Muere Piculín Ortiz, expívot puertorriqueño del Real Madrid y el Barcelona, a los 62 años
Se llamaba José Rafael Ortiz Rijos pero pasó a la eternidad como Piculín, el apodo con el que le bautizó una vecina de la ciudad puertorriqueña de Cayey cuando aquel niño travieso se encaramaba a una verja. Desde entonces fue Piculín Ortiz y así triunfó en el mundo del baloncesto quien fuera pívot del Real Madrid y el Barcelona, entre otros equipos, y que ha fallecido este martes a los 62 años después de muchos meses luchando contra un cáncer.
Piculín dejó su sello allá donde jugó por su eficaz tiro a tablero y sobre todo por una personalidad bondadosa, como recuerdan quienes trataron con él. Siempre envuelto en la bandera de Puerto Rico, el país que paseó orgulloso y con cuya selección disputó cuatro Juegos Olímpicos (Seúl 88, Barcelona 92, Atlanta 96 y Atenas 2004) y cuatro Mundiales. También esos colores los lució en la mejor Liga del mundo. Piculín fue el segundo puertorriqueño, después de Butch Lee, en ser elegido en el draft de la NBA, en el puesto número 15 en 1987, y de esa época en que jugó 64 partidos en Utah entre 1988 y 1990 recordaba los ratos que pasaba en el gimnasio junto al mítico Karl Malone.
En la ACB no acabó de echar raíces en ningún equipo, pero en todos dejó rastro de su desempeño bajo el aro y de su calidez personal. Una temporada en el CAI Zaragoza (1987-88), otra en el Real Madrid (1989-90), dos en el Barcelona (1990-92), con el que ganó una Copa y fue subcampeón de la Copa de Europa ante la gran Jugoplastika de Kukoc, una campaña más en el Andorra (92-93) y otra en el Unicaja (93-94) para un total de 177 partidos en la competición española.
Fernando Romay, compañero en la casa blanca, le recuerda así en EL PAÍS: “Llegó al Madrid en un momento crítico. Yo era el capitán y George Karl era el entrenador. Había reticencias de traer a otro jugador por el presupuesto de la sección. Hasta el presidente, Ramón Mendoza, me preguntó para qué lo queríamos si iba a jugar en mi puesto. Luego resultó ser un jugador polifacético, que igual iba al rebote por dentro que sabía moverse alrededor de la zona. Y sobre todo una persona encantadora, divertida, que hacía equipo y se hacía querer. Generosa en demasía. Entonces íbamos mucho al Donostiarra y él lo convirtió en su segunda casa”. De la época barcelonista, Andrés Jiménez retiene la misma sensación dentro y fuera de la pista. “Con ese tiro a tablero era un seguro, lo dominaba muy bien y tenía buenos movimientos bajo el aro. Como puertorriqueño, se motivaba mucho cuando tenía que jugar contra un americano. Y un hombre noble, un jugador de equipo que transmitía buen rollo”.
El balón le llevó luego a Grecia, Venezuela y de vuelta a Puerto Rico, pero el vacío que le dejó la retirada y sus problemas personales le condenaron a unos años difíciles. Abrió y cerró un par de restaurantes, inauguró una academia de baloncesto y probó en la política con el Partido Popular Democrático de su país antes de caer en una espiral de alcohol y drogas, ser detenido por cultivo de marihuana y acabar en prisión.
Renació, “como un ave fénix”, y se reconcilió con el baloncesto. Ingresó en el Salón de la Fama de la FIBA y, aunque no le gustaba el juego de hoy por el abuso del triple, presentaba un pódcast llamado El GOATCast en el que charlaba con personalidades del deporte y la cultura de Puerto Rico. En su último episodio, colgado hace tres días, una entrevista a Picky Soto, exjugador de voleibol, lucía buen aspecto y su eterna sonrisa: “Hasta la próxima. Que lo disfruten”.



