La portavoz recién nombrada fue despedida tras solo cinco días en el cargo, en medio de una semana marcada por dimisiones y disputas internas en el entorno de Donald Trump.
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La administración Trump enfrenta tensiones internas y críticas ante la proximidad de las elecciones de mitad de mandato. La inestabilidad en el equipo de comunicación ha sido una constante señalada por los medios.
La segunda presidencia de Donald Trump, se dijo, no iba a ser como la primera. Él llegaba tras una travesía en el desierto, pero con las lecciones aprendidas; rodeado de un ejército de fieles, y no, como en 2017, de un equipo de colaboradores dispuestos a llevarle la contraria de vez en cuando. Tampoco sería, como sí fue aquella, un incesante espectáculo de filtraciones, puñaladas entre bambalinas y despidos impulsivos a golpe de tuit.
Esta semana, la segunda Casa Blanca de Donald Trump se deslizó, a poco más de dos semanas de las midterms, las elecciones de mitad de mandato, hacia un caos de otra época con el show inesperado de la salida, tras cinco días en el cargo, de la portavoz recién nombrada por el presidente, Katie Zacharia.
Su contrato lo anunció el viernes pasado Trump en su red social. El lunes, ella fichó en su primer día en el trabajo. El martes concedió una brevísima y nerviosa conferencia de prensa de 14 minutos. A todas luces improvisado y pobremente preparado, el estreno bastó para que empezaran a admitirse en Washington apuestas sobre cuánto iba a durar Zacharia en el ala oeste.
Miércoles y jueves se fueron en una operación de mitigación de daños. Las informaciones de que había mentido en su currículo al hacerse pasar por abogada cuando, si bien tiene el título de Derecho, nunca aprobó el examen exigido en Estados Unidos para ejercer, las acabó confirmando ella misma. Lo hizo en sendas entrevistas en medios conservadores, que la trataron con una dureza que tal vez no esperaba.
En el magacín matinal de Fox News y en un encuentro casual con reporteros en la Casa Blanca, Zacharia repitió el viernes, con una de las amplias sonrisas con las que ha iluminado sus 15 minutos de fama, que trabajar para Trump era un “sueño hecho realidad” y que estaba dispuesta a darlo todo. Poco después, el presidente de Estados Unidos la dejó caer de una manera particularmente cruel.
Primero les dijo a los periodistas que había aconsejado a Zacharia que dejase el trabajo si quería ser “feliz”. Después, la Casa Blanca filtró a los medios que la nueva portavoz iba de salida. Al rato, estaba en la calle.
Su salida pone fin a una semana turbulenta en el entorno de Trump. Empezó con la dimisión como embajadora en Grecia por presunta corrupción de Kimberly Guilfoyle, exprometida del hijo mayor del presidente. Continuó con el final en el Departamento de Estado de otro aliado, Paolo Zampolli, famoso por haber presentado a Trump a su actual esposa, Melania. Y alcanzó su clímax con la disputa, en la que el jefe se vio obligado a terciar, entre otros dos leales socios: el exenviado para Venezuela Richard Grenell y la abogada, esta sí, Alina Habba.
Habba acusa a Grenell de haberse quedado con casi seis millones de dólares que su marido, un inversor turco llamado Turhan Mildon, dio para el Kennedy Center. De fondo, están los intereses de ambos hombres en las fenomenales oportunidades de negocio abiertas en la Venezuela pos-Maduro.
Esta ha sido también la semana en la que The Washington Post ha publicado que se multiplican las maniobras internas para desalojar tras las elecciones a la jefa de Gabinete, Susie Wiles, mano derecha de Trump. Con su aspecto anodino y su discreción, Wiles, cuya hija también está en el centro de un escándalo por sus negocios en Bosnia y Herzegovina, es (o era) la imagen de la estabilidad de esta Casa Blanca; la mujer que ha puesto orden en un cargo por el que desfilaron cuatro funcionarios durante el primer mandato de Trump (por los dos que, por ejemplo, tuvo Joe Biden en sus cuatro años en el poder).
El presidente de Estados Unidos no consultó a Wiles el fichaje de Zacharia. Cuando esta subió el martes pasado al atril para hablar −nerviosa, con la vista puesta en los papeles y sin respuestas a las preguntas que le hacían−, habían pasado 47 días desde la última vez que alguien en su cargo se había presentado ante los periodistas. Fue Karoline Leavitt, la secretaria de prensa más joven de la historia. Salió en agosto, tras 17 meses en el puesto y una brillante hoja de servicios MAGA.
Trump no sintió prisa en sustituirla hasta que finalmente la tuvo. El nombramiento de Zacharia fue una decisión que tomó personalmente, según fuentes de la Casa Blanca citadas por los medios estadounidenses, cuando se hartó de que le presentaran un aspirante decepcionante tras otro. Pero, sobre todo, mientras veía acercarse unas elecciones de mitad de mandato que no pintan bien para los suyos.
Este es seguramente el presidente que más ha hecho de director de comunicación de sí mismo en la historia de este país, pero hasta Trump necesita alguien que defienda sus políticas en la sala de prensa cuando sus índices de popularidad y las encuestas siguen en caída libre para los republicanos. Si, como dicen los sondeos, los demócratas se disponen a recuperar una o ambas cámaras, entonces será aún más valioso un ariete como Leavitt, siempre dispuesta a atacar a sus adversarios, mimar a los medios afines y defender lo indefendible, a base de mentiras cuando hizo falta.
A Trump le había bastado en su particular proceso de selección ver a Zacharia en televisión siempre lista para hablar bien de él y de sus impopulares políticas. Porque es de sobra sabido: la suma de ambas virtudes, telegenia y lealtad ciega, es irresistible para el presidente de Estados Unidos.
Así que tiene sentido que lo que la hiciera caer no fue su primera y desastrosa comparecencia. Ni siquiera el escándalo de que hubiera mentido sobre su currículo (no podría serlo, para alguien tan embustero como Trump). Fue el hecho de verla en dos programas de, nada menos, Fox News, incapaz de salir airosa de los ataques con balas de fuego amigo.
Entrevista interrumpida
Horas después de ser defenestrada, el Wall Street Journal publicó una entrevista concedida por Zacharia al diario conservador al final de la mañana del viernes. Es un texto brutal, en el que queda claro que la portavoz no tenía ni idea de que estaban a punto de despedirla.
El artículo dice que “proyectaba calma” en su oficina recién estrenada y “con pocos toques personales: una orquídea blanca, un rizador de pelo y un par de tacones en una balda junto a un neceser”. También, que había dormido “tres horas”, porque el día anterior fue el cumpleaños de uno de sus cuatro hijos y que madrugó para prepararse para la entrevista con la que arrancó con mal pie la jornada. “Mi dieta es [estos días] poco sueño, adrenalina por las nubes y probablemente demasiada cafeína y nada para comer”, dice Zacharia al Journal.
En mitad de la entrevista, alguien toca la puerta para comunicarle que el vicepresidente, J. D. Vance, quiere hablar con ella, que ya nunca vuelve con los reporteros. Mientras tanto, Trump sale al encuentro de los periodistas en el helipuerto de la Casa Blanca para bajar el pulgar sobre el futuro de Zacharia.
Además de para resucitar el recuerdo del caos del primer mandato de Trump, el show de esta semana ha servido para devolver el foco sobre Anthony Scaramucci. Fue director de comunicación de la Casa Blanca y duró 11 días en el cargo. El martes creó al calor del escándalo una nueva unidad de medida: el scaramucci. Según esta, Zacharia solo ha sobrevivido 0,45 scaramuccis. “Los récords están para pulverizarlos”, escribió él el viernes.
Convertido en crítico con Trump, también publicó otro mensaje en X en el que, alzando la voz sobre el circo competitivo de Washington, uno de cuyos deportes favoritos es hacer leña del árbol caído, aconsejaba a la portavoz defenestrada que desconecte “de las noticias” y que disfrute de su “familia”. “Con el tiempo, te darás cuenta de que el universo te hizo un gran favor [con el despido]”, escribió Scaramucci.
No ha trascendido qué planes de futuro tiene ella, pero al menos sabemos que no tendrá que deshacer una mudanza a Washington desde California: no le dio tiempo a hacerla. Tampoco está claro cuánto del ejemplo de Scaramucci piensa seguir, aunque, de momento, no parece dispuesta a acompañarle al otro lado del espejo, donde aguardan los conversos anti Trump.
Más bien al contrario, Zacharia terminó su quinto y último día en la Casa Blanca con un elogioso mensaje en X: “El presidente es un hombre amable, maravilloso, cordial, atento, entusiasta y trabajador. Ojalá más estadounidenses lo valoraran. Nadie logrará jamás hacer grande a Estados Unidos de la manera en que él lo ha hecho y sigue haciéndolo”.

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