Las primarias para las legislativas de EE.UU. exponen una profunda brecha entre el progresismo emergente y el sector moderado, que teme que la izquierda radical entregue el país a los republicanos.
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El Partido Demócrata enfrenta una división interna entre el ala progresista y el sector moderado de cara a las elecciones legislativas de mitad de mandato.
Cuando el joven socialista Zohran Mamdani ganó la alcaldía de Nueva York el año pasado, una esperanza revolucionaria invadió al sector a la izquierda del Partido Demócrata. Con un estilo cercano y carismático, un mensaje que ponía el bolsillo en el centro y una campaña viral en las redes sociales, el asambleísta pasó en pocos meses de ser un completo desconocido al faro del progresismo en Estados Unidos. Su triunfo contra el candidato apoyado por el establishment del partido, el exgobernador Andrew Cuomo, que recibió once veces más dinero en donaciones, se interpretó entonces como una singularidad nacional, que no podría ser replicado más allá del bastión progresista en un país en el que, un año antes, el ultraderechista Donald Trump había vencido en las presidenciales ganando el voto popular y en todos los estados competitivos en disputa.
Pero el ciclo de primarias celebradas este año de cara a las elecciones de mitad de mandato del 3 de noviembre, en las que los demócratas aspiran a recuperar el control de las dos cámaras legislativas y ampliar su poder en numerosos estados, ha demostrado que el impulso socialista no se limita a Nueva York. El reciente triunfo de Abdul el Sayed en la primaria para el Senado en Michigan frente a la centrista Haley Stevens se sumó a una creciente lista de candidatos izquierdistas en ascenso, que ha motivado una reacción del sector moderado del Partido Demócrata.
Uno de los principales grupos de presión al centro del partido, Third Way, ha lanzado recientemente una inversión de 15 millones de dólares para tratar de corregir el rumbo. Consideran a los Socialistas Democráticos de América, una organización independiente cuyos candidatos se están presentando a las primarias del partido, como una amenaza para el alma demócrata, así como para sus aspiraciones electorales.
“Los lugares que decidirán la mayoría en la Cámara y el Senado son, por definición, distritos bisagra, y la única forma de ganar en ellos es nominando a personas que puedan atraer al menos al 51% de los votantes”, alerta Matt Bennett, uno de los fundadores del think tank moderado, en una entrevista con La Vanguardia. Estos candidatos socialistas en auge, asegura, pueden convencer a los votantes demócratas recelosos del establishment, pero alienarán a muchos republicanos e independientes, lo que podría frustrar las metas del partido en las legislativas.
“Sus ideas son tan radicales que resultan completamente antiestadounidenses”, denuncia Bennett: “Quieren abolir las prisiones, abrir la frontera por completo, eliminar la presidencia, el Senado y el Tribunal Supremo, y dar a los trabajadores los medios de producción. Son marxistas, no socialdemócratas al estilo europeo”. Los republicanos ya están aprovechando sus triunfos para alertar sobre la llegada del “comunismo” al país, una etiqueta tabú en EE.UU., y “nos preocupa mucho que puedan utilizar esa arma contra todo el partido”, señala el cofundador de Third Way.
Bennett trabajó en las dos campañas presidenciales de Bill Clinton, el referente ideológico de la tercera vía en EE.UU., y entró en su Casa Blanca como subsecretario adjunto para Asuntos Intergubernamentales. En el 2001, se convirtió en el director de Asuntos Públicos de Americans for Gun Safety, donde impulsó políticas bipartidistas para la regulación de las armas en el país. En el 2005, cofundó Third Way con el objetivo de apoyar a los candidatos moderados, de centroizquierda, dentro del Partido Demócrata.
Pero el clima político se ha transformado por completo en las últimas dos décadas y la opinión pública se ha polarizado, especialmente desde las presidencias de Barack Obama y Trump. “El Partido Demócrata se ha movido a velocidad evolutiva, mientras que los republicanos lo han hecho a velocidad revolucionaria”, reconoce Bennett. “Ya hemos visto lo que ocurre cuando los radicales toman el control de uno de los dos grandes partidos. Ha sucedido en la derecha y queremos evitar a toda costa que ocurra en la izquierda”, sentencia.
Tras el regreso de Trump al despacho oval, el aparato demócrata quedó impotente, incapaz de articular una alternativa política sólida e ilusionante, y algunos candidatos progresistas están logrando capitalizar el desencanto hacia el establishment. Numerosas elecciones primarias celebradas este año han puesto de relieve la batalla interna entre las dos almas del partido: la progresista, que considera que hay que vencer al populismo de derechas con populismo de izquierdas, y la centrista, que interpela al votante moderado hastiado de la polarización.
Pese al momentum socialista, el centro del partido ha logrado importantes victorias este año. Es el caso de David Crowley, que esta semana venció por la mínima y contra el pronóstico de las encuestas a la progresista Francesca Hong en las primarias a gobernador de Wisconsin. O de Abigail Spanberger y Mikie Sherrill, que el pasado noviembre derrotaron a sus rivales republicanos y se convirtieron en gobernadoras de Virginia y Nueva Jersey. A diferencia del ala más izquierdista, más confrontativa, el discurso de los moderados se centra en la necesidad de recomponer lazos, unir al país frente al extremismo y trabajar de la mano de los republicanos para aprobar medidas bipartidistas.
Pese a la batalla interna, que en algunas ocasiones ha bajado al barro del insulto personal, los demócratas son conscientes de que deben enterrar sus diferencias en noviembre y articular un mensaje de país en las legislativas. “Cuando terminen las primarias, todos debemos centrarnos en el extremismo de la administración Trump y de los republicanos en el Congreso”, afirma Bennett. El presidente ha incumplido sus promesas: “Dijo que la vida sería más fácil, que los precios bajarían, que nos desvincularíamos de los asuntos exteriores y que habría abundancia de empleos. Ninguna ha sucedido, al contrario: está librando una guerra absurda y ha impuesto aranceles estúpidos que están encareciendo todo. Está consumido por su propia codicia y narcisismo. Ese es el mensaje, y creo que todos los demócratas lo van a transmitir de una forma u otra”.
Más allá del rechazo a Trump y su corrupción, los demócratas están unidos en la necesidad de que “la atención médica sea mucho más asequible y disponible para todos”, señala Bennett, “aunque tenemos ideas diferentes sobre como llegar a ello”. Algo parecido ocurre con la defensa de la comunidad LGTBI, discriminada desde Washington, con la necesidad de un sistema fiscal más redistributivo o de dar un trato humano a los inmigrantes.
Pero todo indica que la brecha abierta en el partido perdurará, al menos, hasta las elecciones presidenciales. Por primera vez, esta semana algunas encuestas y los mercados de predicción han colocado a Alexandria Ocasio Cortez, miembro de los Socialistas Democráticos de América, como favorita para ganar la nominación del partido en el 2028. Sus opciones dependerán en gran medida del éxito de los progresistas en las midterms, pues si candidatos como el Sayed pierden en estados competitivos como Michigan, los moderados tendrán en sus manos un argumento contundente: el socialismo puede ganar en los bastiones demócratas, pero la tercera vía puede convencer al país.
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Las primarias demócratas definirán el rumbo ideológico del partido hacia las elecciones de mitad de mandato.
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