El aumento del déficit, la presión sobre Japón y la inestabilidad de los mercados financieros ponen a prueba la hegemonía del dólar.
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EE.UU. ha financiado déficits mediante deuda durante décadas. La intervención reciente en el yen japonés busca frenar la depreciación de la divisa y proteger los bonos del Tesoro.
Casi con total seguridad, las agoreras predicciones sobre el final del reinado del dólar serán, una vez más, desmentidas por la realidad. Pero hasta que EE.UU. encuentre un nuevo sistema monetario que le vaya bien, queda mucho sufrimiento por el camino. Un vía crucis. El actual se agota. Durante décadas, Washington ha disfrutado del privilegio de transformar en estímulos fiscales sus déficits comerciales y su deuda. Un inigualable impulso para su crecimiento y para dirigir el mundo. Pero el artilugio parece estar a punto de rebasar el límite de la sostenibilidad.
Desde hace algún tiempo hay señales de un cierto nerviosismo con los altos niveles de deuda de EE.UU. y en su rápido crecimiento. El coste de los elevados tipos de interés es el canario en la mina, la señal de alarma.Y ha sido en pleno receso vacacional cuando las cosas se han comenzado a complicar. El primer episodio relevante, la intervención conjunta de EE.UU. y Japón para frenar la depreciación del yen, la divisa japonesa.
Operación presentada por Donald Trump como un “gesto de amistad”, pero que es un corralito con amenaza explícita a Japón de represalias si no se porta bien. Impide a los japoneses vender sus títulos de deuda del Tesoro para obtener dólares con los que comprar yenes para sostener su cotización. Vender deuda de EE.UU. estos días será considerado una declaración de guerra por Trump, que ya lo ha dicho literalmente.
El plan impuesto por Washington a la primera ministra Sanae Takaichi obliga a Tokio a aparcar temporalmente en el Tesoro americano esos títulos de deuda a cambio de recibir dólares prestados por el mismo Tesoro. Conclusión: Japón no puede vender la deuda, la hipoteca, y debe pagar hasta un 4% por los dólares que le han prestado. Un mecanismo con aroma a la decisión de Richard Nixon, en 1971, cuando acabó con la convertibilidad en oro y obligó a sus socios a quedarse con los dólares que ya tenían, eso sí, devaluados.
Japón es un inversor relevante en deuda del Tesoro, el primero extranjero, de ahí la importancia de impedir que se lance a venderla. Y si el yen se hunde, el país y sus inversores dejarán de comprar más bonos americanos. Pero el problema para Scott Bessent, el secretario del Tesoro, no son solo o principalmente los Estados, siempre más sensibles a la extorsión política tan del gusto de su jefe en la Casa Blanca, si no los inversores privados, especialmente los más audaces, que van al límite.
Los hedge funds (fondos de cobertura), genéticamente radicalmente arriesgados, poseen ya más de 3,4 billones de dólares de la deuda norteamericana en sus manos, el doble que hace apenas tres años. Más que la suma de Japón, Reino Unido y China, los tres primeros tenedores extranjeros. Y esas inversiones se sostienen sobre una enorme masa de deuda, el famoso apalancamiento. No les ha gustado nada la medicina japonesa. Si las turbulencias se agravan y esos fondos deshacen sus posiciones, podrían desencadenar una cascada de ventas devastadora para el sistema financiero.
Por eso Bessent ha anunciado esta semana nuevas medidas intentando tranquilizar y asegurando a partir de septiembre la recompra de deuda a largo plazo, para evitar ventas y contener la subida de los intereses. Disuasión en lugar de la llave de judo aplicada a Japón. Pero que apenas ha tenido efecto en los mercados. En parte por ser una gota en el océano.
Y a Bessent le ha tocado de nuevo dar otro paso. Ha asegurado que el déficit ya ha alcanzado su cota más alta y que a partir de ahora comenzará a bajar. Su problema es que nadie se lo cree. Con el frente bélico abierto en Irán, una petición de duplicar el gasto del departamento de Defensa para el año próximo y las rebajas de impuestos para los más ricos en marcha, los números rojos de las cuentas públicas solo pueden crecer.
EE.UU. nunca ha aplicado un plan de reducción de gastos desde que es la potencia hegemónica. La excepción, parcial, entre los años 1998 a 2001, siendo presidente Bill Clinton, cuando EE.UU. logró superávit público gracias al boom bursátil, que después pasaría factura con la crisis financiera del 2008, y el descenso del presupuesto militar. Un contexto muy lejano al actual.
Ahora, el mundo padece las consecuencias de la guerra de Irán. Desde los años sesenta, después de cada conflicto armado relevante desde el punto de vista del coste económico emprendido por EE.UU. ha llegado una crisis financiera. Así fue con Vietnam o Afganistán e Irak. La actual de Irán pondrá a prueba si esa máxima sigue vigente. Su coste se está disparando, entre 100.000 y 200.000 millones de dólares según las fuentes, añadiendo leña al fuego al déficit y la deuda.
Las últimas turbulencias podrían ser un primer indicador de incubación de esa nueva crisis. No es, de momento, el consenso de los economistas. Gran parte de los analistas, desde el premio Nobel Paul Krugman al reputado analista Mohamed A. El-Erian, atribuyen los problemas a la competencia por el crédito que suponen las ingentes inversiones privadas en gigafactorías de inteligencia artificial, una alternativa apetitosa a la deuda pública, que debe ofrecer más rendimiento para ser atractiva. Un peligro también para las bolsas. Con consecuencias graves sobre el coste de financiación de los Estados, el gasto social y los precios para los consumidores, que se suman a la inflación por la guerra, pero lejos de augurar un pánico o huida de los inversores de la deuda. Pero que, aseguran, augura también un positivo futuro de más productividad con la IA.Habrá que ver.
Trump parece haber perdido ya el control de la economía. No ha cumplido sus compromisos. Crece menos de lo prometido, el 1,5%; el déficit aumenta, al igual que la deuda; el empleo industrial desciende; la inflación sube; la gasolina, más cara, como el crédito y ha recortado gastos sociales. No parece que vaya a ser su administración la que alumbre el nuevo sistema monetario que EE,UU. necesita.
AI outlook — possibilities, not facts
Aumento del déficit público debido al gasto militar y recortes fiscales.
Likely · Within months

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