
Empresarios de Silicon Valley y Wall Street han adquirido extensas propiedades en Queenstown, alimentando rumores sobre la construcción de búnkeres clandestinos ante un posible colapso global.
Multimillonarios de Silicon Valley y Wall Street adquieren propiedades en Queenstown, Nueva Zelanda, alimentando especulaciones sobre la construcción de búnkeres clandestinos para sobrevivir a un futuro colapso global, mientras la población local sufre la crisis inmobiliaria.
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Nueva Zelanda ha sido percibida históricamente como un refugio seguro ante catástrofes globales. La región de Otago atrae a grandes fortunas por su aislamiento, estabilidad política y recursos naturales.
Hace décadas que Nueva Zelanda está envuelta en la fantasía —o realidad— de ser el reducto más seguro del planeta en caso de catástrofe. En 1957, Nevil Shute imaginó en la novela On the beach una Australia que aguardaba impotente el avance de la radiación tras una guerra nuclear. El hemisferio norte estaba destruido y no había salvación para la humanidad, sólo tiempo mientras los protagonistas esperaban el fin de su existencia en Melbourne. La trama de este libro contribuyó a fijar la imagen de un hemisferio sur alejado de los grandes centros de poder, visto por algunos como el último lugar en sucumbir a un apocalipsis.
Sesenta años más tarde, el eco de esta idea reaparecería en cenas privadas de las élites tecnológicas de Silicon Valley junto a peces gordos de Wall Street. Muchas de ellas eran organizadas por Peter Thiel, cofundador de PayPal y primer inversor externo de Facebook. "Él es uno de los peores", confiesa a este periódico el empleado de una tecnológica estadounidense que prefiere no revelar su identidad. "En esas cenas hacen cosas como chupar ranas [para colocarse]. El complejo de Dios que tienen es enorme".
Entre los asiduos destacan nombres como los de Elon Musk, Mark Zuckerberg o Sam Altman, CEO de OpenAI, quien "conoció a su marido en una de esas cenas". En ellas se han alimentado ideas como establecerse en Marte, revertir el proceso de envejecimiento o la opción más terrenal de construir búnkeres en las antípodas para escapar de un futuro distópico.
El autor estadounidense y profesor de Cultura Virtual de la Universidad de Nueva York, Douglas Rushkoff, experimentó de primera mano esta manera de pensar en 2017, cuando cinco multimillonarios de distinto ámbitos le invitaron a una charla donde esperaba hablar del futuro digital. Ellos, sin embargo, estaban más preocupados por conocer su perspectiva sobre cómo sobrevivir al colapso. El director ejecutivo de una firma de corretaje realizó la pregunta que acabó dominando la conversación. Acababa de construir su propio sistema de búnkeres subterráneos y quería saber como podría estar protegido ante una marabunta desesperada: "¿Cómo mantengo la autoridad sobre mi fuerza de seguridad después del Evento?". Rushkoff explicó que aquel Evento era "un eufemismo referido a un desastre medioambiental, al malestar social, a una explosión nuclear, un virus imparable o un hackeo que lo derriba todo".
Rushkoff firmó un contrato de confidencialidad en el que no podía identificar a sus interlocutores, aunque en su ensayo de 2023 La supervivencia de los más ricos relató las conclusiones que sacó tras aquel encuentro.
"Se preparaban para un futuro digital que tenía poco que ver con hacer del mundo un lugar mejor, y más con trascender por completo la condición humana y protegerse de peligros muy reales y presentes: el cambio climático, el aumento del nivel del mar, las migraciones masivas, las pandemias mundiales, el pánico nativista y el agotamiento de los recursos", escribió Rushkoff. "Para ellos, el futuro de la tecnología se reduce, en realidad, a una sola cosa: la huida".
¿Cuál es el lugar más tangible e idóneo para escapar del mundo que ellos mismos han moldeado? La región neozelandesa de Otago, concretamente el área montañosa de Queenstown, en la Isla Sur, donde, desde principios de los años 2000, empresarios tecnológicos, gestores de fondos y grandes fortunas internacionales han adquirido extensas propiedades rurales atraídos por su belleza, el clima, el aislamiento, su estabilidad política, la abundancia de agua dulce, una sólida producción agrícola, la baja densidad de población y la posibilidad de adquirir grandes extensiones de terreno con privacidad. Esto último es precisamente lo que dificulta confirmar si la construcción de búnkeres por parte de multimillonarios en la zona es real o no.
Búnkeres construidos fuera de la ley
Ashton Wright es un arquitecto neozelandés que ha llevado a cabo proyectos en Queenstown, considerada como el Aspen del hemisferio sur por albergar estaciones de esquí de lujo, un turismo de alto poder adquisitivo y un mercado inmobiliario muy tensionado.
"He oído muchas historias al respecto de los búnkeres; obviamente, Nueva Zelanda es un buen lugar para esconderse y mucha gente adinerada llega al país", nos explica. "Sé que el Ayuntamiento del Distrito de Queenstown Lakes —supuestamente— guarda todos los expedientes de permisos de construcción en un lugar accesible al público".
Hasta el momento, no hay constancia en dichos registros de que exista ninguna aprobación para construir búnkeres en la región, lo que abre un abanico de posibilidades: que algunos de estos supuestos refugios sean en realidad grandes sótanos, bodegas o los denominados safe rooms, descritos administrativamente como parte de una vivienda y no como un búnker; que algunas afirmaciones de fabricantes de este tipo de construcciones subterráneas estuvieran exageradas con fines comerciales o que se hayan construido de manera clandestina. Wright aboga por la última opción.
"Es algo que parece un poco descabellado, pero a la vez bastante realista. Y tal vez lo que lo hace realista es que la gente con dinero probablemente construye cosas sin permiso en medio de la nada y se sale con la suya", argumenta. "Sin duda, se puede hacer discretamente. Hay muchísimas zonas con granjas, ranchos o grandes extensiones de terreno que están bastante apartadas de la vista. No creo que sea nada descabellado pensar que, en el lugar adecuado, se podría hacer sin que nadie se diera cuenta. Hay mucho terreno aislado, lo que facilitaría esto", confiesa el arquitecto.
La idea de que Nueva Zelanda alberga una red de refugios subterráneos para multimillonarios se sustenta, en gran medida, en las declaraciones de un reducido grupo de empresas estadounidenses especializadas en búnkeres. En 2018, el director ejecutivo de Rising S Company, Gary Lynch, aseguró a Bloomberg que había vendido varios refugios a empresarios de Silicon Valley con propiedades en el país oceánico y que dos estructuras de 150 toneladas ya habían sido enviadas.
Dos años más tarde, en plena pandemia, Lynch elevó la cifra en una entrevista con CNN, al afirmar que su compañía había comercializado alrededor de 10 búnkeres para clientes al mismo destino y que esperaba vender una docena más antes de finalizar el año. Sin embargo, ni entonces ni más adelante reveló la identidad de los compradores ni la ubicación de las instalaciones. Desde otra empresa del sector, Vivos, también han sostenido disponer de un gran refugio colectivo en la Isla Sur, aunque tampoco han aportado pruebas públicas de su existencia.
La afirmación más reciente fue el año pasado, cuando la empresa estadounidense SAFE confirmó públicamente haber construido al menos un refugio subterráneo en Nueva Zelanda, aunque también hizo gala del secretismo imperante en este sector y no dio detalles sobre la ubicación o la identidad de su cliente. Ninguna de estas afirmaciones aparece en los registros públicos.
Lo que sí consta es la presencia de grandes fortunas internacionales que han adquirido propiedades en la Isla Sur. El caso más conocido es el de Thiel, quien obtuvo la ciudadanía neozelandesa en 2011 gracias a una cláusula de "circunstancias excepcionales", pese a no cumplir los requisitos habituales de residencia, y adquirió importantes propiedades en la región de Wnaka y Queenstown. A él se suman otros nombres, como el fundador de Xero, Rod Drury; el fallecido gestor de fondos Julian Robertson, uno de los grandes impulsores de las inversiones estadounidenses en Nueva Zelanda; y, en distintas partes del país, figuras internacionales como el cineasta James Cameron o el cofundador de Google, Larry Page. Aunque la existencia de numerosos búnkeres sigue siendo objeto de controversia, la concentración de grandes patrimonios en torno a Queenstown y Wnaka es un fenómeno ampliamente documentado.
"Hay quien rastrea los movimientos aéreos de algunos ricos y famosos, pero luego no saben adónde van cuando aterrizan en Nueva Zelanda. Y... sí, no hay tantos sitios donde esconderse, aparte de las propiedades privadas. Y en esas fincas exclusivas y lugares similares, hay muchas zonas donde se podría estar construyendo o desarrollando algo de incógnito, si fuera necesario", asevera Wright.
Entre los rostros conocidos que se dejan ver por Queenstown está el actor Jason Momoa, copropietario del bar The Bunker. El nombre parece resumir la paradoja de esta pequeña ciudad alpina, donde los refugios forman parte tanto del imaginario como del marketing turístico. Lo que cambia es quién puede permitirse convertir esa idea en un modo de vida. La presencia de grandes fortunas y personas de alto poder adquisitivo han hecho de Queenstown un lugar marcado por la especulación inmobiliaria y el alquiler temporal. Los principales afectados son los locales (casi 54.000 personas en el distrito y más del doble en temporada alta), especialmente aquellos que no tienen una residencia en propiedad y necesitan alquilar.
"El 27% de las casas están sin ocupar", destaca a este periódico Julie Scott, directora ejecutiva de Queenstown Lakes Community Housing Trust, una organización que trabaja para garantizar el acceso de los residentes a una vivienda digna. "Es el mayor reto con el que nos enfrentamos y pone mucha presión en nuestra infraestructura. En Nueva Zelanda, los precios del alquiler son los más bajos en cinco años, pero no es el caso en Queenstown". Scott confiesa que sabe de las historias sobre los búnkeres en la región a través de gente relacionada con las ventas de casas lujosas, aunque "es muy difícil que los veamos, porque estamos hablando de casas que cuestan millones y millones de dólares en áreas muy discretas".

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