
Kramatorsk resiste mientras el Gobierno de Zelenski enfrenta reveses internacionales y una ofensiva rusa que aprovecha las condiciones climáticas
Ucrania enfrenta una situación crítica en el frente oriental de Kramatorsk, agravada por el clima adverso, la falta de suministros y el creciente distanciamiento diplomático de EE UU bajo la administración Trump.
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La invasión rusa de Ucrania comenzó en febrero de 2022, tras la ocupación parcial de territorios en 2014. El conflicto se encuentra estancado en una guerra de desgaste con uso intensivo de drones.
Amanece con lluvia en Kramatorsk, bastión ucranio bajo amenaza rusa en el frente oriental. Lo que supone un problema para que los drones vuelen se convierte en una oportunidad para que la infantería del Kremlin trate de ganar terreno. Se trata, en todo caso, de pequeñas escaramuzas. Así lo observa EL PAÍS desde un puesto de mando militar en Kramatorsk a través de imágenes captadas por los drones el jueves pasado. La línea del frente no sufre apenas cambios y la guerra está atrapada en una compleja maraña camino del quinto aniversario de la gran invasión rusa. Kiev, además, cierra una semana en la que se ha llevado serios reveses. Por un lado, en casa, los ataques sobre una veintena de sus regiones y, por otro, en la arena internacional, el revolcón que supone el indisimulado alineamiento de Estados Unidos con Rusia.
Más allá de las ínfulas imperialistas del Kremlin, también las decisiones de los despachos y los mercados internacionales impulsan a Ucrania hacia una espiral cada vez más alejada de una paz justa y duradera. Esa de la que tanto se habla en foros y encuentros diplomáticos. El presidente, Volodímir Zelenski, ha acusado a sus aliados de no hacer lo suficiente, especialmente tras varios ataques esta semana con misiles balísticos sobre su país de los que no fueron alertados, como suele ocurrir. Detrás, subyace el anuncio publicado por varios medios de que Estados Unidos podría dejar de colaborar a nivel de inteligencia con Kiev. A ello se suma el apagón parcial de Starlink, la compañía de Elon Musk cuyos terminales son esenciales para el ejército ucranio, en lo que Zelenski califica de “operación planificada”.
El mandatario no oculta que se siente traicionado por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en un momento en el que la relación de ambos sufre de nuevo. Los líderes estadounidense y ruso han firmado un acuerdo para liberar cientos de miles de barriles de diésel sin importar los embargos que pesan sobre Moscú. Zelenski, más allá de su indignación, no puede, sin embargo, enfrentarse abiertamente a Washington pese a los constantes desaires de Trump, bien por la cercanía de este a Vladímir Putin o por menospreciarle a él mismo y a Ucrania. Este sábado, en respuestas a los periodistas por WhatsApp, ha explicado que la semana entrante espera que haya un nuevo encuentro con los negociadores estadounidenses y, así, volver a intentar una tregua energética. Pero tiene claro que Putin “quiere nuestra destrucción. La rendición no es suficiente para él”, ha añadido.
El presidente ucranio, en todo caso, trata de mantener el tipo y, tras el anuncio el fin de semana pasado por el presidente estadounidense de la tregua energética fantasma, porque nunca existió como tal por el rechazo de Moscú, Kiev ha retomado los ataques contra refinerías rusas. Esto ha enervado más todavía a Trump en una especie de círculo vicioso. “Los ucranios tenemos dignidad”, suspiró Zelenski el viernes en Bruselas. Y, en un dardo al líder republicano, elogió a los europeos como “verdaderos líderes que están con Ucrania desde el principio de la guerra”.
Mientras, los que pagan el pato son mayoritariamente los ciudadanos de a pie. La vida en las grandes ciudades del país, como Kiev, la capital, y, Járkov, la segunda, sigue trastocada por constantes ataques que las defensas aéreas locales no logran repeler. Los cortes de los suministros básicos están a la orden del día y nada presagia que pueda ir a mejor.
El principal objetivo ahora de Moscú es fulminar la llegada a las casas de agua, luz y gas a las puertas de un nuevo invierno. El intento de que los ataques respeten la infraestructura energética fue solo un espejismo en el que pocos creyeron cuando, como en ocasiones anteriores, los anuncios de la diplomacia escaparate de Trump quedaron a las primeras de cambio en agua de borrajas.
Desde un búnker de Kramatorsk repleto de pantallas donde las tropas locales siguen en directo la batalla, se emiten órdenes a los que están sobre el terreno. Sentado en una silla de las empleadas para pasar largas horas frente a videojuegos y vistiendo chándal, Roman, un militar de 42 años subjefe de batallón, reconoce que su país no lo tiene fácil.
Se enroló poco después de que Moscú se lanzara en 2014 a ocupar parte de Ucrania, paso previo al hachazo de la ofensiva lanzada en febrero de 2022. El clima adverso frena a los drones, explica, pero “ayuda a la infantería rusa a avanzar por tierra”, advierte en un intento de revertir el uso habitual de la expresión mal tiempo. Así que, concluye, “este tiempo es en definitiva peor porque los rusos disponen de más gente y medios que nosotros y no podemos hacerles retroceder”. “Avanzan despacio, pero avanzan”, asegura.
Dentro de cuatro meses se cumplirán cinco años de esa gran invasión. Un viaje por diferentes regiones del este y el sur de Ucrania, supone un baño de realidad que lleva a comprender el pesimismo y el hartazgo entre la población, aunque cada uno ve el conflicto con su prisma particular. Las gasolineras bombardeadas cada vez son más, al igual que el número de kilómetros de carreteras y calles cubiertas con túneles levantados con redes de pescar para tratar de frenar el impacto de los drones rusos. Hay tramos en Jersón, en el sur, con impactos casi cada 50 metros —algunos acompañados del correspondiente vehículo hecho un amasijo— que demuestran que la utilidad es limitada y apenas frenan los aparatos más pequeños.
No lejos de allí, en el pueblo de Sahaidachne, Natalia lidera una cuadrilla de media docena de mujeres que se afanan en la recogida de patatas. Esta mujer de 42 años vivió siete meses bajo ocupación rusa en Zmiivka, a orillas del río Dniéper. Recuerda que allí tenían todo lo necesario para una buena vida, trabajar la tierra y hasta había jóvenes. En noviembre de 2022, tras la expulsión de los invasores por tropas locales, acabó instalada en esta nueva localidad. “No tenemos dinero para volver a movernos”, señala resignada pese a que hace poco un dron aterrizó junto a la casa donde vive ahora con su marido. Cree que Moscú debe restituir todo el territorio ocupado a Kiev.
Un poco más al norte, en Nyva Trudova, un pueblito de la región de Dnipropetrovsk, tres empleados de una compañía agrícola y ganadera comparten cena. El mayor, Oleksi, de 60 años, no oculta su animadversión hacia Zelenski, al que considera un “corrupto”, como los que le rodean. Cree que Ucrania no va a lograr recuperar el aproximadamente 20% del país que Rusia mantiene ocupado. Por eso cree que hay que firmar ya la paz y que Moscú se quede con ese territorio porque, añade, de lo contrario, va a seguir ganando más terreno.
Frente al ruido de Washington, los aliados de Kiev, especialmente en la Unión Europea, no han sido capaces de imponer sanciones contra Moscú que impidan que la agresión militar llegue hasta donde ha llegado. Zelenski lleva a cabo frecuentes rondas de conversaciones y constantes visitas al extranjero, como la de esta semana a Londres y Bruselas, pero Kiev sigue sin disponer del armamento y la financiación necesaria para frenar la ofensiva de Moscú, especialmente sus misiles balísticos o sus drones a reacción. Todo, en medio de una creciente y cada vez más extendida guerra híbrida desplegada por el Kremlin cuyos tentáculos se extienden cada vez más por Europa.
En el centro de mando subterráneo visitado en Kramatorsk, Roman aspira un cigarrillo electrónico, mientras cuenta que, durante operaciones nocturnas, los rusos se camuflan con ropas especiales para no ser detectados desde el aire como fuentes de calor. De fondo, pese a la lluvia, retumba la artillería y se suceden las alarmas en las calles. Sobre una de las televisiones, el militar muestra imágenes captadas esa misma mañana por la cámara de uno de esos aparatos no tripulados que deja caer su bomba sobre un soldado invasor que trata de avanzar posiciones en la zona. Minutos después, otro dron, este de los considerados de vigilancia, certifica la muerte. Pero es solo uno.
Estos aparatos no tripulados se han convertido en los principales protagonistas de la revolución armamentística que representa esta contienda por parte de ambos bandos. Los hay pequeños, que apenas vuelan unos kilómetros con un kilo de explosivo, y los hay de un alcance y una velocidad difíciles de combatir. Los nuevos drones, cada vez más sofisticados junto a misiles balísticos o bombas aéreas, permiten a Moscú ampliar la línea del frente y tener permanentemente en jaque a todo Ucrania. A su vez, los sorprendentes progresos de la industria ucrania, con menos financiación y medios, permiten a Kiev golpear a más de 2.000 kilómetros dentro de territorio enemigo.
Bajo tierra, Roman, pese al pequeño goteo de uniformados rusos que se puede observar desde los drones, sabe que son miles los que siguen tratando de avanzar y tomar Kramatorsk, cada vez más destruida y solitaria. Esta ciudad es la mayor bajo autoridad de Kiev en la región oriental de Donetsk, que Rusia ocupa en un 70%. Putin no renuncia a ella. Por eso, Roman y los demás temen que, como con Bajmut y otras localidades próximas, Kramatorsk acabe cayendo.
Mientras, Natalia sigue trabajando en su campo de patatas. Asegura que su perro ni se inmuta ante los drones ucranios, pero se esconde cuando son rusos. Eso le da tranquilidad y confianza a esta mujer que afirma que tiene el certificado oficial de desplazada interna pero que no ha recibido del Gobierno el dinero que le corresponde tras haber perdido su casa. Abre el móvil y la muestra destruida. “¿Por qué nos merecemos esta guerra?”, concluye.
AI outlook — possibilities, not facts
Continuación de ataques rusos contra infraestructura energética
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