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Patricia y Rafa se conocieron en 2010 mediante una aplicación de citas. Él dijo vivir en Cádiz y ser de Ubrique, tener 27 años y trabajar en la Policía Nacional. Se casaron en 2014 y montaron una peluquería juntos. Durante años, Patricia notó inconsistencias pero fue manipulada para dudar de su propia percepción.
Jose Pardeiro iba conduciendo cuando recibió la llamada de teléfono. Era un amigo. Le avisó de que había pasado “algo”, con la voz estrangulada. Paró en la cuneta. “Que Rafa no es Rafa”, le dijo. Rafa, su amigo desde hacía casi 10 años. El marido de Patricia, su amiga de la infancia, con los que cenaba o iba al cine casi todas las semanas. Rafa, el policía nacional. Rafa sí se llamaba Rafael, pero ahí acababa la verdad. Todo lo demás era mentira.
El nombre de la amiga de Jose, también. Patricia no quiere que se le identifique, porque cuando se desmorona el castillo de naipes y el estafado se convierte en eso, al shock le viene de regalo una cadena perpetua. Una que va entre interrogantes: “¿Pero cómo no te diste cuenta?”. En su caso, dos: “¿Nunca viste el uniforme de policía de tu marido?”. “A ver cómo explicas que has vivido 10 años una mentira y que no piensen que eres gilipollas”, dice.
Junto a ella, los 22 folios de la primera denuncia que presentó cuando “descubrió el pastel”, en la que con Jose, su amigo y desde entonces abogado, trató de recopilar una década de elaboradas mentiras, deudas y falsificaciones. La dejó sin tarjetas, sin dinero y hasta arriba de deudas; con una placa falsa de policía que ―entonces supo― nunca se había parado a escudriñar. Casada con un hombre que no era quien decía y al que no podía denunciar porque dentro del matrimonio no existe el delito de estafa, según el artículo 268 del Código Penal.
De Ubrique a Pozuelo
Se conocieron en una aplicación de citas en 2010; él decía que vivía en Cádiz y que era de Ubrique. Rafa tenía 27 años y Patricia, 29. La relación fue rápido, a los pocos meses quiso mudarse a vivir a Madrid con ella, tenía una oportunidad de cambiar de comisaría. Era ahora o nunca, una urgencia que —como tantas cosas— cobró sentido después. Decía que había empezado a trabajar en la comisaría de Pozuelo de Alarcón, en la Unidad de Drogas y Crimen Organizado (Udyco), y que por eso no llevaba uniforme. Hablaba de sus compañeros de trabajo, le mandaba fotos en lo que parecían dependencias policiales. Conoció a su familia y amigos de Ubrique, y a ellos también les contaba anécdotas de su rutina policial.
En la cuenta común que abrieron, todos los meses entraba un ingreso con el concepto “nómina Ministerio del Interior”. Ahí la primera cosa con la que Patricia se tortura: “Pusimos la misma clave en la cuenta bancaria para los dos, la que necesitas para hacer cualquier operación”. Cuando poco después ella empezó a tener problemas para acceder, él le mandaba pantallazos de supuestas conversaciones con el banco confirmando que todo estaba en orden y solo era un error. El saldo estaba intacto. Pasó a encargarse él de las finanzas, siempre tenía más tiempo; sus amigos se convirtieron en los de Rafa también. Se casaron en 2014. La comidilla fue que el grupo de la novia era mucho más numeroso que el del novio, apenas cuatro amigos de él, ninguno policía. “Decía que quería separar el curro y su vida personal, porque tenía mucha gente a su cargo”, recuerda.
Ya como matrimonio, Patricia montó una peluquería con una socia y Rafa se encargó de la contabilidad. En la superficie todo parecía marchar bien, pero algo empezó a chirriar, al principio como un murmullo esporádico: dinero en efectivo que desaparecía, reclamaciones de un alquiler pasado... Cuando le confrontaba, Rafa daba la vuelta a la situación y terminaba llorando: era por culpa de una exnovia “loca”; no se lo había dicho para no preocuparla.
Le compraron un coche a los padres de Patricia, que él decía pagarles mes a mes. Por casualidad, ella descubrió en una libreta de su madre que no le habían pagado casi nada. Otro error, dijo él. Lo había anotado mal. Rafa lo solucionó hablando con su suegra y enviándole una captura de la conversación por WhatsApp a Patricia. Ahí Rafa ya había cambiado de móvil a uno que le permitía tener una doble tarjeta SIM para poder falsificar esa y cientos de conversaciones más durante años. “Me mandaba las capturas, pero nunca me dejaba verlas en su teléfono”, cuenta. Otra vez, la dueña del local de su peluquería le reclamó meses de alquiler impagados. Misma resolución: él se encargaba, pantallazo y no volvía a tener noticias.
Hay decenas de historias, de guijarros que Patricia fue recolectando antes de darse cuenta de que el camino desembocaba en un precipicio, no en un pedregal. La verdad nunca aparece de forma abrupta. Un día Rafa apareció con un coche idéntico al suyo, pero sin la pegatina de la ruta 66 en el maletero. Cuando le acorraló porque las matrículas no coincidían, adujo un rocambolesco trueque con el concesionario. Hasta mucho tiempo después, en el juicio, no supo que había falsificado su firma y la de su madre para venderlo y quedarse con el dinero. “Un mentiroso se esfuerza en ser verosímil: como lo que contaba no lo era, debía ser cierto”, dice Emmanuel Carrère en El adversario, la crónica sobre el asesino Jean-Claude Romand, que también llevó una doble vida durante décadas.
“Por entonces pensaba que era un irresponsable y un cobarde, que encima me hacía luz de gas para convencerme de que era culpa mía”, reconoce Patricia. Llegaron a ir a terapia de pareja, para tratar la “falta de confianza” de ella, que cada vez tenía más piedras en los bolsillos. Él monopolizaba las sesiones. Hasta que la psicóloga le pidió una individual a Patricia y todo cambió: “Yo iba allí convencida de que estaba loca, para que me ayudara porque ya no estábamos bien, y al contarle todo me dijo que tenía que descubrir lo que estaba pasando, que me había acostumbrado a vivir en el miedo”.
El grupo ‘Durmiendo con su enemigo’
La discreción de su entorno fue cómplice involuntaria de muchas de las ficciones. Pasaban los años y cada vez veían más cosas de Rafa que no cuadraban, pero eran piezas sueltas y no querían entrometerse. Hasta el verano de 2019. Un amigo de Patricia, policía municipal con la mosca detrás de la oreja, se lo soltó a bocajarro: en la comisaría a la que Rafa decía haberse trasladado no había ninguna brigada de la Udyco. Otra amiga, funcionaria, comprobó que tampoco había ningún Rafael V. M. en ningún registro público. Patricia buscó la captura del BOE que le había mandado años atrás, donde aparecía su nombramiento como Policía Nacional. La miró de nuevo y vio el puzle al completo: era falsa. “Creo que Rafa no es policía”, le dijo a su suegro. “Yo hace tiempo ya que no sé quién es mi hijo”, respondió él.
Rafa no dio la cara cuando todo estalló. Huyó a Ubrique. Jose, desde la cuneta en la que recibió la noticia, le llamó por teléfono. “No reconocí a la persona que respondió. Tenía un acento gaditano que jamás le había escuchado en nueve años”, cuenta. Sintió como si se hubiera muerto su mejor amigo, pero la prioridad era Patricia. Junto a Delia Rodríguez, su socia de despacho, inició la estrategia legal para atraparlo. Cambiar cerraduras, solicitar el divorcio, deshacerse de sus cosas. Y en ese proceso, los naipes fueron cayendo. Patricia ni se imaginaba cuán alto era el castillo: la había sacado de las cuentas bancarias, endeudado con préstamos a su nombre, hasta su peluquería pendía de un hilo. Nunca se enteró de los reclamos porque él había bloqueado del teléfono de ella los números de caseros, conocidos y cualquiera que pudiera desvelar que Rafa no era Rafa. No trabajaba en ninguna comisaría, durante casi una década enganchó contratos esporádicos de telemarketing. Geolocalizó el móvil de Patricia para que no le pillara cuando fingía ir a trabajar. Falsificó nóminas, firmas, fotos, declaraciones de la renta y hasta decretos de juzgados. Su vida. Y la de ella.
La Policía, la de verdad, lo detuvo en Ubrique el 19 de mayo de 2021 por estafa, falsedad documental y apropiación indebida. Delia y Jose se dejaron las meninges para armar el caso, porque la mayoría de los desfalcos los cometió mientras estaban casados. “Si no hay abuso o violencia, no hay responsabilidad penal entre cónyuges por delitos patrimoniales como la estafa. Así que reclamamos por la vía civil el importe de lo estafado”, explica Delia. En total, pudieron reunir pruebas para reclamar algo más de 27.000 euros, pero el total es mayor. Lo confirma el abultado dossier del caso, y también el historial del grupo de WhatsApp que montaron sus amigos para recopilar pruebas. Lo bautizaron “Durmiendo con su enemigo” y allí el castillo siguió creciendo. Descubrieron que Rafa también había robado dinero a muchos de ellos, cargándoles en sus tarjetas importes menores como recibos de la luz.
Cuando uno de ellos se encontró a Rafa por la calle, no lo abordó. Se acercó a la mujer con la que se estaba besando y le contó, sucintamente, quién era Rafa. Lo que había hecho. Ella al principio se quedó atónita, pero después contactó a Patricia. Su nueva pareja también había visto cosas que no cuadraban y eso le sirvió para frenar a tiempo. Desde el grupo se han coordinado para hacer lo mismo con todas las parejas que el falso policía ha tenido desde que estafó a Patricia. Todas tenían ya algunos guijarros, pero no desconfiaban lo suficiente.
AI outlook — possibilities, not facts
Se iniciará un juicio civil para reclamar la cantidad total estafada por Rafa a Patricia y otros afectados.
Likely · Within months
Patricia podría recibir apoyo psicológico y social tras el trauma de la doble vida y la estafa.
Possible · Within months
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