
Los partidos ultras del continente buscan desvincularse del magnate estadounidense tras los malos resultados en las elecciones de mitad de mandato y su impopular gestión de la guerra contra Irán.
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Los republicanos sufrieron un revés electoral significativo en las elecciones de mitad de mandato, lo que ha enfriado la relación con sus aliados de extrema derecha en Europa.
La fisura venía de atrás, pero ahora ya es brecha. Y profunda. El severo correctivo a los republicanos de Donald Trump en las elecciones de mitad de mandato aleja aún más a la extrema derecha del presidente estadounidense. De activo político que exhibir a su electorado, como tras su victoria frente a Kamala Harris en 2024 y en los primeros compases de su segundo mandato, el magnate ha pasado a ser un lastre, una rémora incómoda. Por su menguante tirón político, incluso entre los suyos: el batacazo en bastiones conservadores como Texas, Kansas o el sur profundo de Misisipi, ha sido de aúpa. Por sus constantes críticas a los europeos, a quienes siempre tiene entre ceja y ceja: ahí están los aranceles indiscriminados. Y porque, como ha quedado patente en la capitulación del húngaro Viktor Orbán y el serbio Aleksandar Vucic, su apoyo explícito, lejos de sumar, resta.
Con el cataclismo republicano tan reciente, nadie quiere saber nada de un derrotado. Un “perdedor”, en el lenguaje habitual del propio Trump. Tras el fiasco del martes, mayor de lo que olfateaban los sondeos, la estrategia de los ultras europeos ahora parece clara: poner aún más tierra de por medio con él y achacar el revés a la guerra contra Irán, en la que se embarcó por su cuenta y riesgo y que ha disparado aún más el coste de la vida. Desligar, en fin, el batacazo de su agenda antiinmigrante, de su constante apuesta identitaria, transaccional y negacionista, donde las coincidencias son evidentes.
“Siempre hubo cierta diversidad en las respuestas de la extrema derecha europea al segundo mandato de Trump: algunos partidos, como el Reagrupamiento Nacional francés, mantuvieron desde el principio una actitud más fría, mientras que otros, entre ellos Vox, se mostraron más entusiastas”, apunta Jeremy Cliffe, del think tank paneuropeo ECFR.
Aunque ha ido a más, el distanciamiento comenzó pronto, cuando solo habían transcurrido unos meses del segundo mandato de Trump. “En la primavera de 2025, los aranceles ya supusieron un problema para unos partidos que a menudo aseguran defender a los sectores industriales de sus propios países, pero la verdadera ruptura llegó a comienzos de 2026: con las amenazas de Trump contra Groenlandia, condenadas por casi todos los grandes partidos de la derecha radical europea, y con la guerra contra Irán y el consiguiente encarecimiento de la energía”, apunta Cliffe por correo electrónico. “Para unos partidos que predican soberanía y abaratamiento en el coste de la vida, este doble golpe enfrió de manera definitiva su relación con el mundo MAGA”, agrega en referencia al movimiento Make America Great Again, a cuyos lomos el republicano regresó a la Casa Blanca.
En Italia, el único gran país europeo en el que la ultraderecha ya está en el poder, apenas quedan fans de Trump. No ha sido de la noche a la mañana, porque el distanciamiento ya comenzó en abril, cuando Giorgia Meloni comprendió que resultaba tóxico y él empezó a insultarla, pero algunas declaraciones de las últimas horas han rozado la hilaridad. “Nunca hemos sido trumpianos, por favor, ni Meloni es una MAGA. Somos conservadores”, ha deslizado el vicepresidente del Ejecutivo, ministro de Asuntos Exteriores y líder de Forza Italia, Antonio Tajani. Todo, a pesar de que él mismo fue el enviado italiano a la polémica cumbre de la Junta de Paz para Gaza ideada por Trump, que la UE boicoteó y a la que él asistió con la gorra roja MAGA en la mano.
Galeazzo Bignami, jefe del grupo parlamentario de Hermanos de Italia, el partido de Meloni, fue más allá: “Ha sido Trump el que ha dicho que ya no éramos sus amigos”. Incluso Matteo Salvini, vicepresidente del Gobierno y líder de la Liga, que se puso corbata roja cuando Trump ganó las elecciones, ahora admite que algo habrá hecho mal. En su partido, la declaración más curiosa la ha hecho Igor Iezzi, segundo del grupo parlamentario: “El problema de Trump es que se ha parecido demasiado a [su predecesor Joe] Biden”.
La primera ministra italiana empezó a marcar distancias con Trump en marzo. Vio en la pérdida del referéndum para reformar la magistratura una señal de que la opinión pública —incluidos muchos de sus electores— se había cansado de sus adulaciones: en enero había dicho que merecía su ansiadísimo Nobel de la Paz. Pero el detonante decisivo fue el ataque del líder republicano al Papa por criticar los bombardeos en Irán: el Vaticano siempre es una línea roja. Meloni tardó varias horas en reaccionar, pero al final declaró “inaceptables” sus palabras. Poco después, Trump mostró su “decepción” con ella y dijo que no tenía valor. Las críticas, e incluso las burlas, aumentaron en los meses siguientes.
Culminaron en junio cuando el multimillonario se mofó de ella porque le había “implorado” hacerse una foto juntos en la cumbre del G-7 y accedió “por pena”. Meloni se hartó y dijo que Italia “no implora a nadie” y que Trump se lo había inventado todo.
En Francia, con Marine Le Pen más cerca que nunca del Elíseo, el presidente del Reagrupamiento Nacional, Jordan Bardella, no ve ninguna “relación” entre lo sucedido el martes y las presidenciales de la próxima primavera en la segunda economía europea. “Todas las encuestas nos sitúan como ganadores; lo que sucede en otros países no me concierne. Los electores son soberanos, pero estamos ante contextos muy diferentes”, declaró el miércoles.
Bardella, como gran parte de su ultraderecha europea, no se siente concernido por lo que ocurre al otro lado del Atlántico. Hace dos años, sin embargo, celebraba la victoria del republicano y el viento de libertad que, según él, soplaba sobre todas las democracias con su regreso a la Casa Blanca. “No soy estadounidense ni voto en EE UU. Hay que respetar el veredicto de las urnas. Lo que está claro es que el segundo mandato de Trump es muy diferente del primero, tanto en su filosofía como en su política exterior”.
El partido de Le Pen siempre ha tenido una relación particular con Trump y EE UU. Sus vínculos con Rusia y la vieja cercanía de Le Pen con Vladímir Putin han complicado algunos movimientos. El vicepresidente del Reagrupamiento Nacional, Louis Aliot, encargado de las relaciones internacionales del partido, fue más allá. “Trump está pagando caro la aventura iraní”, explicó. El alcalde de Perpiñán, uno de los poquísimos franceses que asistieron a la segunda toma de posesión de Trump en Washington, considera que los votantes le están pasando factura ahora por su “intervencionismo en el exterior”. De nuevo, el mensaje es claro: la culpa es de su intervencionismo en Oriente Próximo y no de aquellas políticas —como la migratoria— en las que las similitudes saltan a la vista.
En Alemania, la colíder de AfD, Alice Weidel, más rusófila que trumpista y que también marcha en cabeza en las encuestas, ha circunscrito la derrota a Irán. “Trump prometió a sus votantes no seguir una política exterior intervencionista, y su incumplimiento se ha vuelto contra los republicanos”. Y en España, el candidato de Vox, Santiago Abascal, ha quitado hierro a la debacle de Trump. En EE UU, deslizó el miércoles, la derrota de los presidentes en las elecciones de medio mandato es algo “habitual”, y ya lo sufrieron George W. Bush o Bill Clinton. “Estoy en Ciudad Real y no en Míchigan (...), no soy comentarista de otras elecciones”, añadió poco después.
“Parte importante del atractivo que ejercía la versión 2.0 de Trump sobre la derecha radical europea no residía únicamente en la afinidad, sino en el deseo de aparecer del lado de los vencedores”, sintetiza Cliffe. Ahora, agrega, tanto el debilitamiento del poder de Trump como la constatación de que su Administración no puede sencillamente ayudar a sus aliados políticos europeos tanto como ellos creían o anhelaban, “han socavado esos motivos interesados para mantener la relación”.
La amnesia respecto a aquellos días en los que los ultras europeos jaleaban cada tuit y cada paso de Trump es generalizada. También fuera de la UE. En el Reino Unido, el histriónico Nigel Farage admitió el miércoles la “derrota total y absoluta” de los republicanos, pese a que él mismo había pronosticado poco antes que las expectativas de una victoria aplastante de los demócratas eran exageradas. “Muchos jóvenes que siguen a todo tipo de influencers de derechas y que apoyaron a Trump en 2024 han votado a los demócratas. Ha sido un voto de castigo contundente, en gran medida por la guerra, la prolongación de la guerra en Irán y el precio del combustible”.
Aunque la inflación desatada por ese conflicto ha sido clave en el varapalo a los republicanos, el investigador del ECFR subraya que ese factor “no elimina automáticamente los riesgos que afronta la derecha radical europea por haberse acercado a Trump” en el pasado. “Aunque debilitado, aún puede adoptar nuevas medidas temerarias en política exterior. Y tanto el centro como la izquierda pueden aprovecharlo para presentar a sus adversarios de la derecha radical como lacayos de un presidente estadounidense fuera de control que perjudica los intereses de sus votantes”.
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