Un análisis sobre el paralelismo entre el discurso antimigratorio actual de Aliança Catalana y el etnicismo radical del partido histórico Nosaltres Sols!
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La crisis migratoria de Ceuta ha generado reacciones en la política española y catalana, impulsando discursos antimigratorios desde formaciones como Aliança Catalana.
La crisis migratoria de Ceuta ha provocado múltiples reacciones en la política española, la mayoría de las veces por motivos electoralistas. Según Vox y la extrema derecha españolista en general, sufrimos una invasión, Marruecos está detrás y el gobierno español es culpable por negligencia. En Catalunya, Aliança Catalana ha aprovechado las circunstancias para insistir en su discurso islamófobo. Su líder, Sílvia Orriols, ha multiplicado en X (antiguo Twitter) sus comentarios contra los musulmanes.
Según Orriols, el islam es el fascismo del siglo XXI. No diferencia entre corrientes moderadas y extremistas, tratando la religión coránica como un todo homogéneo. Los hechos de Ceuta, a su juicio, demostrarían que nos hallamos en una pugna de la civilización europea y la barbarie, motivo por el cual denuncia el multiculturalismo de izquierda. La entrada de marroquíes implicaría una multitud de peligrosos contra los que habría que reaccionar: “Agresiones sexuales a menores, fundamentalismo religioso, cuchilladas, brotes de sarna, tuberculosis”.
Orriols insiste en hacer comparaciones que pretenden demostrar que la presencia de extranjeros nos perjudica materialmente. La estrategia es clara: transmitir la sensación de que existe un agravio comparativo: “Un Estado que pega en Elx por llevar una estelada, mientras en Ceuta hace el pasillo a violadores y ladrones”.
Con este discurso, Aliança Catalana cree realizar una misión patriótica: Catalunya necesitaría ser salvada. ¿De dónde viene, en términos históricos, esta ideología nacionalista?
En otros tiempos, CIU pretendía representar el nacionalismo catalán desde la moderación. Catalán era todo el que vivía y trabajaba en Catalunya. Aliança, por el contrario, nace en los márgenes del sistema y exhibe un mensaje fuertemente agresivo. La catalanidad pasaría a definirse por una adhesión explícita a unos determinados principios, por los que los no creyentes quedarían fuera de sus límites.
Para comprender los fundamentos del pensamiento de Orriols debemos retroceder a los años treinta del pasado siglo y fijarnos en la figura de Daniel Cardona (1890-1943), el líder de la formación Nosaltres Sols!, al que Orriols admira profundamente. Lo evidencian sus repetidos homenajes o la entrevista en El Mundo (26 de febrero de 2024), donde se declaró “inspirada políticamente” por él. El periodista Xavier Rius, autor de Aliança Catalana: els nostres ultres (Icaria, 2025), afirma que la alcaldesa de Ripoll considera su personal referente a esta figura “claramente etnicista que decía que un cráneo de Ávila no era igual que uno de la plana de Vic”.
Nosaltres Sols! defendía su programa a partir de lo que denominaba “santa intransigencia”, un lema que evocaba a los antiguos carlistas. Por eso se oponía a cualquier forma de negociación con España y a los intentos negociadores de otras formaciones catalanistas. Desde su ideología radical, incluso líderes tan queridos como Francesc Macià o Lluís Companys merecían críticas por transigir demasiado con el enemigo español. Resultaba inadmisible que Macià aceptara ser presidente de la Generalitat, porque eso le integraba en el sistema que había que combatir.
Los contemporizadores, desde esta mirada, solo eran dignos de desprecio. Catalunya debía alcanzar su libertad gracias al dolor y al sacrificio: la historia enseñaba que los pueblos solo conseguían emanciparse de esta forma. En cambio, los malos catalanes se dedicaban continuamente a traicionar su propia tierra. Ellos, como el tarraconense Marcelino Domingo (1884-1939), varias veces ministro en los gobiernos de la Segunda República, eran catalanes “simplemente de nacimiento”.
El programa del partido se basaba en un fuerte rechazo a la emigración. La gente que llegaba desde el resto de España venía a arrebatar el trabajo a los catalanes. Existía, además, otro peligro para la población local: su identidad racial se veía amenazada. Nosaltres sols! utilizaba el concepto de “raza autóctona”, que constituía, a su juicio, un “distintivo esencial de la nacionalidad”. Podía aceptarse que se mezclara con otras aunque solo hasta cierto punto: “también esto tiene un límite” (Nosaltres Sols!, n.º 66, 9 de julio de 1932).
Estos problemas iban a solucionarse en cuanto se alcanzara la independencia. Existiría entonces un gobierno que se dedicaría a favorecer y proteger a los obreros catalanes. Mientras tanto, se restringiría la entrada de “este ejército de forasteros que nos invaden”.
Los emigrantes de otras zonas de la península no se limitan a buscar una ocupación con la que ganarse la vida. Según Nosaltres sols!, se trataba de gentes analfabetas de carácter primario que venían a nutrir las filas del anarquismo y no dudaban en practicar la violencia. En lugar de protestar contra las injusticias en sus territorios de origen, venían a Catalunya a provocar perturbaciones y hacer la revolución. El movimiento libertario pretendía utilizar a esta masa de gente contra las aspiraciones del nacionalismo catalán.
El alzamiento de Fígols, en 1932, debía interpretarse en estos términos. Se atribuía a “cuatro infelices murcianos” (Nosaltres sols!, n.º 43, 6 de febrero de 1932). Los catalanes nativos no tenían nada que ver con la subversión, como si Catalunya hubiera sido una balsa de aceite de no ser por los emigrantes.
El problema migratorio poseía, según los independentistas radicales, también una vertiente sanitaria. Los recién llegados transmitían el tracoma, una enfermedad infecciosa de los ojos que podía llegar a provocar ceguera. Constituía algo “repugnante” que provocaba gastos para curar a “gente no catalana”.
La lucha contra la supuesta invasión venía a constituir una especie de imperativo moral, un instrumento para la defensa de la patria contra un peligro espiritual, político y económico: “Oponerse a esta inmigración es una cosa humanísima”. Si los andaluces o los murcianos vivían en la miseria, no correspondía a los catalanes remediarlo. Ese era un asunto de la administración española (Nosaltres Sols!, n.º 104, 1 de abril de 1933).
Pero las verdaderas razones de esta rama del independentismo no eran los problemas concretos. En realidad, el meollo de la cuestión era de índole metafísica: la supuesta incompatibilidad entre el carácter de los catalanes y el de los españoles. España era un caso perdido, incapaz por su propia naturaleza de constituir una democracia auténtica. El despotismo resultaba inseparable de su esencia.
Orriols no está sola en su admiración por Nosaltres Sols! y Daniel Cardona. Otros líderes del independentismo conservador, como Quim Torra, se han pronunciado en un sentido similar. Aliança Catalana no se percibe a sí misma como un partido ultraderechista: esta sería una acusación de sectores españolistas contra una fuerza que encarnaría la dignidad catalana. Sin embargo, el suyo es un nacionalismo excluyente que divide a la población en buenos y malos, patriotas y traidores. Si en la actualidad Orriols denigra a la emigración musulmana, en tiempos de la Segunda República Nosaltres Sols! hacía lo propio con los “murcianos”, a los que consideraba gente, por lo general, “no muy recomendable”. En este contexto, “murcianos” significaba no solo nacidos en Murcia, sino una referencia general a los llegados desde el sur de la península. Esta falta de precisión acompaña siempre a los estereotipos.
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