Islandia debate su entrada en la UE mientras en un restaurante de Reikiavik el 'no' gana terreno
En el local Skreið, los comensales expresan dudas y resentimiento hacia la posible adhesión a la Unión Europea, pese a los beneficios económicos que podría traer
Quick Look
- En el restaurante Skreið de Reikiavik, los clientes muestran escepticismo sobre el referéndum para iniciar negociaciones de adhesión a la UE, citando resentimiento hacia bancos y el sector pesquero, mientras el país enfrenta altos costos de vida, inflación del 5,3% y tipos hipotecarios del 10%.
- Un sondeo informal arrojó ocho 'noes' y una indecisa.
- La entrada a la UE implicaría recortar subsidios y ajustes económicos que chocarían con la tradición islandesa de aislamiento y el poder de sindicatos y clanes pesqueros.
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Why It Matters
Islandia tiene una historia de aislamiento económico y cultural, con una tradición de referendos que prohibieron el alcohol hasta 1923, cuando cedió a la presión española para permitir el vino español a cambio de mantener las exportaciones de bacalao. Actualmente, enfrenta altos costos de vida, inflación del 5,3% y tipos hipotecarios del 10%, mientras debate su posible adhesión a la Unión Europea.
En pleno centro de Reikiavik, el restaurante Skreið ofrece cócteles como Marianito (2.800 coronas islandesas, o 19,91 euros), con vermú, o Butano (18,49 euros), con pacharán. Los postres incluyen crema catalana con naranja fundida (2.600 coronas, que son 18,49 euros) y las tapas, patatas bravas con alioli (12,45 euros) o pan con tomate (7,82 euros, aunque la factura sube a 12,50 si se le añade queso manchego).
Son precios relativamente asequibles para Islandia, donde media hora en taxi del aeropuerto de Keflavik a Reikianvik con tarifa nocturna sale por 26.000 coronas (183 euros), y el precio de un piso de dos habitaciones en el centro de la capital "vale un millón de coronas, o sea, 70.000 euros", según explica el ex director ejecutivo de Microsoft en el país, Hälldor Jorgen. Súmese a ello un interés hipotecario del 10%, consecuencia de una inflación que en agosto alcanzó el 5,3%, y el islandés medio acaba pagando cuatro veces -tres de ellas al banco- el precio de la vivienda.
Cuadrar esas cifras para que sea más fácil vivir en el país era una de las promesas de la eventual entrada en la Unión Europea. Pero, en Skreið, pese a estar en el presunto centro del voto favorable en el referéndum de hoy al establecimiento de negociaciones con Bruselas, las cosas no estaban nada claras el jueves.
Y eso que nombre del restaurante, hace alusión a un proceso de apertura de la economía islandesa histórico, que fue forzado por la habilidad del gobierno español de Eduardo Dato en 1921. El incidente tiene hasta un nombre en islandés: el "affair Spanarvin", o sea, " el caso del vino español".
Fue una jugada que provocaría un ataque de celos a Donald Trump. La cosa había arrancado en 1915, cuando los islandeses, en otros referendos, habían decidido, como buenos estrictos protestantes, prohibirá al alcohol. El problema es que el país estaba aislado económicamente, y una de sus escasas exportaciones era el bacalao seco y salado, conforme a la técnica conocida, precisamente, como 'Skreið'. Islandia exportaba muy poco. Y uno de los mercados principales de su bacalao era, precisamente, España.
Y ahí es donde Madrid vio la oportunidad. En 1921, amenazó con imponer un arancel prohibitivo al bacalao de Islandia si Reikiavik no levantaba su ley seca para las bebidas con menos del 21% de alcohol. Entre las cuales, casualmente, se encuentra el vino español. Así que los islandeses, atrapados entre la necesidad de divisas y la estricta moral luterana aprobada en plebiscito, optaron por lo primero. El Parlamento dió marcha atrás al referéndum. Y el 29 de junio de 1923 abrió Reikiavik la primera tienda con el cartel Spanaevun, o sea, Vino español.
Hoy, 105 años después, Islandia también se plantea abrirse a la Unión Europea, en una operación que tendría unas consecuencias económicas, infinitamente más grandes que la apertura al vino de España. Pero en Skreið no parece que estén por la labor.
Un sondeo informal a una tumultuosa mesa de islandeses cenando tapas dio el jueves por la noche ocho 'noes' y una indecisa. Seis horas antes, justo después del turno de almuerzo, uno de los camareros, Ingi, de 31 años, decía que no tenía nada claro lo que iba a votar. Pero, a medida que hablaba, mientras iba recogiendo cubiertos y servilletas, le daba más y más cera a la UE, hasta llegar a una frase que generalmente se reserva para quienes votan a favor de los adversarios de los procesos de integración supranacional, como el estadounidense Donald Trump, el británico Nigel Farage, o el húngaro Viktor Orban: "Los del 'sí' están motivados por el resentimiento". Ese día se publicó la primera encuesta de Gallup desde la convocatoria del referéndum, el pasado enero, y el 'no' parece haberse impuesto al 'no'.
¿Resentimiento hacia quién? ¿Hacia los bancos, que se benefician de unos márgenes de intermediación que no son de este mundo gracias a unos tipos de interés oficiales que la semana pasada subieron al 8%? ¿O hacia el sacrosanto sector pesquero, en el que seis familias controlan el 50% de las licencias para faenar y, si se les añaden otras 19, sale un total de 25 clanes que se llevan el 75% de los permisos de pesca de algunos de los mejores caladeros del mundo, no solo en cantidad y calidad sino, también, en lo que se refiere a conservación y sostenibilidad?
La economía islandesa es, como el país, un caso aislado. Un cínico podría decir que es el ejemplo de una gestión basada en los parámetros de la izquierda identitaria del siglo XXI. Islandia tiene unos niveles de tolerancia posiblemente sin parangón en el mundo, especialmente en lo que concierne a identidad sexual y género. Y cuenta con una economía sostenible - aunque la caza de las ballenas que sigue practicando el empresario Kristján Lofftsson provoque vahídos a muchos ecologistas del mundo -, basada en la innovación, especialmente en el sector energético, como muestra la planta geotérmica Reykjavik Geothermal en las faldas Teide, en la isla de Tenerife.
Pero es también un país de impuestos altos y de subvenciones enormes, especialmente a los sagrados sectores de la agricultura -sobre todo, crianza de ovejas y, en los últimos años, invernaderos- y pesca. Según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), el 52% de los ingresos de los agricultores islandeses proceden del Estado. Con semejante bombeo de dinero público, no es de extrañar que las zonas rurales ni se planteen la mera posibilidad de votar 'sí' a negociar nada con la UE. Para ellos, hablar con Bruselas sería, literalmente, ponerle un precio al gaznate de la gallina de los huevos de oro.
El 'sí' choca, además, con el carácter islandés. Por mucha imagen de país cosmopolita y ultramoderno, con su Museo del Punk en el centro de Reikiavik (y, también en la capital, el más conocido de penes), los islandeses son, según dicen quienes les conocen, mucho más de pueblo que la imagen proyectada por la cantante Björk vestida de cisne para recoger el Oscar en 2001.
Muchos jóvenes trabajan en verano en la agricultura o en el sector pesquero, bien en barcos, bien en plantas de procesamiento de las capturas, lo que genera una especie de vinculación a los trabajos tradicionales. A eso se suma una enorme tasa de abandono escolar. Uno de cada cinco alumnos que empieza la Secundaria no la termina, una cifra prácticamente idéntica a la de España, que es uno de los países industrializados con peores cifras en ese sentido. Y el 18% de los que entran en la Universidad no se gradúan. El resultado es una sociedad estratificada por niveles educativos, en la que las diferencias se han enquistado de generación en generación.
Abrir Islandia a la UE supondría una transformación de su economía. El país tendría que recortar subsidios y afrontar un durísimo ajuste que chocaría con la oposición de los sindicatos, que son otro poder fáctico con una influencia inimaginable en, por ejemplo, España. Las centrales islandesas controlan la mayor parte del sistema de pensiones del país, lo que les permite obligar a Gobierno y empresas a indexar todas las subidas de precios, lo que perpetúa la inflación. Si el país pasa a formar parte del euro, tendría que asumir un recorte de los salarios reales para contener los precios. La reconversión industrial española de los ochenta sería una fiesta de cumpleaños comparada con el cambio de estilo de vida que eso supondría para los 403.800 islandeses que viven en el país.
Islandia ha vivido tradicionalmente aislada del mundo. Como explica la experta en relaciones internacionales de la Universidad de Islandia Vilborg Ása Guðjónsdótttir, "nunca hemos querido ser parte de ninguna organización internacional, en parte por nuestro pasado colonial y también por nuestro aislacionismo". En su opinión, a su país le ha pasado algo parecido a su vecina Groenlandia.
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El referéndum resultará en una victoria del 'no' sobre las negociaciones de adhesión a la UE
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Open Questions
- ¿Cuál será el resultado oficial del referéndum sobre las negociaciones de adhesión a la UE?
- ¿Cómo afectaría la entrada al euro a los salarios reales y los precios en Islandia?
- ¿Qué postura tomarán los sindicatos islandeses y los clanes pesqueros frente a las posibles reformas económicas requeridas por la UE?







