
El tenista malagueño remonta ante Rafa Jódar en una final épica para alcanzar el puesto decimotercero del ranking mundial.
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Davidovich ha superado una temporada marcada por lesiones en la espalda y el abdomen. Es su primer título de categoría Masters 1000.
Ahí un vikingo de fe inquebrantable, de nombre Alejandro Davidovich, que logra contener la ola y acaba coronándose en Shanghái, donde nunca había triunfado ningún tenista español. Mérito, mucho mérito lo del andaluz, otro de esos talentos que se destapó rápido —tenía solo 18 años cuando celebró Wimbledon como júnior— y al que le ha costado procesar la curvatura de su profesión. Complejo esto del tenis. Y muy engañosa esta final de momentos en la que primero le pasó un camión de mercancías por encima y luego, volantazo, propició un brusco giro de guion y lo que parecía no lo es: 1-6, 7-6(5) y 6-4, en 2h 28m. Iba por aquí, acaba por allá. Homenaje al gran Juan Tamariz. Termina Rafa Jódar acalambrado y cojeando, vencido, y se corona de forma merecida el andaluz, ahora propietario de un Masters 1000.
A sus 27 años, Davidovich se dirige hacia la madurez necesaria para firmar éxitos de este calibre y superar pruebas de fiabilidad como esta última. Durante un rato estuvo perdido, a merced de un rival que durante media hora lo sometió, pero luego se rehízo a base de creer y resistir. Su juego ya no es solo pirotecnia. Hay poso, hay entendimiento, hay consistencia. Otra base. Este es otro Davidovich. Jódar no terminó de romper el dique y el andaluz se rebeló. Aguantó las embestidas y con mucho temple, el mismo que le guió hacia la final después de una escalada muy meritoria, logró por fin el éxito que tanto se le resistía. Se trata de su tercer trofeo esta temporada, pero este es de otra dimensión. Palabras mayores lo de un mil, y significativo que sea en Shanghái.
En Mallorca se desbloqueó, en Chengdú —también de categoría 250— se reafirmó y ahora, clímax, da un salto cualitativo de nivel, demostrando que si a todas esas grandes facultades le acompaña la cabeza, debería ascender de manera natural hacia un estrato superior. Siempre tuvo el tenis, pero le faltó esa linealidad que exige una disciplina tan tirana como esta. Cualquier despiste sale muy caro. El más mínimo signo de desfallecimiento, ya sea físico o mental, puede representar la perfecta oportunidad para que el de enfrente se reenganche y le dé la vuelta a la historia. Y eso es lo que sucedió en la final, en la que el impetuoso Jódar (20 años) embistió de forma abrumadora y después, conforme bajaba la aguja de su depósito, fue perdiendo vigor y precisión.
Llegaba el malagueño (27) a la cita como un tiro, seguramente en su mejor punto de tenis y, sobre todo, con un convencimiento y una concentración que todavía no había alcanzado. Sin embargo, su gesto tardó muy poco en cambiar, consciente de que no podía seguir el ritmo ni resistir a los pelotazos del rival. En un abrir y cerrar de ojos, Jódar ya le había arrebatado dos veces el saque y en un plis plas, 27 minutos, ya se había hecho con el primer set. Parecía que tuviera prisa el madrileño. ¡Ñam-Ñam! En cada resto, un mordisco. Señores zarpazos. Desde ese ángulo, hoy hay pocos que presionen tantísmo como él, acaso Sinner, tal vez Alcaraz. Y nadie más. La agresividad por bandera, el trallazo como lenguaje. Más y más profundidad. Es un percutor de manual.
Actitud y más actitud
Contrariado, Davidovich se preguntaba cómo demonios se puede competir a tal velocidad, con semejante fuego en cada raquetazo. Pero no es solo cuestión de brazo o piernas, también de ideas. De cabeza. Obliga Jódar al de enfrente a jugar todo el rato sobre un fino hilo, y debajo se relamen los tiburones. Siempre busca algo.
El partido estuvo a punto de romperse definitivamente. Ocurre que esta vez, el malagueño mantuvo el tipo y logró sostenerse. Irremediables los nervios —“¡No puedo hacer nada!”, gritaba— y esa necesidar de girarse hacia el banquillo para descargar toda la tensión acumulada: “¡A él le entran todas y a mí se me van!”. Sin embargo, ni un solo vacío en la actitud. Él, recto. Bienvenida sea la constancia. Lo dicho, otro Davidovich. En otros tiempos, la final seguramente hubiera quedado reducida a un tentempié.
En esta ocasión, sin embargo, Davidovich se agarró al partido con todo. Mucho mérito, no es fácil. La ola no llegó a romper del todo el dique. Replicó de inmediato a la rotura del quinto juego —circunstancia terminal— y salvó sus turnos de saque a base de pundonor. Estuvo ahí, se endureció, se creció. Se agigantó. “¡Que se la trague!”, le ordenaba Clavet. El instante crítico llegó con el 15-40 y 5-5 que levantó en el segundo set. Ese arrebato le reforzó y, una vez resuelto el desempate a su favor, se apropió del duelo. Pese a los azotes, fue capaz de no desengancharse y Jódar, ya fundido, atendido y con la musculatura de las piernas al límite, fue cediendo terreno hasta caer definitivamente. En cualquier caso, elogiable también su actitud. Viene de serie.
El factor físico volvió a ser decisivo. El malagueño, con casi tres horas menos de carga encima, amanecerá este lunes en el puesto decimotercero del ranking, el mejor de su carrera. Jódar, por su parte, se instalará en el undécimo escalón, acariciando ya el top-10 y con un pie en la cita maestra de Turín, en noviembre.
“No solo estuve dos meses fuera [en verano, por la espalda], sino que también tuve que saltarme algunos torneos más por culpa de las lesiones [un mes entre marzo y abril, por un contratiempo en el abdominal]. Así que no ha sido una temporada fácil. No sé ni qué decir, tengo la mente en blanco. Siento una sensación de enorme alivio”, transmitía el campeón después de hacer otro guiño ajedrecístico en la cámara: “Apertura española. Cambio de tercio”. Efectivamente, en apenas medio año —incluido el parón— han cambiado muchas cosas. Para empezar, congenia con sus técnicos, los hermanos Clavet; y, para continuar, Davidovich tuvo la valentía de ponerse enfrente del espejo, no analizar de refilón. Misma esencia, mejor base. Por encima de todo, una decisión trascendental: querer cambiare, el primer paso para todo.

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