lo último que he leí es que eran 10.000. También tengo una amiga que me ha repartido en un día comida para 5.000 personas. Si con 250 personas ardió Troya, imagínate lo que puede pasar si esto se calienta», dice Anselmo.
Exilio gaditano
En Cádiz, Antonio -nombre ficticio- toca el ceitil que le cuelga del cuello. Es la moneda tradicional de la ciudad autónoma que se replica para pulseras y colgantes como símbolo de identidad. Acuñada durante el reinado de Alfonso V de Portugal, El Africano (1438-1481), en el reverso de la moneda de cobre aparece un castillo con tres torres sobre tres olas. La moneda permaneció en circulación durante décadas, incluso cuando la ciudad pasó a formar parte de la Corona de Castilla en el siglo XVII.
«Me la regalaron los niños que atendía en Ceuta», recuerda. No da su verdadero nombre por razones laborales. Es sanitario y la situación está «caliente» para su gremio. «Están desbordados», señala. No ayuda la tensión vivida esta semana entre el presidente de la ciudad, Juan Jesús Vivas (PP) y Mónica García, ministra de Sanidad (Sumar). García afirmó que «los migrantes no traen enfermedades» y que pueden contraerlas ahora «por las condiciones de insalubridad» en las que viven los que no han sido devueltos a Marruecos. Vivas le recriminó que haya ido a «dar lecciones de humanidad y solidaridad» a Ceuta.
«Como compañera, tenía que haber venido la primera. Porque con nuestro código deontológico se nos caen las manos por ayudar a todo el mundo», recalca Antonio. Él llegó a Ceuta «siendo un niñato» y se quedó a estudiar Técnico de Laboratorio Clínico y Biomédico en el IES Almina. «Me e enamoré de su gente, de cómo se podía vivir tan bien entre tantas culturas. Hice amigos, hermanos, de todos los colores, razas y religiones que a mí me importan un reverendo carajo», destaca.
Antonio se considera caballa, como se conoce coloquialmente a los ceutíes, porque allí vivió «la mejor época» de su vida. «Siempre anduve sin miedo y sin problemas. Iba a todos lados: a hacer prácticas al Príncipe con mi amiga Piedad, a Los Rosales a estudiar con Penélope... Teníamos unas fronteras permeables. Venían las señoras a vendernos las cosas de su huerto y nosotros íbamos encantados. El que no ha vivido en Ceuta no sabe que es ir a Castillejos a comprar pescado no sabe lo que era eso».
Pero ha llegado el momento en el que no ha podido más. «Me fui llorando de Ceuta porque me parecía un sitio magnífico para haber continuado mi vida. Pero sentí que allí a nadie le importaba ya nada. Lo que está pasando ahora es inconcebible. Es asqueroso que no te ayude nadie. Los daños psicológico que va a dejar esto no lo sabe nadie, porque es mucho estrés. Y como le pase algo malo a mi gente quemo el Rif», advierte.
«Muchos ceutíes vivimos una situación que resulta difícil de explicar con una sola palabra. En mi caso, lo que siento es incertidumbre. Incertidumbre porque no sabemos qué va a pasar. Escuchamos declaraciones, promesas y mensajes de las instituciones, pero echamos en falta soluciones claras y concretas. Mientras tanto, la situación se vive en las calles y afecta directamente a nuestro día a día», resume Osvaldo Norberto Vargas, argentino nacionalizado español y residente en Ceuta.
Su esposa y él se han planteado abandonar durante un tiempo su vivienda en Ceuta. Sólo le ha frenado la intranquilidad de «dejar tu casa sola y encontrarte con algún problema en tu regreso». «No es que quiera señalar a nadie o piense que todas las personas que han llegado sean iguales, pero la situación que estamos viviendo genera sensación de inseguridad y falta de control. También tengo aquí estos días a mi padre, una persona mayor. Y como hijo, es inevitable sentir miedo. Cuando pienso en él caminando solo por la calle, me pregunto qué podría pasarle y eso me genera angustia», describe este experto jugador de padel.
"Duele profundamente"
«No soy de piedra. Me duele ver a tanta gente en la calle. No hablamos sólo de adultos. Hay niños, padres con sus hijos, familias enteras de todas las edades que se encuentran en una situación que es dolorosa de contemplar», afirma Osvaldo.
La semana pasada, Moncloa anunció 1.500 nuevas plazas de acogida que se ubicarán en tres espacios de titularidad estatal -las instalaciones de la hípica, el antiguo campo de fútbol del cuartel de Caballería y el espacio El Guano- y mientras que el cuarto, la explanada de parking del embolsamiento en Loma Colmenar, conocida como Los pisos de colores, es propiedad de Ceuta.
Sora es una ceutí de origen magrebí que trabaja como celadora en un colegio de educación especial. «Jamás en mi vida he visto cosa igual», relata. Vive en el extrarradio, en la calle Marcelo Roldán. «No tenemos descanso, vemos a la gente escondida. Siento que es el inicio de la pérdida de nuestra ciudad», lamenta.
Pensó en irse, pero cree que «los caballas estamos hechos de una pasta especial» e irse era rendirse. «Aguantaremos por mucho que nos quieran dividir y unos y otros caigan en la trampa. Aquí no valen los colores ni la hipocresía. Tenemos que estar juntos», afirma. Eso sí, siente que su zona es «el Oeste». «Por la noche comienzan a moverse por Hadú que está sin presencia policial por la obra», explica. Hadú acoge el proyecto más ambicioso del Gobierno de Ceuta: contempla la remodelación de todas las infraestructuras y la creación de una galería para agua potable, riego, redes fecales y pluviales. «Todos los callejones tienen asentamientos. Salgo a decir que no se droguen. Mi barrio cuido yo. Ojalá volvamos a ser lo que éramos. Cada uno en su casa y Dios en la de todos», proclama.
Mientras muchas familias coordinan viajes en barco o avión, Norita, una joven ceutí con discapacidad motriz que acaba de sacar plaza de funcionaria, lucha por llegar a su trabajo. «Cada día pienso que mañana será mejor, pero no. Tengo que salir a las 7:00 horas para ir al trabajo y me veo obligada a coger un taxi, con el desembolso que supone. En el autobús no podemos montarnos. No he podido volver al fisioterapeuta y mis piernas empiezan a fallarme. Empatizo con quienes han venido a buscar su futuro, pero me da miedo salir a la calle. Necesitamos soluciones ya porque no podemos vivir así», afirma.

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