
Un comandante del Ejército relata cómo evitó por azar la reunión donde impactó el avión y reflexiona sobre las lecciones de aquel día.
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El entrevistado era un comandante del Ejército en el Pentágono durante los ataques del 11 de septiembre de 2001. Su unidad perdió a 29 miembros en el impacto.
¿Cómo era su vida antes del 11-S?
En el verano de 2001, mi familia y yo acabábamos de llegar a la zona de Washington D. C. Vivíamos con unos amigos en Maryland mientras esperábamos a mudarnos a la casa que habíamos comprado. Tenía tres hijos pequeños, dos en primaria y uno en preescolar. Llevaba 16 años en el Ejército, había hecho todos los trabajos que se supone que debe hacer un comandante de Artillería de Campaña, y ahora me habían destinado al Estado Mayor del Ejército en el Pentágono. Algunas personas consideran que eso es algo importante. Otras lo evitan como la peste, prefiriendo el terreno a la burocracia. Y aquí estaba yo. Me tocaba a mí, y pensé que tenía valor aprender cómo funciona realmente el Ejército.
Puede hablarme de sus horas previas al atentado terrorista...
Recuerdo estar bebiendo una taza de café y hablando con un compañero mientras especulábamos sobre el pobre piloto que debía de haber sufrido un ataque al corazón o alguna emergencia médica, había perdido el control del avión y había volado contra el World Trade Center. ¿Qué otra cosa podía haber sido? La verdad, como descubriríamos más tarde, era algo que no podíamos imaginar. O quizá no fuimos capaces de imaginarlo.
¿Es cierto que aquella mañana había organizado una reunión justo donde impactó uno de los aviones secuestrados por Al Qaeda?
Sí. Una de mis nuevas responsabilidades era gestionar el programa de continuidad del G1 del Ejército, el plan sobre cómo la organización continúa funcionando en una situación de crisis. Irónico. Aquella mañana había programado una reunión a las 10.30 con los miembros del equipo de continuidad. Yo era el nuevo responsable del programa, y mi plan era sencillo: presentarme, conocer al equipo. La reunión tendría lugar en la sala de conferencias del G1 del Ejército, la Sala 2E467, en la segunda planta del anillo E exterior, donde se encontraban la mayoría de los despachos de los altos mandos. El Pentágono era conocido como el edificio de oficinas más grande del mundo, y yo todavía estaba aprendiendo a orientarme por aquel laberinto. Mi plan era subir sobre las 10.00 para comprobar el equipo audiovisual.
Pero no lo hizo...
Alrededor de las 09.30, envié un correo electrónico posponiendo la reunión "por razones obvias", mientras trabajábamos con los teléfonos intentando reconstruir lo que estaba ocurriendo en Nueva York. Debido a dónde estaba situado nuestro despacho, no sabíamos que el Pentágono había sido alcanzado. Pasaron unos veinte minutos antes de que empezáramos a oír sirenas y alarmas, y el agua comenzó a filtrarse por nuestros pasillos.
No mucho después, Gina, a quien yo no conocía, bajó y nos dijo que había habido algún tipo de explosión. Llevaba su uniforme de Clase B, ahora manchado de hollín; recuerdo haberlo visto también en su cara y en los brazos. Formaba parte de uno de los equipos de respuesta y había acudido para cumplir con su deber.
¿Qué pasó después?
Más tarde supe que nuestro jefe, el teniente general Timothy Maude, había muerto en el ataque. Estaba en la sala de conferencias, su sala, con otros compañeros. Era la misma sala donde yo debía celebrar mi reunión. Ese día murieron 2.977 personas, 184 de ellas en el Pentágono. 29 eran compañeros de nuestro G1 del Ejército. La gente me ha preguntado por aquel día. ¿Tengo sentimiento de culpa por haber sobrevivido? No tuve mucho tiempo para reflexionar sobre ello. Incluso ahora, todavía no lo he hecho. Tomé la decisión de centrar mi atención en mis obligaciones en lugar de en la reunión.
¿Algún recuerdo más que ha quedado con usted desde aquel día?
Yo lo llamo 'la llamada telefónica'. Cogí el teléfono y era mi hermana Annette, desde Denver. Estaba llorando, gritándome que saliera del Pentágono, que había una bomba. Intenté decirle: 'Estoy bien, estoy bien, pero estoy un poco ocupado'. Ella dijo: 'No, lo estoy viendo en la televisión. Tienes que salir de ahí'. Por supuesto, no podía. Tenía un trabajo que hacer y, en ese momento, ni siquiera sabía que el Pentágono había sido alcanzado. No comprendía la magnitud de lo que estaba ocurriendo. Ella simplemente se estaba preocupando por mi seguridad. Su llamada fue lo que me llevó a llamar a mi familia y hacerles saber que estaba bien. También pienso en el comandante Dwayne Williams, un compañero de clase del Command and General Staff College. Uno o dos días antes, yo estaba en la zona de su despacho, hablando y riéndome de quién sabe qué. Le pedí prestado un lápiz y, cuando me lo tendió, accidentalmente le rocé el brazo con la punta. 'Vaya, lo siento, amigo'. Ojalá pudiera disculparme otra vez. Él fue uno de los 29 que perecieron aquel día.
¿Cómo fue aquella primera noche?
Había llegado al Pentágono alrededor de las siete, en Metro. Cuando finalmente me fui, era más de medianoche. El Metro había dejado de funcionar y no tenía coche. Kevin, a quien conocí ese mismo día, me ofreció el suyo. Él se quedaba para el turno de noche. Sentí que estaba recibiendo mi pequeña parte de esa bondad que tantos ofrecieron. En muchos sentidos, aquella bondad me ayudó a empezar a recuperarme de un día que, por lo demás, había sido horrible. Además, su coche era un Volkswagen, y a mí me gustan los Volkswagen. Conduje durante una hora y recuerdo que mi cabeza tocó la almohada mientras veía los números rojos LED del despertador junto a la cama. Las 02:14h. Tenía que estar de vuelta en el Pentágono a las seis.
¿Había alguna sospecha dentro del ejército de que algo así pudiera suceder?
Yo era comandante en el Estado Mayor del Ejército, y sospecho que la mayoría de las personas como yo no imaginábamos que algo así pudiera ocurrir. Sabíamos de atentados con bombas —camiones bomba, el anterior ataque contra el World Trade Center—. Pero no creo que nadie imaginara que alguien pudiera utilizar un avión como arma. Mirando atrás, creo que había analistas que estaban relacionando patrones, haciendo recomendaciones —luces rojas parpadeando, por así decirlo—. Pero las advertencias no habían sido sintetizadas. Nuestra comunicación y coordinación entre agencias eran lamentablemente deficientes. Todo vuelve al mismo tema: un fracaso a la hora de imaginar. Y quizá la necesidad de escuchar más y hablar menos.
Con la perspectiva de los años, ¿cree que Estados Unidos respondió correctamente a los atentados?
En Afganistán, nuestra respuesta fue acertada. En erradicar el terrorismo y desmantelar esas redes Estados Unidos contaba con el apoyo de todo el mundo, incluida la ONU y la OTAN. Pero, con el paso de los años, la línea entre la lucha contra el terrorismo y la construcción de una nación a largo plazo se fue difuminando. Nuestras acciones en Irak, viéndolo en retrospectiva, son menos claras. Armas de destrucción masiva, cambio de régimen, seguridad regional, lucha contra el terrorismo… las razones parecían razonables hasta que se examinaban a fondo las afirmaciones. La 'coalición de los dispuestos' era un tanto vacía. Recuerdo ver cómo caía la estatua de Sadam y la euforia entre la gente. Un momento triunfal, sin duda, pero nos faltaba perspectiva. Pensábamos que el modelo estadounidense de democracia se podía exportar. Nos equivocábamos.
¿Qué lecciones militares aprendieron?
Nuestro Ejército aprendió muchas lecciones en Irak. En cómo entrenábamos, preparábamos y equipábamos a nuestros soldados, y en cómo teníamos que reformar nuestra cultura para las guerras del siglo XXI. Rediseñamos la forma en que evaluamos y ascendemos a los líderes para recompensar la capacidad de adaptación y la asunción calculada de riesgos, en lugar de basarnos únicamente en el pensamiento convencional. Reformamos por completo la educación militar para centrarnos en la fluidez cultural y en entornos ambiguos. Y reentrenamos a nuestras fuerzas para un tipo de guerra descentralizada, en la que los líderes jóvenes toman sobre el terreno decisiones de nivel estratégico y de gran impacto. Mantengo la esperanza de que nuestros socios interinstitucionales logren un crecimiento similar.
¿Qué deberían aprender de aquel día los jóvenes nacidos después del 11 de septiembre de 2001?
Los peores momentos pueden sacar lo mejor de las personas. Aquel día y durante los días siguientes, vi héroes sin miedo, una unidad inmediata y actos desinteresados. Estábamos unidos como nación y unidos como mundo. Quizá una muestra de la humanidad en su mejor versión. Qué rápido lo olvidamos. Cuando pienso en EE. UU. y en el mundo ahora, ese respeto común y esa unidad se han desvanecido demasiado rápido. Así que, jóvenes, no lo olvidéis: ayudadnos a recuperar esa unidad, ese altruismo y ese respeto.

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