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El Nueva York boricua: la diáspora que ha marcado la historia de la ciudad
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El País·5/17/2026·🇪🇸Spain·World

El Nueva York boricua: la diáspora que ha marcado la historia de la ciudad

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Las caderas de LeAna López dan instrucciones al músico, que, en un diálogo directo e improvisado, interpreta sus movimientos sobre el tambor de bomba puertorriqueña, llamado primo. Este ritmo, nacido en las plantaciones de esclavos en Puerto Rico durante el siglo XVII, retumba en esta ocasión dentro de una iglesia en East Harlem, una zona de Manhattan conocida como El Barrio. El rugido de los barriles se intensifica y, cuando la música llega a su punto álgido, la escena parece trasladarse a la costa noreste de la isla caribeña, a la localidad de Loíza, cuna de la cultura afroboricua. Pero, en un instante, el ruido del tráfico de la avenida Lexington interrumpe el trance, como a modo de recordatorio: esto es Nueva York.

Junto a López bailan 15 personas, parte de un taller de danza coordinado por Los Pleneros de la 21, una organización comunitaria y grupo artístico cuya misión es promover en Nueva York el conocimiento de la bomba y otro género originario de Puerto Rico, la plena. Quienes tocan la plena se llaman pleneros; de ahí el nombre de este grupo que, desde su fundación en 1983, ha cosechado la cultura boricua en el corazón de la diáspora puertorriqueña en la Gran Manzana. Una comunidad que, a más de 2.500 kilómetros de la isla, ha marcado la historia de Nueva York. Tanto que en el corazón de la ciudad, en la Quinta Avenida de Manhattan, se celebra el mayor desfile de orgullo puertorriqueño del mundo. Reúne a más de un millón de personas cada verano desde hace casi 70 años para celebrar la isla caribeña y su diáspora. La misma diáspora a la que Bad Bunny canta en la canción con la que abre su último álbum, ­NUEVAYoL, y a la que rindió homenaje en su espec­táculo en la Super Bowl, cuando sobre la tarima más importante de Estados Unidos apareció Toñita, matriarca de la noche puertorriqueña en la Gran Manzana, para servirle un trago mientras él cantaba: “Un shot de cañita en casa de Toñita, ay / PR se siente cerquita”.

Un recorrido por los barrios más emblemáticos de esta comunidad pone de relieve que la esencia de Nueva York es boricua. La ciudad suena a Puerto Rico: desde los ritmos autóctonos que conservan Los Pleneros hasta la salsa y el reguetón, que se gestaron aquí con la ayuda de la diáspora. Y la ciudad también sabe a la isla, gracias a la panadería de dulces típicos en East Harlem donde el alcalde, Zohran Mamdani, ha ido a por un café o a las frituras que se venden en la avenida de Puerto Rico de Brooklyn.

Crear y ocupar espacios

LeAna López fue la primera de su familia en nacer en la diáspora, en East Harlem. Un lugar donde el acento boricua se escucha en cada esquina, mezclado con la jerga nuyorquina, pero con su esencia intacta: esa doble rr arrastrada y r singular doblada que se convierte en l. Aquí, una calle lleva el nombre de Tito Puente, el rey del timbal y del mambo, nacido y criado en estas cuadras repletas de restaurantes de comida criolla y adornadas con banderas puertorriqueñas.

Al crecer rodeada de todo esto, López nunca cuestionó su vínculo con una isla que en su niñez había pisado poco. Sus padres, ambos nacidos en Puerto Rico, siempre le inculcaron el valor de mantener su cultura viva desde Nueva York. Así fue como, a los siete años, llegó a su primera clase de bomba y plena de Los Pleneros de la 21.

Sentada sobre un taburete de tambor en la sede de la agrupación musical, mientras habla, López baila entre el inglés y algunas frases que le salen naturalmente en un español cargado de acento boricua. Casi tres décadas después de aquella primera clase, agradece haber encontrado en Los Pleneros un espacio donde “conectar y continuar las tradiciones” de su isla, a lo que ha dedicado toda su carrera artística. “Esta organización siempre me permitió sentir que era tan puertorriqueña como alguien que nació en la isla. Nunca sentí que no pertenecía. Eso fue más tarde, cuando empecé a escuchar términos como nuyorican”.

Esa palabra, nuyorican —un juego entre la pronunciación inglesa de New York y Puerto Rican—, fue usada durante muchos años por los puertorriqueños nacidos en Puerto Rico como un insulto hacia aquellos que, como López, nacieron fuera de la isla o quienes, después de tanto tiempo, intentaron volver y eran vistos diferentes, ajenos por pertenecer a la diáspora.

Durante la segunda mitad del siglo pasado, Nueva York fue la meca de los boricuas en la diáspora. Entre la Segunda Guerra Mundial y los años setenta, la población puertorriqueña en la ciudad pasó de decenas de miles de personas a cientos de miles. Su pico fue en 1970, cuando llegó a representar más del 10% del total. En aquella época, casi el 70% de los puertorriqueños que vivían en el territorio continental de Estados Unidos residía aquí.

Cuando llegaron, fueron marginados. Eran ciudadanos estadounidenses, pues Puerto Rico es un territorio no incorporado de Estados Unidos desde 1898, pero no manejaban el idioma. Hablaban español caribeño y nada de inglés; eran mestizos y afrocaribeños, que nunca habían sentido el frío del invierno. Frente al rechazo, fueron plantando bandera y creando enclaves propios, para que los que llegaran detrás de ellos supieran que no estaban solos. Como resultado, se fue gestando una nueva identidad de boricuas neoyorquinos.

En el pico de esa inmigración llegó Juan Gutiérrez, Juango, fundador de Los Pleneros de la 21. Nacido en 1951 en el barrio de Santurce, en San Juan, la capital de Puerto Rico, partió rumbo a Nueva York en 1976 para seguir formándose como músico. “Desde que tengo uso de razón me interesó la música, aunque no específicamente la bomba y la plena”, explica. “Pero una vez en Nueva York, me picó el mosquito de la puertorriqueñidad. Dije: Yo aspiro a una excelencia musical, pero tengo que profundizar en la música puertorriqueña”.

A partir de ese momento, se formó en la plena y bomba de la mano de maestros en la diáspora como Marcial Reyes Avelo, con quien hace 43 años creó Los Pleneros de la 21. Pronto identificó la necesidad de compartir ese conocimiento con el resto de la comunidad y, en 1989, se empezaron a ofrecer los talleres de danza y música que aún continúan. Las clases se han vuelto tan populares que este año se trasladaron a La Iglesia del Pueblo, un templo comunitario que, entre los años sesenta y setenta, fue un punto de encuentro para activistas boricuas en El Barrio, particularmente los Young Lords, un grupo de justicia social inspirado en el revolucionario Partido Pantera Negra, pero enfocado en las dificultades que atravesaban los puertorriqueños en la ciudad: marginación, pobreza, hostilidad…

Para Gutiérrez, la importancia de preservar la cultura boricua en la ciudad viene de la necesidad de defenderse frente a la adversidad. Con 75 años, el músico está semirretirado, viaja entre Puerto Rico y Nueva York, y su hija, Julia, ha recogido la batuta al frente de Los Pleneros. En una llamada antes de marcharse un tiempo a la isla, recuerda: “Cuando uno sale de Puerto Rico, se enfrenta a muchas situaciones relacionadas con la realidad de lo que es vivir en otra cultura, que es muchas veces hostil hacia nuestra identidad, no solamente como puertorriqueño, sino como latino. ¿Y cómo tú te defiendes? Buscando más profundamente lo que es tu identidad y afirmándote en el orgullo de ser lo que eres”.

El boom nuyorican

Otro guardián de esa identidad ha sido José Flores, o Pepe, como se le conoce en el Bajo Manhattan. Contemporáneo de Gutiérrez (de hecho, se conocieron en Puerto Rico y luego se reencontraron en la ciudad), Flores llegó —“por suerte”— al Lower East Side, o Loisaida, término que fusiona el nombre del principal municipio afro en Puerto Rico, Loíza, con la pronunciación inglesa de Lower East Side.

En aquellos años, Loisaida era una zona dura. La droga mandaba; primero la heroína y luego el crack. Nada parecido a lo que es hoy, con sus tiendas vintage y sus carísimos restaurantes. Cuando Flores llegó, consiguió un apartamento de dos habitaciones por 75 dólares al mes, y mientras lo limpiaba para mudarse a él, encontró debajo del suelo de linóleo jeringuillas usadas. “Pero al mismo tiempo esto era todo boricua. Yo salía por la puerta de mi casa y, antes de llegar a la esquina, saludaba a 10 o 15 personas en español”, recuerda desde el salón de su actual piso, todavía en Loisaida.

Flores llegó a la ciudad siendo amante de la música —“yo soy bailador nato. Yo bailo hasta los anuncios”— y en el Loisaida boricua de los setenta encontró un universo creativo en ebullición: había arte, poesía, teatro, música… Fue testigo del nacimiento de un movimiento cultural y artístico que llevaba la identidad nuyorican como bandera. Vio nacer instituciones como el Nuyorican Poets Café, fundado en 1973 por los poetas Miguel Algarín y Miguel Piñero, o, en 1976, el New Rican Village, un espacio dedicado a la música y el teatro dirigido por Eddie Figueroa.

Fue un momento fruto de “una generación que no se sentía ni de aquí ni de allá. Así dieron origen a una nueva nación, y ser nuyorican pasó de ser un insulto a llevarse como una insignia de honor”, explica Aníbal Arocho, bibliotecario del Centro de Estudios Puertorriqueños, la primera institución de investigación dedicada a la diáspora puertorriqueña y que abrió sus puertas en El Barrio en la misma época.

Con ese renacimiento cultural como telón de fondo, Flores fue coleccionando vinilos en su apartamento. De todo lo que encontró: música boricua, cubana, africana, jazz… En aquel entonces un disco costaba meros centavos, y Flores fue amasando una colección inmensa entre pulgueros y tiendas de música. En la actualidad, tiene más de 5.000 discos. Guarda auténticos tesoros, que siempre ha ofrecido como material de archivo para estudiantes o amantes de la música. “Yo solamente soy the holder, pero yo no soy el dueño. Hay coleccionistas de música que no te dejan ni entrar por la puerta, mucho menos que le toques un disco. Pero yo, siempre que haya respeto, esa puerta estará abierta”.

La puerta es la de su apartamento, que suele dejar sin candado, dice, por si se le olvida la llave al salir. Los discos cubren las paredes de su salón, apilados en estanterías de madera que alcanzan el techo. Hasta hace poco, sin embargo, se encontraban en su galería, abierta en 2022 en el escaparate del edificio donde Flores residió por más de 40 años. Bautizó el espacio como La Sala de Pepe, una extensión de su casa convertida en centro cultural dedicado a la música, la fotografía, el arte y el activismo boricua.

Pepe no sabe si reabrirá la galería. Lamenta la gentrificación de Loisaida, que ha forzado la salida de muchos boricuas. “En esta avenida, en aquel entonces había un montón de tiendas de inmigrantes, un carnicero, la pescadería… Todo eso se fue al carajo”, cuenta. A esta zona ahora se la conoce como el East Village y el alquiler medio es de 5.000 dólares al mes.

El coleccionista no puede evitar tirar de una metáfora para describir el pasado puertorriqueño ancestral de Loisaida que peligra: “Lo que yo te cuento son cosas que ya no se dan aquí. Ya no está ese jardín para que surjan esas flores”.

“Aquí estamos”

Ahora le corresponde a personas como Caridad de la Luz, considerada la guardiana de la cultura nuyorican en la ciudad, cultivar ese jardín.

La poeta, de 49 años, reconocida por su nombre artístico La Bruja, llega al Bronx Music Hall vestida con un vestido largo de encaje verde y unos zapatos “peculiares”. “¿Conoces a La India? Me regaló este vestido y los zapatos. Son muy de bruja, ¿verdad?”, dice con su risa característica, entrando al centro cultural donde, en pocas horas, ofrecerá un espectáculo con entradas agotadas para conmemorar sus 30 años de carrera.

La India a la que se refiere es la cantante Linda Bell Viera Caballero, a la que llaman la princesa de la salsa, una de las voces más queridas del género, criada en el mismo barrio del Bronx donde nació De la Luz, un lugar conocido como El Condado de la Salsa. “El Bronx es como un pequeño Puerto Rico”, explica la poeta en espanglish. “Es el único distrito que es lo suficientemente verde como para que se parezca a la isla”. Es tan evocador de Puerto Rico que es uno de los pocos lugares fuera de la isla donde se puede comer en una auténtica lechonera boricua: La Piraña de Ángel Jiménez, cuyo apodo da nombre al negocio donde cada fin de semana la gente espera horas en una cola para comprar un plato de lechón con arroz y gandules (una legumbre). Jiménez asa el cerdo desde la madrugada y vende a partir del mediodía, hasta que se acabe, solo los sábados y domingos.

De este distrito han salido grandes nombres de la diáspora puertorriqueña, como la jueza del Tribunal Supremo Sonia Sotomayor, la primera latina en sentarse en el banquillo de la alta corte; la congresista Alexandria Ocasio-Cortez, considerada el futuro del Partido Demócrata, o Jenny from the Block, Jennifer Lopez.

El amor de De la Luz por la poesía viene casi de la cuna. Aprendió de su bisabuela, una mujer analfabeta pero poeta, y empezó a recitar en el salón de su casa frente a su familia. En el Bronx, a más de una hora en metro del Lower East Side, De la Luz desconocía el movimiento nuyorican que se había forjado en su niñez en el sur de Manhattan. Hasta que un amigo, después de escucharla recitar, le dijo que tenía que presentarse en el Nuyorican Poets Café. “Y yo me quedé como: ¿el Nuyorican? ¿Qué?”, recuerda. Le chocó que un lugar llevase de nombre el término nuyorican, uno que ella conocía como insulto. “Pero cuando fui, me dio una nueva apreciación por la contribución que los nuyoricans han hecho. Me cambió la vida”.

Se subió al escenario con 19 años, sin saber que tres décadas después sería la directora ejecutiva del café, uno de los últimos pilares del movimiento nuyorican que siguen en pie hoy, y donde, durante más de 50 años, se ha fomentado el talento de poetas, actores, cineastas y músicos.

De la Luz tomó las riendas en 2022. Un año después, el local cerró sus puertas para un extenso proyecto de renovación de 24 millones de dólares subvencionado por el Ayuntamiento de Nueva York. Para La Bruja, en medio de la gentrificación y el desplazamiento de la diáspora boricua en Nueva York, el hecho de que la ciudad haya invertido en reconstruir una institución como esta “es testimonio de la contribución cultural que el Nuyorican Poets Café ha hecho al tejido de Nueva York. Es un templo de la cultura en la ciudad”.

La torre luminosa al norte

El Nueva York boricua resiste. Lo hace también gracias a artistas como Bad Bunny, que “reconoce y celebra a Nueva York como la torre luminosa al norte” de Puerto Rico, destaca Aníbal Arocho, el bibliotecario del Centro de CUNY, que pertenece a la Universidad Municipal de Nueva York. Un lugar donde la cultura boricua “se negó a morir, donde creció, prosperó, evolucionó y continuó perpetuando la belleza de nuestro pueblo”.

Prosperó en Los Pleneros de la 21 de East Harlem, en la sala de Pepe en Loisaida y en el Nuyorican Poets Café. En los poemas de La Bruja y en la lechonera d

This article was originally published by El País.

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