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Wittenoom: la tragedia del amianto azul y la historia de los emigrantes españoles en Australia
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El País1 hour agoWorld14 min readSpain

Wittenoom: la tragedia del amianto azul y la historia de los emigrantes españoles en Australia

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Wittenoom, un pueblo fantasma en Australia Occidental, albergó una mina de amianto azul en el siglo XX donde miles de trabajadores y familias, incluidos inmigrantes españoles, sufrieron exposición tóxica sin advertencia.

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Why It Matters

Wittenoom fue un pueblo minero en Australia Occidental explotado por la extracción de amianto azul entre las décadas de 1940 y 1960.

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Wittenoom no aparece en las señales de la carretera. Está borrado. Desaparecido de los mapas oficiales. Nadie vive allí y está prohibido visitarlo. Es un pueblo fantasma. Antes, hace muchos años, era un lugar de casas prefabricadas con un colmado, dos colegios, una guardería, un hospital, una iglesia, un bar, cine al aire libre, canchas de tenis, campos de fútbol y críquet y hasta su propia comisaría. Se levantó en torno a una mina de amianto azul para que, en medio de la nada, pudieran vivir los trabajadores y sus familias.

Estaba en el oeste de Australia, en una remota zona desértica de la región de Pilbara. Perth, la gran ciudad más cercana, estaba a unos 1.400 kilómetros. Más o menos, la distancia entre Madrid y Ginebra. La vida no era fácil en aquel lugar, pero los mineros, muchos de ellos inmigrantes europeos, accedían a aislarse del mundo durante algunos meses, incluso años, a cambio de un buen salario.

Eran los años cuarenta, cincuenta y sesenta del siglo XX. Millones de personas salieron de los países más pobres de Europa tras la Segunda Guerra Mundial en busca de oportunidades económicas. Los españoles emigraron sobre todo a Alemania, Suiza, Francia o Bélgica. Otros cruzaron el Atlántico rumbo a América. Y unos pocos se animaron a dar la vuelta al mundo hasta llegar a Australia, país con el que el franquismo había cerrado un acuerdo migratorio que comenzó en 1958 y llevó hasta allí a cerca de 8.000 españoles. Los primeros fueron a trabajar a la recogida de la caña de azúcar. Después, a la construcción, el tabaco, la tala de bosques o la minería. Lo llamaron Operación Canguro.

Una de las empresas que buscaban mano de obra era la Australian Blue Asbestos, la filial de CSR (Colonial Sugar Refining Company) que explotaba desde 1943 en Wittenoom una mina de amianto, un mineral muy resistente al calor usado en infinidad de productos durante aquellos años: tuberías, trenes, barcos, instalaciones eléctricas… Aquel yacimiento tenía cantidades ingentes de crocidolita, el llamado amianto azul. La empresa vio una gran oportunidad de negocio y nunca avisó a los trabajadores de que fuera peligroso.

Pero lo era.

Desde entonces, más de 2.000 trabajadores y residentes de Wittenoom han muerto, en ocasiones décadas después de abandonar el pueblo, por enfermedades vinculadas al contacto con el amianto. Una tragedia silenciosa y traicionera que muchos afectados llaman el “Chernóbil australiano” por la magnitud de lo sucedido y los efectos diferidos en el tiempo que provocó.

Esta es la historia de lo que ocurrió allí. Y de la emigración española de aquellos años, contada a través de dos familias que coincidieron en aquel pueblo perdido. La de Daniel y María. La de Milagros y Ramón. Dos de sus hijos nacieron en la misma cama de hospital rodeados de lagartos, polvo rojo y amianto. Mucho amianto.

Bienvenidos a Wittenoom, tierra de oportunidades.

Capítulo 1. Madrid, 1961. Un baile que acaba en Australia

María Bernal y Daniel Écija se conocieron bailando. Ella tenía 20 años. Él acababa de cumplir 26. Ella vivía en una portería de la calle de Fúcar, en el barrio de las Letras de Madrid, era modista y cuidaba de su padre enfermo. Él empezó a ayudar al suyo con el taxi a los nueve años y ya había trabajado en Francia y Alemania cuando conoció a María. Ella jamás había tenido novio y apenas salía de fiesta. Su madre trataba de protegerla de los señoritos del edificio, ávidos de tirarle los trastos a la guapa hija de los porteros. Pero Daniel era diferente. Él era formal y respetuoso, alto y guapo.

Aquel sábado, el 16 de septiembre de 1961, María fue con una amiga al baile de tarde del Círculo de Bellas Artes. Fue allí donde se encontró con Daniel. Quedaron en verse unos días después. María todavía recuerda el primer beso. Luego todo fue muy rápido. Él le pidió la mano a su padre —“no se preocupe por nada, Vicente, que yo a su hija la quiero”— y un año después, el 20 de septiembre de 1962, se casaron. Cuatro días más tarde, emigraron a Australia.

María tiene hoy 84 años. El alzhéimer le ha ido borrando muchos recuerdos, pero aún tiene grabado aquel viaje. El miedo, los nervios, la ilusión, la sensación de aventura. Era la primera vez que salía de Madrid, la primera vez que se subía a un avión. Llevaban solo una maletita pequeña para los dos. Ninguno hablaba una palabra de inglés. “Iba pegadita a mi marido, como una niña”, cuenta María, rodeada de fotos en color sepia de aquellos años. “Pero estaba orgullosa. Me había enamorado de aquel hombre y confiaba en el futuro…, aunque estuviera tan lejos. En España no teníamos nada ninguno de los dos”.

A María la ayudan a reconstruir su historia dos de sus cuatro hijos. El mayor, Daniel Écija —como su padre—, nació en Wittenoom hace 63 años y es hoy uno de los productores de televisión más reconocidos en España, creador de series como Médico de familia o Los Serrano. Su hermana Arantxa, de 58, directora y producción audiovisual, es quien mejor conserva la memoria familiar.

Cuando aterrizaron en Australia, alguien relacionado con la comunidad española los recibió y trasladó a un centro para inmigrantes, donde permanecieron unos días. María recuerda que estuvieron en unos “barracones”. Después viajaron a Perth, una ciudad que vivía un fuerte crecimiento industrial en el extremo suroeste del país. Allí iban distribuyendo a los recién llegados. En aquella zona, la mayoría se dirigía a la construcción o a las fábricas. Otros, a las minas.

El amianto azul llevaba extrayéndose en Wittenoom desde los años treinta. La compañía Australian Blue Asbestos, filial de CSR, una gran empresa que había comenzado dedicándose al azúcar y luego se había expandido a otros sectores, se hizo con la mina en 1943. Durante las décadas de los cuarenta, cincuenta y primeros sesenta estuvo a pleno rendimiento.

Allí trabajaba un amigo de Daniel, el que le había convencido para emigrar a Australia. Se ganaba un buen salario, y él pensó que era una buena manera de juntar dinero para su familia. María estaba embarazada. Probablemente, desde la noche de bodas.

Llegaron a Wittenoom… y aquello les pareció el decorado de un wéstern. Había mineros australianos, pero la mayoría era gente llegada de toda Europa. Sobre todo, italianos. Había también griegos, polacos, irlandeses… y españoles. “Conocimos allí a otro matrimonio de Madrid”, recuerda María. “Milagros y Ramón. Enseguida nos hicimos íntimos amigos”. Tampoco hablaban una palabra de inglés.

Milagros Barroso era de Navamorcuende, un pueblo de Toledo. Enviudó con 22 años y un niño pequeño, así que para salir adelante se fue a servir a una casa de Madrid. Allí conoció a Ramón de Juan, chófer de un alto cargo del régimen franquista. Él también era viudo, y tenía una hija. Se casaron. Él marchó a trabajar a Alemania y allí le hablaron por primera vez del sueño australiano. Volvió a Madrid y, casi sin pensárselo, viajaron todos al otro lado del mundo. Con los hijos que aportaba cada uno al matrimonio, Mercedes de Juan y Víctor Calvo, y el primero que habían tenido en común, José.

Víctor, que ahora tiene 72 años y vive en Madrid, llegó a Australia con siete, en agosto de 1962, y relata con nitidez aquel viaje:

—Salimos de Málaga y tardamos más de 20 días en llegar en barco a Australia. Pasamos por el canal de Suez… Puf, el calor que hacía allí. Recuerdo los mareos. La incertidumbre. Aquella sensación de no saber muy bien adónde íbamos ni cómo viviríamos. Era divertido también, porque para un niño todo aquello era una aventura. Mi hermana Merce cumplió 11 en el barco. Llegamos y nos llevaron a unos barracones con intérpretes, pero luego ya nos quedamos sin entender nada. La emigración española en aquellos años era así: se enganchaba a cualquier cosa para salir adelante, como los que vienen ahora a España.

Y mantiene intacto, seis décadas después, el recuerdo de su llegada a Wittenoom:

—El avión era pequeño, de hélices, y se movía muchísimo. Aterrizamos en una pista en medio de una tierra muy muy roja. Había polvo por todas partes. Nunca había visto tanto polvo. Nos llevaron a las casas, de chapa, madera y uralita. Aquel lugar estaba extremadamente aislado, era el desierto del desierto. Esa primera imagen no se me ha olvidado nunca. Había todo tipo de animales: culebras, tarántulas, unos lagartos enormes. Era todo tan distinto a España que parecía irreal, como un sueño.

La familia llegó al pueblo cargada de baúles con ropa de abrigo y zapatos que nunca usarían. Ramón empezó a trabajar en la mina mientras Milagros y los niños pasaban el día en aquel poblado prefabricado, abrasador y polvoriento con un paisaje que no habían visto jamás.

Capítulo 2. Wittenoom, 1962-1964. La vida en la mina

Daniel Écija hacía jornadas de ocho horas. Ramón de Juan doblaba turno cuando podía y muchos días trabajaba 16. Se hicieron amigos inseparables. Ellos y sus familias.

“El primer día de trabajo de nuestro padre hubo una explosión y murieron varias personas”, relata Daniel hijo. “Yo creo que cuando él vio todo eso pensó que tenía que salir de allí cuanto antes, pero mi madre estaba embarazada y no tenían dinero, así que se quedaron unos meses”.

Su hermana Arantxa recuerda otra historia que su padre contaba a menudo. Se le cayó un trozo de amianto en el pie y, extrañamente, fue una herida que no se cerraba nunca. En uno de los retratos familiares de aquella época aparece Daniel con el pie vendado. Han vuelto a esa foto muchas veces después.

“No tenían apenas medidas de seguridad”, explica Víctor. “Había muchos accidentes y cada dos por tres aparecían ambulancias. Por eso había un hospital en el poblado”.

Los hombres que habían llegado solos, sin familia, vivían en tiendas de campaña levantadas para los solteros. María y Milagros no se sentían muy seguras y no solían salir de casa mientras sus maridos estaban en la mina. “Había prostitutas para dar servicio a los trabajadores”, recuerda María. “Iba embarazada y procuraba no salir mucho a la calle hasta que volvía Daniel. Esperaba a que llegara para salir a la compra. Era muy joven, muy niña, y tenía miedo”.

“Mi padre nos habló de Wittenoom como un lugar sin ley”, explica su hijo. “Un pueblo con una vida bastante primitiva donde todo se organizaba por nacionalidades. Había hasta caza furtiva de canguros. Iban por la noche con los jeeps, los alumbraban con los focos y los mataban, según nos contó. Él fue un día y no volvió nunca más. También había quien robaba ganado. Contaba que incluso vio un día al policía, al que él llamaba el sheriff, vender carne robada”.

Había dos colegios. Uno estatal y uno religioso. “Mi hermano y yo hicimos allí la primera comunión, en pantalón corto y un buen pelado”, cuenta Víctor. “Por la mañana íbamos a la escuela y luego jugábamos entre nosotros, cerca de casa. No nos relacionábamos demasiado con los demás niños”. Su hermana Mercedes sí guarda un buen recuerdo de dos amigas, una italiana y una australiana, y también de las monjas: “Éramos niños y los niños se adaptan a todo muy rápido. Yo estaba bien en Wittenoom, tranquila”.

Compraban todo en el único supermercado del pueblo. Cada 15 días llegaba un camión con la mercancía. “Mi madre pedía por señas porque nunca aprendió inglés”, cuenta Víctor. Cocinaba lentejas, garbanzos, muchos macarrones, albóndigas. A veces conseguían que un amigo italiano les mandara algo de embutido desde Perth. “Para divertirnos íbamos a bañarnos a unas pozas cercanas. No había televisiones en las casas. Todos los días eran iguales: mi padrastro se iba a la mina y mi madre nos cuidaba a nosotros. Iba a comprar, hacía la comida, lavaba la ropa a mano… Sin quejarse nunca. Jamás la vi enfadada”.

Milagros, que no había cumplido los 30 cuando llegó a Wittenoom, tiene ahora 95 años y vive en Madrid. Recuerda las fiestas que organizaban algunas familias en las casas y cómo parecía que muchos conseguían divertirse pese al aislamiento. Ellos no iban, pero les gustaba mucho el cine al aire libre, que se montaba con unas sábanas blancas en las que se proyectaba la película.

María y Milagros vivieron dos embarazos en aquel pueblo minero. Sus hijos nacieron en la misma cama del mismo hospital.

Milagros dio a luz en marzo de 1963 a John Patrick. Lo llamaron así por unos amigos irlandeses que habían hecho en el pueblo. Poco después, en junio, le tocó a María, que tuvo un parto complicado. El bebé era muy grande. Tuvieron que utilizar fórceps y ella estaba débil porque acababa de superar una fuerte infección de riñón. El bebé se llamaría Daniel, como su padre. La mujer recuerda que entraban unos lagartos enormes en la habitación. Después le explicaron que eran casi unos aliados: se comían a las serpientes que acudían al hospital atraídas por el olor de la leche materna.

Ninguna de las dos familias fue nunca consciente de estar en un lugar peligroso más allá de los riesgos obvios que supone una mina. En aquel momento la empresa y las autoridades ya sabían que el amianto azul era tóxico y que suponía un grave riesgo para la salud, pero nadie se lo había dicho. Y estaba por todas partes.

“Era un material muy bien considerado y muy cotizado que se usaba para un montón de cosas: carreteras, casas, tejados, enchufes”, recuerda Víctor. “En Wittenoom, un pueblo levantado de la nada, se había utilizado muchísimo. Nosotros jugábamos con él y lo íbamos deshilachando. Nos lo metíamos en la boca. Cuando lo tocábamos salía un polvillo que lo impregnaba todo. Estábamos rodeados de amianto azul, pero no nos daba miedo. Nadie nos avisó de nada”.

No hay censo por nacionalidades que determine cuántos españoles pasaron por Wittenoom. Estas dos familias recuerdan a un par de matrimonios más, pero ellos solo estuvieron unos meses de las varias décadas en las que la mina estuvo a pleno rendimiento. En total trabajaron allí alrededor de 6.500 hombres y 500 mujeres entre 1943 y 1966, según recoge un artículo del American Journal of Industrial Medicine de 1992 que analiza lo sucedido. Y muchos de ellos fueron acompañados de sus familias.

Los Écija-Bernal abandonaron Wittenoom cuando Daniel tenía poco más de un mes. Se marcharon después de su bautizo, que ofició un cura polaco. Aún conservan la fotografía que Daniel y María mandaron a los padres de ella y en la que escribieron por detrás: “¿Ves, abuelito? Me están bautizando y no he llorado nada. Tengo muchas ganas de conoceros, os quiero mucho”. La fecha: 7 de julio de 1963. Estuvieron en el pueblo unos 10 meses.

Los De Juan-Barroso se quedaron un poco más: unos dos años y medio entre 1962 y 1964. Ramón había ido con un contrato de tres años cerrado desde España, pero se fue antes.

Las dos familias marcharon a Perth tras su paso por Wittenoom. Trabajaron mucho, ahorraron, se compraron una televisión, un coche, una lavadora, siguieron adelante con sus vidas. Los Écija-Bernal volvieron a Madrid en 1966. Los De Juan-Barroso lo hicieron en 1971, aunque la hija mayor, Mercedes, se había enamorado y casado con un italiano, Giuseppe, y se quedó en Australia.

Open Questions

  • ¿Cuántos españoles en total pasaron por Wittenoom?
  • ¿Qué indemnizaciones recibieron los afectados por el amianto?

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This article was originally published by El País.

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