El nuevo director, Roman Gofman, aparta a altos cargos implicados en una fallida estrategia de cambio de régimen en Irán que contaba con el apoyo de milicias kurdas.
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El Mossad intentó orquestar un cambio de régimen en Irán mediante el apoyo a milicias kurdas y la desestabilización interna. La operación no obtuvo el respaldo necesario de la administración estadounidense.
El prestigio del Mossad, la agencia de espionaje que durante décadas cultivó su leyenda de omnisciencia, atraviesa horas bajas. El servicio secreto israelí, que llegó a presumir de conocer mejor las calles de Teherán que las de Tel Aviv, arrastra ahora las consecuencias del fracaso de su plan más ambicioso: derrocar al régimen de los ayatolás. La crisis interna estalla además en el peor momento posible para Israel, con las elecciones de octubre a la vuelta de la esquina, media docena de frentes abiertos entre Gaza, Líbano y Cisjordania, y un conflicto con Irán que, lejos de cerrarse, se ha enquistado.
El nuevo director del Mosad, Roman Gofman, ha destituido a dos de sus altos responsables, directamente implicados en el diseño de aquel plan. Según reveló el pasado jueves el Canal 12 israelí, Gofman ha apartado de sus cargos al jefe de la Dirección de Inteligencia del servicio secreto -en el puesto desde diciembre- y al responsable de la división encargada de Irán. Ambos formaban parte del equipo que ideó la operación para derribar la República Islámica apoyándose en las minorías del país y en un resurgimiento de las protestas masivas contra el régimen.
Fuentes de seguridad citadas por la cadena israelí aseguran que los dos funcionarios y Gofman mantenían tensiones desde que este asumió el cargo, aunque insisten en que las salidas se han producido de mutuo acuerdo, dentro de una reorganización más amplia del Mossad, y que ambos seguirán trabajando en la agencia en otras funciones. El diario israelí Haaretz añade que la revisión interna de la operación iraní ni siquiera ha concluido todavía, y que el jefe de la Dirección de Influencia, que lideró la operación, ya había sido cesado cuando Gofman tomó las riendas del Mossad en junio.
El proyecto contemplaba ataques israelíes contra posiciones de la Guardia Revolucionaria a lo largo de la frontera de Irán con Irak, en el Kurdistán iraní. Esos bombardeos debían abrir la puerta a que combatientes kurdos cruzaran hacia territorio iraní y avanzaran sobre las ciudades kurdas del noroeste del país. El Mossad esperaba que miles de jóvenes kurdos se sumaran a la ofensiva, generando un movimiento de masas capaz de llegar hasta Teherán y de envalentonar a su vez unas protestas populares multitudinarias que terminaran derribando al régimen.
La ofensiva kurda era solo una pieza del plan, que además preveía instalar al expresidente ultraconservador Mahmud Ahmadineyad como nuevo líder de Irán. The New York Times ya había informado el mes pasado de que Israel llevaba años intentando reclutar a Ahmadineyad, en una campaña que incluyó un encuentro con el entonces jefe del Mossad, David Barnea, en un congreso académico celebrado en Hungría. La oficina de Ahmadineyad desmintió esa información.
Al inicio de la guerra, en febrero, Israel y Estados Unidos sí llevaron a cabo bombardeos intensos contra las fuerzas de seguridad iraníes en el noroeste del país -incluyendo cargos del régimen, bases militares, sistemas de misiles y comisarías de policía- con el objetivo de facilitar el avance kurdo.
Pero filtraciones a los medios, la presión diplomática de Turquía y la propia desconfianza de los kurdos llevaron a Washington a desactivar la iniciativa. Además de propiciar el cambio de régimen, Israel y Estados Unidos buscaban degradar la capacidad militar iraní y neutralizar las amenazas de sus programas nuclear y de misiles balísticos.
Un miembro del Mossad criticó en una entrevista a Haaretz la decisión de Gofman de cesar a los dos altos cargos. “Gofman fue uno de los principales impulsores del plan para cambiar el régimen en Irán cuando era secretario militar de Netanyahu. Los despedidos buscan ayudar a Netanyahu a distanciarse de la responsabilidad de que el Gobierno iraní no cayera”, sostuvo esa fuente, que calificó la medida de “acto cobarde” hacia funcionarios que “han dedicado muchos años de su vida a la seguridad de Israel”.
Según el mismo testimonio, “el plan para cambiar el régimen en Irán no fracasó. Simplemente no se ejecutó porque no recibió la aprobación de Trump. El responsable de obtener esa autorización es el primer ministro, no los funcionarios del Mossad”.
En marzo ya se supo que el entonces jefe del Mossad, David Barnea, aseguró a Netanyahu que la agencia podía movilizar en cuestión de días a la oposición iraní y provocar disturbios capaces de derribar al régimen de Teherán. Barnea presentó esa misma propuesta a altos cargos de la Administración Trump durante una visita a Washington a mediados de enero.
Netanyahu, según medios estadounidenses, asumió como propia la valoración optimista del Mossad sobre las posibilidades de un levantamiento popular para convencer a Trump de que el cambio de régimen era un objetivo realista, mientras mostraba en privado su frustración porque esas expectativas no se cumplían.
Otras fuentes consultadas por Haaretz niegan esa versión de los hechos. Según estas, en las deliberaciones previas al ataque contra Irán, el jefe del Mossad calculó que solo se podría sacar a los manifestantes a las calles de Teherán una vez terminada la guerra, y que el proceso de sustitución del régimen podría prolongarse durante muchos meses después.
Además del caso iraní, Gofman ordenó en junio reabrir una investigación interna sobre la actuación del Mossad el 7 de octubre y durante la guerra posterior, un proceso que no pretende sustituir las pesquisas anteriores sino que forma parte de su propio proceso de toma de posesión al frente del organismo.

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