
El Pontífice evita entrar en la disputa política interna mientras miles de personas se congregan en sus actos públicos en la capital francesa.
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La última visita de un Papa a Francia fue la de Benedicto XVI en 2008. El país se prepara para elecciones presidenciales en 2027 con el auge del partido Reagrupamiento Nacional.
París también se ha rendido a León XIV, tras el éxito de su viaje a España en junio. Su visita, la primera a la capital francesa de un papa en 18 años, tras la última de Benedicto XVI en 2008, ha sacado a la calle a miles de personas, un hito reseñable en un país que ha hecho una bandera de su laicidad. Ya el viernes salieron a jalear el paso del papamóvil por las calles del centro cerca de 300.000 ciudadanos, y 80.000 jóvenes llenaron por la noche el estadio de Saint-Denis, pero este sábado se han superado las previsiones con una misa en la plaza de la Concorde, que ha empezado a las tres de la tarde y a la que asisten al menos 700.000 personas, según los primeros cálculos de las autoridades. En 2008, con Benedicto XVI, acudieron 260.000.
La multitud se apiñaba en los 2,5 kilómetros de recorrido del Papa por los Campos Elíseos, que cubrió lentamente mientras le pasaban niños para que los bendijera. Con León XIV, que en poco más de un año se ha enfrentado a Donald Trump y ha alertado de los riesgos de la inteligencia artificial, se ha establecido una suerte de reconexión de Francia con el Papa. A buen seguro, la sociedad y la política francesa se interrogará durante los próximos días sobre lo que esto puede significar.
En todo caso, como ya ocurrió el primer día, León XIV ha pronunciado una homilía totalmente pastoral y religiosa, ha evitado cuidadosamente entrometerse de lleno en la pelea ideológica en curso en Francia. El país afronta unas decisivas elecciones presidenciales en 2027 que por primera vez pueden dar la victoria al Reagrupamiento Nacional (RN), el partido de ultraderecha de Marine Le Pen.
El Papa también evita afrontar de forma explícita los temas candentes porque se mueve con cautela en un país donde la laicidad es un pilar republicano y se considera la religión un asunto de la esfera privada, que debe estar fuera de la pública. De hecho, el tema está continuamente de fondo en este viaje papal. León XIV lo mencionó el primer día en el Elíseo, y este sábado se ha hecho de nuevo patente. Primero, en su visita al Instituto Católico de París, donde volvió a hacer visible el peso de los creyentes, que han experimentado un sorprendente auge en el último año. Y luego se ha hecho presente con una ausencia: como estaba previsto, a la misa no ha asistido el presidente, Emmanuel Macron, como gesto de separación de la esfera pública y la religiosa. Sí lo ha hecho su esposa, Brigitte.
El Papa había iniciado la jornada con una visita a un centro de ayuda a migrantes en el distrito XVIII de la ciudad, uno de los que cuentan con mayor presencia de extranjeros. La visita a la Maison Bakhita, abierta en 2021 para ayudar a integrarse a migrantes, ha sido un gesto significativo en pleno auge de RN. Pero, no obstante, tampoco en este lugar León XIV ha tenido palabras tan directas y contundentes como las que empleó en España en junio con la misma cuestión y en varias ocasiones.
En el discurso del Papa había que leer entre líneas y fijarse en frases puntuales para detectar una carga política. Por ejemplo, nunca ha pronunciado la palabra “inmigración” o “inmigrante”, ni siquiera “extranjero”. En una pequeña sala del centro, ante los profesionales, voluntarios y las personas que lo frecuentan, el Pontífice ha invitado a “ver a quienes son invisibilizados, a liberar a quienes la economía y la cultura reducen hoy a la esclavitud, a honrar la dignidad infinita de cada hermano y hermana”. “La historia de la Iglesia y de la humanidad, si la observamos más de cerca, no la escriben quienes dan la impresión de vencer al imponerse y ocupar el espacio, sino quienes hacen espacio, establecen procesos de paz, generan confianza y fomentan la vida”, ha advertido.
León XIV ha pronunciado estas palabras en un breve discurso en el centro dedicado a Josefina Bakhita, nombre de una santa sudanesa y símbolo de la lucha contra la esclavitud, porque ella misma fue esclava. Falleció en 1947 y fue canonizada en 2000 por Juan Pablo II. El Papa ha mencionado su figura, “que invita a reconocer el papel fundamental de las mujeres en la construcción de una civilización del amor, como alternativa a la cultura que desintegra a las comunidades y enferma de soledad a las ciudades”.
Este lugar atiende a unas 150 personas al día, la mayoría procedentes de África subsahariana y de religión musulmana, para ayudarles a abrirse camino. Se dan clases de francés y cursos de formación, como sastrería o carpintería. Desde que se abrió en 2021 ha prestado asistencia a 2.500 personas.
El centro representa el trabajo, muchas veces silencioso y que aparece poco en los medios, de la Iglesia católica con los más débiles, como otras 45 asociaciones de caridad que hay en la diócesis de París. Con su visita de apenas una hora, el Pontífice ha hecho que las cadenas de televisión francesas se conectaran en directo, y más que a él, escucharan el testimonio de algunos de esos extranjeros a los que el centro ha prestado apoyo. Como Meysam, de 35 años, que llegó de Afganistán en 2015. Ha contado que en su país era sastre y llegó a la Maison Bakhita por los cursos de francés. “En la vida nunca hay que rendirse. Cada vez que he estado a punto de tirar la toalla, siempre he encontrado a alguien que me ha tendido la mano y me ha permitido seguir adelante a pesar de todo. (...) Hace unos meses me concedieron el estatuto de refugiado. He encontrado un trabajo. Ahora tengo confianza en la vida y en mi futuro”, ha relatado.
El Papa se declara “maravillado” por el aumento de adultos bautizados
Otro testimonio emotivo ha sido el de una mujer extranjera llamada Blessing, de 31 años, que no ha sido enfocada por las cámaras por respeto a su privacidad. Ha dicho que cuando llegó a Francia se vio obligada “a hacer cosas que no quería hacer” y que aún le duele recordarlo. Hasta que entró en contacto con una de las asociaciones católicas de ayuda a migrantes y que colaboran con el centro: ahora tiene papeles y trabaja en un restaurante. Una de esas asociaciones es Aux Captifs, la Libération (A los cautivos, la liberación), que busca personas que viven en la calle o trabajan en la prostitución para darles una salida. La otra es A Bras Ouverts (Con los brazos abiertos), que organiza actividades los fines de semana para personas con discapacidades.
La siguiente etapa del día ha sido toda una institución de la Iglesia en París, el Instituto Católico, fundado en 1875, heredero de los colegios de estudios humanísticos y que cuenta con 11.000 estudiantes. En otro pequeño gesto, pero de nuevo lleno de connotaciones, el Papa se detuvo un momento en la llamada Escalera de los Mártires, en la iglesia de Saint-Joseph-des-Carmes, el lugar donde 191 eclesiásticos, religiosos y laicos fueron asesinados en 1792 durante la Revolución Francesa.
En su discurso en este lugar, León XIV se declaró “maravillado” por el reciente aumento del número de adultos que piden ser bautizados: más de 21.000 en Semana Santa, un 26% más que el año anterior. “Puede parecer paradójico que este fenómeno de tantas personas que redescubren el Evangelio y abrazan la fe se produzca en el contexto de una sociedad como la francesa, marcada por una cultura fuertemente secularizada. Su experiencia y su testimonio, queridos catecúmenos y neófitos, son un signo tangible de la obra de la gracia de Dios, que supera los análisis estadísticos y sociológicos”, ha reflexionado.

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