
La operación, que crearía el mayor grupo farmacéutico del mundo por ingresos, genera dudas en el mercado ante el vencimiento de patentes y la presión política en EE. UU.
Una posible fusión entre AstraZeneca y Bristol Myers Squibb crearía el mayor grupo farmacéutico mundial, pero el mercado muestra escepticismo ante los riesgos de integración y el vencimiento de patentes clave en 2028.
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Las farmacéuticas enfrentan el vencimiento de patentes de medicamentos superventas entre 2026 y 2032, lo que pone en riesgo miles de millones en ingresos. La industria busca alternativas mediante adquisiciones y optimización de I+D.
Si McDonald’s y PepsiCo fuesen una, serían una compañía omnipresente en la mente del consumidor. Un gigante con una facturación anual de unos 121.000 millones de dólares (105.000 millones de euros) y más de 384.000 millones de dólares de valor bursátil que se nutriría de un negocio de volumen recurrente —las bebidas y los aperitivos— y de una marca fuerte, con un margen elevado y escalable —las franquicias de la cadena de hamburgueserías—.
Es lo que pasaría en el sector farmacéutico si la sueco-británica AstraZeneca y la estadounidense Bristol Myers Squibb uniesen fuerzas. La operación, adelantada recientemente por Financial Times y que parece haberse frustrado, sería una de las mayores fusiones de todos los tiempos.
Daría lugar al primer grupo farmacéutico del mundo por ingresos —con 107.000 millones de dólares— y al cuarto por capitalización bursátil —unos 380.000 millones—. Líder en oncología, posicionado en biofármacos, cardiovascular, hematología, respiratorio, inmunología y enfermedades raras, y con Estados Unidos como primer mercado —representaría el 54% de sus ingresos—, su cartera incluiría 26 blockbusters, como se conoce en la industria a los medicamentos superventas, con unos ingresos anuales superiores a los 1.000 millones de dólares.
Oficialmente, ni AstraZeneca ni Bristol Myers Squibb se han pronunciado al respecto y, preguntadas por este periódico, declinan hacer comentarios. Pero el rumor ha desatado el revuelo y evidencia que las grandes empresas están tomando posiciones ante un cambio de era en el sector.
Desde el primer minuto, el mercado ha mostrado sus reservas ante una operación que no termina de entender. AstraZeneca retrocedió casi un 10% en Bolsa al conocerse la noticia, mientras que Bristol Myers Squibb se apreció un 0,89%, una ganancia que ya ha perdido. Los analistas cuestionan el sentido estratégico de la fusión para AstraZeneca, que daría un giro radical en su estrategia corporativa por un rival que afronta un momento crítico por el vencimiento, en 2028, de la patente del anticoagulante Eliquis y el medicamento para el cáncer Opdivo, que el año pasado supusieron el 52% de sus ventas totales (48.194 millones de dólares).
“AstraZeneca ha protagonizado una historia de éxito en Europa, más que duplicando la facturación en los últimos 10 años. Por área terapéutica y mercado (Estados Unidos), la operación tiene todo el sentido, pero las sinergias de costes son difíciles de encontrar y la integración es difícil; aún se estará digiriendo cuando empiecen a vencer las patentes de Bristol Myers Squibb”, afirma Ana Gómez, analista de Renta 4.
Además, la británica ha sufrido un revés reciente con un fármaco (Wainua) para tratar una enfermedad cardiaca rara. El fracaso en el ensayo clínico avanzado (Fase III) provocó una caída en Bolsa del 15% en las jornadas posteriores y, con el sorpresivo movimiento con Bristol Myers, “puede ser un detonante para que el mercado cuestione la historia de éxito y se pregunte si su pipeline no es tan bueno”. El pipeline es la cartera de medicamentos en investigación y desarrollo, el activo más valioso de una compañía farmacéutica.
Investigación prolongada
La industria está sujeta a largos tiempos de investigación. Para desarrollar un medicamento, se requieren entre 10 y 13 años. El descubrimiento de diagnóstico molecular y los ensayos clínicos —unos siete años— son las dos etapas clave en términos de tiempo. Antes de solicitar la aprobación de un fármaco, se avanza a través de tres fases clínicas que miden el 30%, el 50% y el 70% de la progresión en el proceso de evaluación en humanos. Unos plazos que la inteligencia artificial podría acortar significativamente. En concreto, “de dos a tres años, y aumentar la probabilidad de éxito de un ensayo clínico de Fase 3 al 100%”, aventuró Chris Boerner, consejero delegado de Bristol Myers Squibb, hace unos meses.
Según la patronal española Farmaindustria, solo uno de cada 10.000 compuestos llegan al mercado y el coste es elevado: se invierten 2.500 millones de euros de media para crear un nuevo fármaco. De ahí la importancia de desarrollar medicamentos superventas de elevada rentabilidad e ir añadiendo otros nuevos a la cartera para diversificar los ingresos y afrontar la llegada de nuevos competidores genéricos cuando la patente vence.
Es el ciclo que repiten una y otra vez las empresas farmacéuticas que, tras años de recogida de beneficios, se asoman al precipicio por la pérdida de exclusividad de blockbusters como los fármacos para la obesidad y la diabetes Ozempic y Wegovy, que comparten principio activo —la semaglutida— y generaron 31.792 millones de dólares en ingresos a Novo Nordisk en 2025; el medicamento contra el cáncer Keytruda, que aportó 31.680 millones de dólares a Merck; o los medicamentos contra el cáncer Imfinzi, Calquence y Tagrisso, que generaron 16.835 millones a AstraZeneca.
La consultora Evaluate asegura que 500.000 millones en ventas acumuladas entre 2026 y 2032 están en riesgo por el vencimiento de patentes en los próximos años. Un calendario que el mercado conoce a la perfección y que empieza a descontar con antelación. Por eso, las empresas no pueden quedarse quietas.
Merck y Eli Lilly han sido particularmente activas en adquisiciones de nicho en los últimos dos años, ante la dificultad de acometer grandes operaciones por el escrutinio regulatorio. Los expertos creen que esa filosofía —crecimiento orgánico, I+D interno y adquisiciones localizadas para reforzarse en un área terapéutica o en un mercado— se mantendrá y el volumen de operaciones podría alcanzar los 200.000 millones anuales.
El factor Trump
Además del vencimiento de patentes y la incertidumbre geopolítica, hay otro factor de tensión: Donald Trump y sus aranceles. La industria ha sorteado el mazo punitivo del presidente, que busca forzar la fabricación nacional y reducir el coste de los medicamentos para los estadounidenses. Han relocalizado la producción de fármacos patentados, han comprometido inversión en el país —AstraZeneca, por ejemplo, destinará 50.000 millones hasta 2030; la mitad que AbbVie— y han ajustado precios.
“En Estados Unidos es más caro fabricar y Europa podría acabar sufriendo un alza en precios que estrechará la diferencia entre ambos mercados. Es un sector goloso a nivel político por el impacto que puede tener en el voto”, desliza Gómez. El 3 de noviembre, hay elecciones de medio mandato en Estados Unidos. Las farmacéuticas tendrán que seguir de cerca los movimientos de Trump, un factor imprevisible que quizás anime a AstraZeneca y Bristol Myers Squibb a sentarse a negociar de nuevo.
AI outlook — possibilities, not facts
Las farmacéuticas continuarán con adquisiciones de nicho en lugar de grandes fusiones.
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