
Marco Pérez confirmó su alternativa en la plaza de toros de Madrid tras una actuación controvertida frente a un encierro de Victoriano del Río, destacando por su valor ante un sexto toro de 625 kilos pese a las críticas y divisiones de opinión sobre su faena y el comportamiento de los animales.
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Marco Pérez había tenido un buen verano y había dejado pasar con acierto la Feria de San Isidro antes de confirmar su alternativa en Madrid.
Marco Pérez sobrevivió a la crueldad de la plaza de toros de Madrid y a su propio apoderado, Juan Bautista. Venir a confirmar la alternativa con un corridón de la serie B de Victoriano del Río, una escalera de fealdades, el sobrante de la temporada, es de juzgado de guardia. Y hacerlo después de dejar pasar con acierto San Isidro, rodarse y conquistar un apabullante verano, es de juzgado de guardia. ¡Espera a mayo! Marco superó la prueba de fuego con todo a la contra, incluso el armagedón final de un torancazo de 626 kilos de mala muerte.
Victoriano trajo seis cinqueños y ninguno para enamorarse -esa mole última para las calles como coda-. Pasó por bueno uno y el resto se movió malamente. Era su tercera comparecencia en Madrid, muy lejos de la categoría de la Corrida de la Beneficencia y del inolvidable Cantaor. Un borrón de pésimo gusto. Ni rastro de clase entre un zurrón de casta sin estilo. La bravura es otra historia. Lo saben bien en esa casa con su currículo inalcanzable en esta plaza.
Marco Pérez confirmó la alternativa con Despreciado, un toro castaño, de lomo quebrado, ciertamente montado, muy serio de cara, pero a la vez enseñando las palas. Bueno de presencia para el público y también para el torero. No confundir con bonito. Fue considerado de muy notable juego por el respetable cuando, en realidad, no lo era tanto para el torero: entre sus muchas virtudes no se encontraban los finales. Iniciaba el muletazo mejor que lo terminaba, perdiendo la humillación y, por tanto, el interés. A Marco lo juzgaron con extrema acritud y a Despreciado con excesivo entusiasmo. Tanto, que cuando las mulillas arrastraban al toro, la desproporcionada ovación sonó a castigo para el joven de Salamanca, quien a su vez escuchó una estruendosa división de opiniones. Como si el toro se le hubiera ido, y no.
Marco Pérez estuvo listo en las resoluciones y registros, aunque Despreciado alguna que otra vez le tropezó la muleta. Parecía que la cosa transcurriría en calma cuando replicó a las precisas chicuelinas de Emilio de Justo con un quite por delantales, girados en seminavarras, y tafalleras. La última de ellas y una media verónica abelmontada prendieron un alborozo unánime. ¡Quiá! Esa memoria biliar de Madrid repescaría más pronto que tarde el agrio ambiente de su despedida de novillero como único espada. La ceremonia de confirmación fue, por cierto, una melé de abrazos; De Justo pidió absurdamente permiso a la presidencia. Un despropósito todo.
Marco arrancó faena genuflexo, por bajo, con el toro, que embistió extraordinariamente en los dos formidables doblones por la mano izquierda, que presentó con convicción a continuación. Pero Despreciado iniciaba muy bien, pero carecía de final. Un cierto espejismo. Un toro más para el público. Su viaje se hacía más corto a derechas, y Pérez rehiló los pases con habilidad desde la tabla del cuello. Ya crepitaban los pitos por su colocación al hilo en los cites -«¡estás fuera!»-, todo lo que a Víctor Hernández, bastante más fuera, le consentirían. La faena siguió en ese mismo tono: el toro a menos en su entrega, pero siempre obediente y pronto. Un final hacia tablas del solvente salmantino puso la guinda antes de una estocada contraria que provocó el vómito sanguinolento y la ira de un sector que podría hacer vudú con el muñeco de Marco.
El escarnio subió de decibelios a última hora ante el gigantesco sexto, un autobús de 625 kilos, como postre a la escalera de fealdades que trajo Victoriano del Río, ya digo. Aquello se movió pegando cambayás, cabezazos, reponiendo y arrollando malamente. Aplaudieron mucho las varas de Alberto Sandoval, pero allí faltó un puyazo de verdad. Marco Pérez estuvo hecho un tío con la bestia y nunca se arredró con el ambiente hostil. Increíble la saña con un chaval de diecisiete años, complexión escueta y un metro sesenta y algo de estatura tirando alto. Lo suyo fue alarde de testosterona. Resolvió todos los caballazos, pero no sólo: ofreció la izquierda con descaro. Cuando mató en el segundo viaje, los más sensatos respiraron y aplaudieron; los otros siguieron con la matraca. Marco había sobrevivido.
Emilio de Justo se justificó con un esfuerzo ante un cuarto horroroso, cornidelantero, exigente y arrítmico, al que mató por los blandos después de pasaportar a un segundo, sacudido de carnes y prontamente rajado, que no colocaba mal la cara.
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Marco Pérez recibirá más oportunidades en plazas de primera categoría tras demostrar valor ante un toro difícil.
Likely · Within months
La ganadería Victoriano del Río enfrentará cuestionamientos sobre su selección de reses para plazas importantes.
Possible · Within weeks

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