
Pakistán, Turquía y Arabia Saudí firman el Acuerdo de Defensa Conjunto de La Meca ante la retirada de influencia de Estados Unidos
Pakistán, Turquía y Arabia Saudí firman el Acuerdo de Defensa Conjunto de La Meca ante el debilitamiento de Estados Unidos en Oriente Próximo, mientras Israel e Irán intensifican su pugna hegemónica regional.
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Pakistán, Turquía y Arabia Saudí han firmado el Acuerdo de Defensa Conjunto de La Meca. Israel e Irán mantienen un conflicto abierto tras las acciones militares mutuas.
Agosto suele ser un mes estratégico. La canícula propicia guerras y revoluciones, como si una extraña ley de la termodinámica geopolítica asociara el calor con las convulsiones en el orden mundial. Así ha sucedido en Oriente Próximo este verano, hasta el punto de que bien pudiera servir como hito para una nueva era en la que el poder ha pasado de manos de la superpotencia americana a las de las potencias regionales: las dos radicalmente enfrentadas que son Israel e Irán, y las que pugnan por pesar en el futuro, como son Pakistán, Turquía y Arabia Saudí.
Entre estas tres últimas acumulan más población que Estados Unidos, un PIB nominal próximo al de Francia, unas fuerzas armadas como las de India y un gasto militar en cuarta posición mundial, detrás de Rusia. Pakistán tiene arma nuclear, Turquía es la segunda fuerza de la OTAN y Arabia Saudí el primer exportador de petróleo, además de líder religioso para los musulmanes, el 25% de la humanidad, gracias a su gestión de los santuarios de La Meca y Medina.
Sumando sus fuerzas ante el trumpismo depredador, tal como aconseja el primer ministro canadiense, Mark Carney, han firmado este agosto el Acuerdo de Defensa Conjunto de La Meca, en una abierta expresión de desconfianza hacia quien era el primer socio y la garantía de seguridad. Según el comunicado oficial, “su objetivo es reforzar la disuasión colectiva frente a cualquier acto de agresión y estipula que todo ataque armado contra cualquiera de los tres Estados se considerará un ataque contra todos”, una claúsula de solidaridad al estilo del artículo 5 del Tratado Atlántico.
Aunque esta especie de OTAN próximooriental conforta las demandas de Trump respecto a la transferencia de responsabilidades en seguridad a todos los aliados, dificulta el reconocimiento de Israel, avanza la equidistancia entre Israel e Irán y neutraliza los Acuerdos de Abraham, promovidos por Trump para organizar la región a través de los negocios y de la cooperación militar. Riad se ha venido negando a incorporarse a dichos Pactos mientras no prospere la reivindicación palestina, pero la Casa Blanca también se lo exige para ratificar el acuerdo nuclear civil en el que precisamente se reconoce a los saudíes el mismo derecho a enriquecer uranio que se niega a los iraníes.
Se cumplen seis meses desde que Israel e Estados Unidos se lanzaron a la guerra contra Irán justo para desmontar una industria nuclear considerada amenazante para ambos. Mientras tanto, el nudo de la paz ha cambiado: no es el arma nuclear sino Ormuz, de imposible apertura al libre tráfico sin permiso de Teherán. Quedó claro en el memorando de entendimiento, que establecía el final de la guerra y fue papel mojado desde el primer día. Significó al menos el final de la campaña de bombardeos masivos y diarios sobre territorio iraní, probablemente irrepetibles, ante el riesgo de hundir todavía más los mercados de la energía. Han sido sustituidos por una ampulosa aunque incierta ofensiva de bloqueo comercial y financiero que solo podría funcionar con la improbable complicidad de China.
Debilitado el control de Estados Unidos, Israel e Irán marcan la violenta dinámica regional, guiados ambos por hegemonismos agresivos incompatibles. La coalición de extrema derecha israelí quiere ocupar Cisjordania, colonizar Gaza y cerrar definitivamente cualquier camino que conduzca a la satisfacción ni siquiera parcial de los derechos de la población palestina. Su líder, Benjamin Netanyahu, someterá tal proyecto a la prueba de las urnas el 27 de octubre, pero mientras tanto Israel ya ejerce como hegemón en Gaza, Líbano y Siria ante la creciente inhibición de Washington.
Irán sale de la guerra con renovada capacidad disuasiva, gracias a la llave de Ormuz, la amenaza sobre las instalaciones gasísticas y petroleras del Golfo y los daños infligidos con sus drones y misiles sobre las bases de Estados Unidos. Teherán ha resistido dos guerras sucesivas y puede aspirar a reactivar sus terminales allí donde hay población chiita e incluso a entrar en unas relaciones menos agresivas con Arabia Saudí. Voces autorizadas lo acreditan.
Según Marc Lynch “la incapacidad de Estados Unidos para proteger a sus aliados del Golfo de los ataques iraníes o para mantener abierto el estrecho de Ormuz ha socavado fatalmente el acuerdo de seguridad fundamental que justificaba su red de bases militares en la región”. Robert Kagan considera que Irán es ya la potencia dominante en Oriente Próximo. “Durante años, el mundo ha lidiado con un Irán contenido”, ha escrito, pero “ahora descubrirá cómo es un Irán sin restricciones”.
La desoccidentalización de la región no ha empezado con Trump ni es resultado exclusivo de sus presidencias, pero son su estupidez y su codicia las que han precipitado los acontecimientos. La concentración de poder y su utilización abusiva para acumular riqueza no conforman una política exterior ni constituyen una estrategia. La derrota geopolítica estaba cantada.
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