Karoline Leavitt deja su cargo como portavoz de la Casa Blanca para redefinir el éxito profesional
Quick Look
- Karoline Leavitt, de 29 años, renunció como portavoz de la Casa Blanca el 27 de agosto de 2025 para pasar más tiempo con su familia, pero seguirá asesorando a Donald Trump.
- Su decisión refleja una tendencia en las nuevas generaciones que redefinen el éxito profesional priorizando el bienestar, la flexibilidad y los valores personales sobre el ascenso y el salario.
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Why It Matters
Karoline Leavitt se convirtió en enero de 2025 en la portavoz de la Casa Blanca más joven de la historia de Estados Unidos a los 29 años. Tras el nacimiento de su segunda hija, decidió renunciar al cargo el 27 de agosto de 2025 para dedicar más tiempo a su familia, aunque seguirá como asesora externa de Donald Trump.
Karoline Leavitt tiene 29 años, dos hijos pequeños y un currículum que a su edad resulta difícil de igualar. En enero de 2025 se convirtió en la secretaria de prensa de la Casa Blanca más joven de la historia de Estados Unidos y, desde entonces, ha ocupado uno de los puestos con mayor exposición, poder y cercanía al presidente del país. Un cargo que, sin embargo, ha dejado este jueves 27 de agosto. Donald Trump anunció su salida el pasado 12 de agosto y explicó que Leavitt quería pasar más tiempo con sus hijos y su familia. Ella misma reconoció que, desde que regresó al trabajo tras el nacimiento de su segunda hija, había llegado a la conclusión de que no podía ser la madre que quería ser y, al mismo tiempo, dedicar “el tiempo, la energía y la atención constantes” que exige ser portavoz de la Casa Blanca.
Pero Leavitt no se retira. Seguirá vinculada a Trump como una de sus principales asesoras externas y mantendrá influencia dentro del Partido Republicano. Es decir, no abandona su carrera: cambia las condiciones en las que quiere continuarla. Su decisión permite plantear una pregunta que va más allá de la maternidad o de la conciliación. Durante décadas entendimos el éxito profesional como una escalera: había que subir, llegar lo más alto posible y, una vez allí, procurar no bajarse. ¿Sigue funcionando esa definición?
“Las nuevas generaciones no están renunciando al éxito, están renegociando lo que significa tener una vida exitosa”, sostiene Loreto González Fernández, socia y responsable de Servicios Financieros y Consejos de Administración de Korn Ferry. En su trabajo como headhunter observa que propósito personal, bienestar, flexibilidad y calidad de vida han entrado en una ecuación en la que antes pesaban fundamentalmente el ascenso, la responsabilidad y el salario. No significa, advierte, que exista menos ambición. “El éxito ya no se mide exclusivamente por el cargo o el salario, sino también por la capacidad de construir una vida coherente con los valores personales y con el proyecto vital de cada uno”, asegura. El cambio alcanza incluso a la manera en la que nos identificamos con nuestro trabajo. Durante mucho tiempo, la profesión fue uno de los principales elementos que utilizábamos para explicar quiénes éramos. Ahora comparte ese espacio con la salud, las relaciones personales, las aficiones, el aprendizaje o el propósito.
César T. Gil, psicólogo experto en neuroeconomía y CEO de Nexuria Lab, coincide en que se está produciendo una separación importante entre dos conceptos que durante mucho tiempo caminaron casi unidos: éxito y estatus. “Durante muchos años hemos utilizado indicadores externos para medir el éxito: el cargo, el salario, el despacho, el reconocimiento, el tamaño de la empresa o el número de personas a nuestro cargo”. El problema aparece, explica, cuando descubrimos que esos indicadores y nuestro bienestar “no necesariamente evolucionan en paralelo”.
Desde la neuroeconomía puede explicarse como un cambio en la forma en la que asignamos valor. El dinero o el reconocimiento no dejan de importar, pero comienzan a competir con la autonomía, el tiempo, las relaciones, la salud o la posibilidad de decidir cómo queremos vivir. “Para muchas personas empieza a significar algo bastante más sofisticado: tener capacidad de elección sobre la propia vida”, explica Gil.
Hay además una trampa psicológica en aquello que imaginamos que ocurrirá cuando finalmente alcancemos la meta. “Nuestro cerebro suele ser mejor imaginando cuánto desearemos algo que anticipando cuánto nos satisfará realmente cuando lo consigamos”, incide el psicólogo. Durante el camino existe expectativa, motivación y anticipación de la recompensa. Después llega la adaptación hedónica: aquello que parecía extraordinario comienza a convertirse en normal. El despacho espectacular pasa a ser simplemente el despacho; el sueldo excepcional, el sueldo; y aquel cargo que parecía la culminación de una vida termina escrito rutinariamente debajo del nombre. Entonces puede aparecer una pregunta tan sencilla como incómoda: “¿Y ahora qué?“.
No necesariamente es decepción ni fracaso. Gil habla de un error de predicción emocional: habíamos calculado que alcanzar determinado objetivo produciría más satisfacción o que esta duraría más: “A veces confundimos la intensidad con la que deseamos algo con la felicidad que nos proporcionará tenerlo”, resume.
También está cambiando la propia arquitectura de las carreras profesionales. Loreto González explica que cada vez resulta menos útil imaginar cuarenta años de trabajo como una ascensión ininterrumpida. La mayor longevidad permite pensar en segundas y terceras etapas profesionales como consejero, asesor, emprendedor, profesor o mentor. “Estamos pasando de una visión de la carrera profesional como una escalera que hay que subir sin detenerse a una visión mucho más flexible, donde pueden existir etapas de aceleración, momentos de pausa, movimientos laterales e incluso reinvenciones profesionales”, dice la headhunter.
Bajarse, por tanto, ya no tiene por qué significar caerse. Aunque González aclara que no se trata de un fenómeno masivo, sí observa con mayor frecuencia que desde hace unos años directivos que podrían continuar ascendiendo hacen pausas o eligen posiciones con menor exposición, presión o exigencia de disponibilidad. También las empresas empiezan a interpretar de otra manera decisiones que antes podían entenderse como falta de ambición o resiliencia.
La maternidad y la paternidad pueden actuar como aceleradores de esa reflexión, pero reducir el fenómeno a un problema de conciliación sería simplificarlo. “Tener hijos puede modificar algo fundamental desde el punto de vista psicológico y económico: el valor que asignamos al tiempo”, señala Gil. Entra entonces en juego el coste de oportunidad: cada hora dedicada a algo es una hora que no dedicamos a otra cosa. “La ambición puede continuar exactamente igual; lo que ha cambiado es la ecuación”, determina.
González observa algo similar entre los altos directivos. Los hijos siguen siendo uno de los grandes puntos de inflexión de una carrera, pero también lo es cada vez más el cuidado de los padres mayores. La llamada “generación sándwich” obliga a muchos profesionales a preguntarse no solo cómo organizar su agenda, sino “cuánto de su identidad personal quieren vincular exclusivamente al trabajo”. Y el fenómeno no afecta únicamente a las mujeres. Aunque ellas continúan soportando una parte desproporcionada de los cuidados, González observa estas decisiones en ambos sexos y señala un cambio significativo: hombres en posiciones muy sénior también empiezan a hablar con naturalidad de pausas o renuncias relacionadas con su vida personal.
Quizá lo que se está erosionando sea también el prestigio de un modelo profesional concreto. Durante años, trabajar 12 horas, dormir poco y estar permanentemente disponible funcionó incluso como una exhibición de importancia. “Existía cierta teatralización del sacrificio”, recuerda Gil: “Duermo cuatro horas”, “llevo tres semanas sin un día libre” o “ayer salí de la oficina a las once” eran frases que podían pronunciarse casi con orgullo. Hoy esa imagen genera más preguntas. González asegura que el ejecutivo permanentemente disponible, dispuesto a sacrificar sistemáticamente su vida personal, “despierta más dudas que admiración”. Eso no elimina una realidad: los puestos de máxima responsabilidad siguen exigiendo una dedicación extraordinaria y, cuando el talento es comparable, la disponibilidad y el compromiso continúan influyendo en la progresión profesional. La diferencia es que ahora más personas se preguntan si el intercambio merece la pena.
La tecnología también ha modificado el precio que pagamos. “Antes salías físicamente de la oficina y, de alguna manera, habías salido del trabajo. Hoy llevamos la oficina permanentemente en el bolsillo”, señala Gil. La desconexión digital se ha convertido así en un bien escaso y, como ocurre con cualquier recurso escaso, ha aumentado su valor. “Quizá por eso disponer de tiempo propio se está convirtiendo también en una nueva forma de estatus”.
De ahí que abandonar voluntariamente un gran puesto pueda ser interpretado de maneras radicalmente distintas. Desde fuera puede parecer una pérdida. Para quien toma la decisión puede significar exactamente lo contrario. “Una persona puede abandonar una posición profesional privilegiada precisamente porque ya no necesita demostrar determinadas cosas”, explica Gil. El siguiente ascenso puede proporcionar menos satisfacción que el anterior y exigir, sin embargo, un coste personal mucho mayor.
La pregunta, entonces, quizá ya no sea hasta dónde queremos llegar. Gil propone sustituirla por otra: “¿Qué estás dispuesto a pagar para llegar hasta allí?”. Porque querer reconocimiento, poder, responsabilidad o dinero y decidir que su precio es demasiado elevado no son necesariamente ideas contradictorias.
Leavitt no deja de trabajar, ni abandona la política, ni parece despedirse de los círculos de poder. Simplemente ha decidido ejercerlo desde otro lugar. Y quizá ahí esté la diferencia entre renunciar al éxito y redefinirlo. “Desde fuera alguien puede pensar: ‘Ha renunciado a un puesto extraordinario”, explica Gil. Mientras esa misma persona puede estar haciendo una contabilidad completamente distinta: “He comprado libertad”.
What to Watch
AI outlook — possibilities, not facts
Más profesionales en puestos de alta responsabilidad optarán por reducir su exposición o hacer pausas en sus carreras para priorizar la vida personal y familiar.
Likely · Within months
Open Questions
- ¿Cómo afectará su decisión a su influencia futura dentro del Partido Republicano?
- ¿Qué papel desempeñará como asesora externa de Donald Trump?
- ¿Esta tendencia de redefinir el éxito se extenderá a otros sectores más allá de la política y los altos directivos?




