Un campamento improvisado en El Príncipe alberga a cerca de 300 jóvenes marroquíes entre condiciones precarias y la falta de recursos oficiales.
Menores migrantes marroquíes subsisten en un campamento improvisado en el barrio de El Príncipe en Ceuta tras un cruce masivo, enfrentando condiciones de extrema precariedad y falta de recursos sanitarios ante la saturación del sistema de acogida.
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Tras un cruce masivo en Ceuta, miles de inmigrantes permanecen en la ciudad y los menores continúan desprotegidos en las calles debido a la saturación del sistema de acogida.
Para medir la situación por la que aún atraviesa Ceuta se pueden utilizar, como se empeñan las autoridades políticas, las cifras de los inmigrantes que continúan en la ciudad autónoma. Aunque bailen: unas 5.000 personas según el Gobierno central, que el ceutí eleva hasta las 9.000.
Pero para valorar la crisis humanitaria que parece enquistarse en los barrios periféricos conviene más, como denuncia la Asociación Elín, tirar de otro número: los 15 días que se cumplían ayer desde el cruce masivo. Son 360 horas durante las cuales los menores siguen desprotegidos en la calle. 21.600 minutos con poca comida y pocas certezas. 1.296.000 segundos sin recursos sanitarios suficientes.
En la barriada de El Príncipe, una pista de fútbol, donde se ha improvisado un campamento, sirve para poner rostros a la crisis que golpea a las más vulnerables: chicas, menores, no acompañadas.
Los toldos, plásticos y lonas azules que cubrir la mitad de la pista deportiva impiden ver lo que se cuece, literalmente, en su interior. A casi 30 grados, rozando el 90% de humedad, se encuentran casi 300 chavalas marroquíes, unas 180 menores de edad. La cifra no es exacta porque nadie lleva allí un control exhaustivo de las que entran o salen. A media mañana, un médico voluntario ataviado con mascarilla y guantes pasa revisión después de que le hayan alertado de que algunas chicas, que comparten colchones o esterillas, tienen infecciones en la piel. Una valla de plástico separa a las que han cumplido 18 años de las que no. El problema de higiene no solo se ve, también se huele. No hay duchas, como las que se han instalado para los migrantes en la playa del Trampolín. Hay un solo baño móvil, a las puertas del recinto, para todas ellas.
Hace unos días, los vecinos de El Príncipe decidieron tomar cartas en el asunto ante la lentitud política. Según explica uno de ellos, que prefiere permanecer en el anonimato por miedo a represalias, improvisaron un primer espacio en otra pista de fútbol. Estaban “cansados” de ver por las calles de sus barriadas a niñas deambulando, expuestas a situaciones de máxima vulnerabilidad. Hicieron acopio de alimentos, agua y ropa, fruto de la solidaridad del barrio. Y allí, una vez protegidas, empezaron a correr la voz. Otras niñas y adolescentes que desde que bordearon el espigón dormían en la calle comenzaron a llegar. También otras, según los voluntarios, a los que la Policía Nacional, tras filiarlas y explicarles que no había plazas disponibles en el sistema de acogida, les dio indicaciones para llegar a este campo. El pasado martes cambiaron su ubicación, unos metros calle más abajo, porque este está vallado. “Así están más protegidas”, resume otro vecino que ha pasado la noche en vela custodiando el campamento. No se explica cómo el Ministerio de Defensa tiene a militares permanentemente en las puertas de supermercados pero no en un refugio para niñas como este.
Pese a las condiciones infrahumanas en las que pasan las horas, prefieren ese limbo antes que volver a su país, Marruecos. De lo contrario, ya hubiesen emprendido el retorno, como hizo la inmensa mayoría de los que entraron en avalancha hace dos semanas. Ellas se resisten a la espera de una plaza libre en un sistema de acogida cuyas costuras han saltado por los aires. El jueves a última hora de la tarde, después de que el ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, visitase la ciudad, un grupo de 30 chicas fue trasladado a un centro. Si saliese una treintena diariamente, la situación no se resolvería hasta dentro de 10 días.
Unos plazos “inasumibles”, tal y como alertan los voluntarios, quienes no quieren abandonarlas, pero que también son realistas: no pueden asumir esta responsabilidad mucho tiempo más. “Si Ceuta es España, El barrio del Príncipe también. Aunque se parezca, cada vez más, a un campo de refugiados”.

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