La masacre de Atizapán: un crimen que sacude la conciencia nacional en México
El asesinato de una familia y su niñera a manos de un conocido reabre el debate sobre la violencia extrema y la normalización de la crueldad en el país.
Quick Look
- El arresto de Diego Sebastián N. por el asesinato de una familia y su niñera en Atizapán ha conmocionado a México.
- El crimen, premeditado por una disputa comercial, reaviva el debate nacional sobre la violencia extrema y la desensibilización social.
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Why It Matters
México ha enfrentado niveles elevados de violencia durante años, con picos significativos en homicidios desde 2009. Casos anteriores como Ayotzinapa y el ataque a la familia Lebarón han marcado la historia reciente de la inseguridad nacional.
El acusado caminaba esposado este viernes bajo los brazos de dos policías, mientras se acercaba a las puertas de la cárcel. Decenas de curiosos miraban por encima de unas vallas. Periodistas y agentes grababan la escena con sus teléfonos y cámaras profesionales. Él, vestido de negro y azul, miraba a cualquier lado. En un momento, alguien gritó, “Sebastián, ¿por qué lo hiciste?”. Los vídeos se tomaban desde atrás, su cara no se alcanzó a ver cuando el grito cruzó el cielo. Con todo el ruido, tampoco queda claro si lo escuchó. Lanzada al aire, la pregunta enlazaba con el sentir general de un país, México, enfrentado de nuevo a la crueldad: ¿por qué?
De Tijuana a Palenque, y quizá más allá, pocos ignoran los detalles básicos de lo ocurrido el martes en Atizapán, a tiro de piedra de la capital. El acusado, Diego Sebastián N, llegó a la casa de una familia conocida y los mató. Conocida de él, del acusado; conocida en general, porque el padre era el teclista de una popular banda indie, Camilo Séptimo. Asesinó a la madre, embarazada de cuatro meses; asesinó al padre, con quien tenía algún tipo de relación comercial; asesinó a la hija pequeña, de tres años; asesinó a la niñera, de 21; mató incluso al perro. Solo se salvó el niño mayor, que cuenta seis años y se escondió en algún lugar de la casa hasta que llegó la policía, cosa que ocurrió pasadas varias horas.
La masacre conecta con el runrún nacional, la violencia sabida, atestiguada a diario en diferentes puntos del país, una realidad difícil de acomodar. Son ya muchos años en que los asesinatos están disparados en México. Hay que irse a 2009 para ver menos de 20.000. En su libro Capitalismo Gore, la filósofa bajacaliforniana Sayak Valencia recuerda una entrevista que el corresponsal de EL PAÍS en México, en los primeros años de la guerra contra el narco, Pablo Ordaz, le hacía al entonces fiscal general Eduardo Medina Mora. Ordaz señalaba los altos niveles de homicidios –era el año 2008– y el funcionario respondía que, “comparado con otros países, los niveles de violencia no son tan desfavorables”.
Estudiosa de las violencias y crueldades que provoca el modelo de desarrollo en México, Valencia se sorprende en su libro de que la cantidad de víctimas registradas aquel año parecía “no ser suficiente para alarmar” al entonces fiscal. Ella menciona 5.800, pero el Instituto Nacional de Estadística elevaría después esa cifra a más de 14.000. La angustia existía ya entonces. Poco tiempo después, el asesinato salvaje del hijo del poeta Javier Sicilia y unos amigos catalizaría esa angustia en un esperanzador movimiento social, que pondría contra las cuerdas al Gobierno del presidente Felipe Calderón (2006-2012). Nació la esperanza. La unión hacía la fuerza y todo era relativamente nuevo: Los Zetas, las masacres del crimen organizado, los brazos armados, la espectacularización de la muerte.
Pero fueron pasando los años. En 2014, llegó el ataque artero contra los estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa: 43 fueron desaparecidos a manos de un contubernio de criminales y autoridades que todavía nubla el relato nacional. Nunca se supo qué fue de ellos. En 2019, criminales asesinaron y luego quemaron a familiares –entre ellos seis niños– de Julián Lebarón, uno de los fundadores del movimiento que había liderado el poeta Sicilia años atrás. Uno y otro crimen generaron reacciones de protesta en el país. Pero las protestas, con el paso del tiempo, se desinflaron. No porque nada se arreglara, sino porque sucedían nuevas atrocidades.
Los asesinatos aumentaron, superaron los 30.000 anuales durante varios años. Hubo más masacres, muchas más. También hubo cambios de Gobierno, del PAN al PRI y del PRI a Morena, y consecuentes cambios de estrategia contra la inseguridad. Nada parecía funcionar hasta hace un año más o menos, cuando el Gobierno que dirige Claudia Sheinbaum empezó a celebrar descensos notables en la curva de homicidios. En la presentación de su segundo informe de gobierno, el martes, dijo que hoy hay un 51% menos de asesinatos que hace dos años. Polémica sobre las cifras aparte –merecen un texto y una discusión propias–, la reducción es real. También son reales masacres como la de Atizapán.
El caso ha golpeado a la sociedad. La saña del asesino ha calado hondo. Fuentes cercanas al caso que ha consultado EL PAÍS confirman un rumor surgido esta semana. Diego Sebastián habría preparado la masacre con anticipación. Compró cinta adhesiva y demás utensilios que luego le servirían en su ataque. No fue un calentón, una discusión que subió de tono. Llegó con la idea de lo que haría, detalle que redunda en el terror. “Es atroz. Porque una disputa en que está en peligro la vida, bueno, se puede entender”, explica José Luis Álvarez León, doctor en Derecho por la UNAM. “Pero aquí, hay un proceso de maquinación, de premeditación y alevosía… El problema es: ¿cuántas personas hay así en un contexto social como el nuestro?”
Las autoridades han dicho que Diego Sebastián y una de las víctimas, el hombre, el teclista de Camilo Séptimo, Jonathan Honas Meléndez, tenían negocios. El secretario de Seguridad federal, Omar García Harfuch, explicó este viernes que el primero le había exigido dinero al segundo. Este diario informó en días pasados, citando fuentes conocedoras de las pesquisas, que ambos manejaban un negocio de renta de casas de lujo a través de una página web. El agravio, del que se desconoce ahora mismo absolutamente todo, apunta ahí. La solución de Diego Sebastián, un sujeto que la Fiscalía del Estado de México buscaba por fraude, aspecto que ha confirmado también este diario, fue matarlos a todos.
Es difícil asumir una postura frente al dolor. En estos años, muchos en México se han acostumbrado a lidiar con la violencia del crimen organizado, asumiendo que son realidades lejanas. De la misma manera, muchos asumen que la violencia ejercida por policías y militares es en general lejana. Sin nada que esconder, ¿por qué debería preocuparse un tortillero, una médica o un abogado de que a un agente se le vaya la mano? Eso, a pesar de las negligencias o derivas delictivas de muchos uniformados a lo largo de los años. Pero lo de Atizapán es otra cosa. “Es un crimen tribal en el fondo, intimista, que se da en el ámbito familiar, con un lujo de violencia sorprendente. Horroriza a las familias porque ocurrió en el ámbito íntimo de una familia. Por eso horroriza”, dice la doctora Yuriria Rodríguez, formada en el Instituto Nacional de Ciencias Penales.
Open Questions
- ¿Cuál fue el motivo exacto de la disputa comercial entre el acusado y la víctima?
- ¿Cómo se llevará a cabo el proceso judicial contra Diego Sebastián N.?







