
Un análisis sobre cómo el coste de la vida y la realidad económica han marcado los resultados electorales frente a la retórica política.
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El artículo analiza los resultados electorales recientes en EE. UU. y la victoria de candidatos que centraron sus campañas en el coste de la vida.
“JD, habibi [querido, en árabe]”, le dijo Abdul El-Sayed al vicepresidente de Estados Unidos, JD Vance, tras ganar su histórico escaño por Míchigan. Lo hacía con una ironía que solo se permite quien vence, interpelando al hombre que lo había llamado “malvado” en un mitin, para recordarle que tendrá que tomarle juramento en enero. Hay algo extraordinario en esa escena porque nos revela un sentido profundo de la democracia. Vance tendrá que reconocer públicamente la victoria de quien había tratado de deslegitimar como adversario político. Y es que la democracia no exige que los rivales en las urnas se aprecien a nivel personal, pero sí que reconozcan su derecho a existir políticamente. Puede que esa sea la victoria más importante de la noche.
Con todo, la prudencia obliga a no leer el resultado como un triunfo de la democracia sobre el método Trump, si bien no podemos dejar de ver que casi la mitad de los votantes ha visto en estas elecciones una ocasión para reprenderle. Y ahí está un Estado como Georgia en el que la salud institucional ha podido figurar entre las primeras preocupaciones. Pero el motivo que atraviesa estos resultados puede ser más prosaico, o no, según se mire: el de un depósito de gasóleo en Kansas, el Estado que no enviaba a un demócrata al Senado desde 1932. Ha sido ahí, precisamente, donde el republicano Roger Marshall defendió nada menos que la solidez de una economía ante unos votantes que pagan en cada repostaje la guerra con Irán. Trump ha conseguido durante años imponer su versión de la realidad, pero hay cosas que no pueden maquillarse, cosas que afectan a la materialidad de la vida, como lo que la gente paga cada vez que llena el depósito.
¿Quiere decir esto que hay que mirar con desdén a quien vota por lo que paga? ¿Que ese motivo no es tan noble como el de salvar la democracia? En absoluto. Castigar a quien gobierna cuando el bolsillo aprieta es la forma más elemental de pedir cuentas, y precisamente eso, lo que cuesta vivir, se ha convertido en un enfado que este otoño también estamos viendo recorrer las calles de Europa. Los históricos triunfos en Kansas y Texas quizás se deban a haber escuchado ese enfado. Ahí no han ganado dos demócratas, sino dos políticos que hicieron de los precios el centro de su campaña, que entendieron que el coste de la vida va más allá de lo que pagamos por las cosas; también tiene que ver con lo que dejamos de poder planear o con el miedo a perder lo que tenemos. Mientras el republicano Marshall defendía los aranceles, el demócrata Adam Hamilton demostraba que lo concreto puede unir a los votantes con ideologías diferentes.
La noche ha dejado, así, una fotografía impensable hace no tanto, con el primer senador musulmán, el primer hombre abiertamente gay elegido al Senado, la primera gobernadora negra y la primera gobernadora nativoamericana del país, y sería fácil leerla solo como un triunfo de la diversidad. Pero lo que acerca a muchos de esos candidatos a un pastor de Kansas que fue republicano no es su biografía, sino haber sabido hablar de lo que les pasa a sus votantes, justo lo que no hizo Marshall al asegurarles que la economía iba bien.
Elon Musk criticizes Trump's management after leaving the Department of Government Efficiency, lamenting that the second term agenda forgot the middle classes and that presidential corruption made it impossible to digest his management. Musk spent $500 million on the election, and Democrat James Talarico won Texas after thirty years without a non-Republican senator in the state.
Donald Trump loses control of both houses of Congress in the first two years of his second term. The article analyzes the system of checks and balances of American democracy and criticizes its foreign policy, especially the treatment of authoritarian and allied regimes, as well as the humiliation of Zelensky.
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Óscar Puente recognizes that a minister cannot continue in his position with two serious accidents, although he should have reached that conclusion on the day of the Urda accident. The article criticizes his management and points out that he will go down in history for leading the most tragic period of the railway in Spain.

An opinion column reflects on the unexpected death in football and the impossibility of explaining it, refusing to find culprits and sending a message of pain and support to the family of Jesús de Miguel and Club Deportivo Tenerife, from its president Felipe Miñambres to the last fan.

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