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Giorgia Meloni llegó al poder en 2022 tras una larga trayectoria en la derecha posfascista italiana, inicialmente percibida como una líder de ultraderecha que podría romper con las instituciones europeas. Cuatro años después, su gobierno es el más longevo de la República italiana.
Giorgia Meloni llegó al poder en 2022 después de una larga trayectoria en la derecha posfascista italiana. Muchos la presentaban entonces como una dirigente de la ultraderecha que podía alterar profundamente la política italiana y su relación con Europa. Cuatro años después encabeza el Gobierno más longevo de la República. ¿Qué ha ocurrido entre aquella Meloni y la actual?
Conviene distinguir entre un cambio ideológico profundo y una adaptación pragmática al ejercicio del poder. Meloni ha demostrado una notable habilidad política y, sobre todo, ha aprendido rápidamente que gobernar es muy distinto de hacer oposición. Desde 2022 ha moderado algunos de los elementos más rupturistas de su discurso y ha tratado de proyectar una imagen de fiabilidad institucional, especialmente ante sus socios europeos y atlánticos. Su posición sobre Ucrania, la disciplina presupuestaria o su relación con las instituciones comunitarias son buenos ejemplos de ese pragmatismo. Esto no significa que Meloni haya dejado de ser una dirigente de extrema derecha ni que Fratelli d'Italia haya abandonado sus referencias culturales e identitarias. Más bien ha aprendido a combinar dos registros: uno más institucional y pragmático en el ámbito europeo e internacional y otro más ideológico en determinadas cuestiones de política interna, especialmente en materia de inmigración, familia, derechos civiles o memoria histórica.
¿Puede afectarle electoralmente?
Esta estrategia también puede haber tenido un coste. Una parte del electorado situado más a la derecha puede percibir que las expectativas de ruptura generadas durante los años de oposición no se han traducido plenamente en la acción de gobierno. El crecimiento de Roberto Vannacci y de Futuro Nazionale -que los últimos sondeos sitúan ya en torno al 7 %- puede interpretarse como expresión de ese espacio de insatisfacción a la derecha de Meloni. Por tanto, ha cambiado Meloni porque ha tenido que enfrentarse a los límites y responsabilidades del gobierno, pero también ha cambiado nuestra percepción de ella. En 2022 predominaba el temor a una posible ruptura con Europa; cuatro años después sabemos que ha optado por intentar transformar determinados equilibrios europeos desde dentro y no por enfrentarse frontalmente a las instituciones comunitarias. Esa capacidad de adaptación contribuye a explicar su longevidad política, aunque no debería llevarnos a confundir pragmatismo gubernamental con una completa transformación ideológica.
Un reciente trabajo publicado en Italian Political Science Review, de Marco Impronta, intenta explicar precisamente la excepcional longevidad de su Gobierno. Su conclusión es que no existe una única explicación, sino una combinación de factores: la cohesión de la coalición, el predominio de Hermanos de Italia, los incentivos de sus socios para permanecer en el Gobierno, la fragmentación de la oposición y esa capacidad de la que usted habla para adaptarse políticamente. ¿Estamos ante una transformación estructural de la política italiana o ante una combinación excepcional de circunstancias?
El Gobierno Meloni ha alcanzado esta estabilidad sin que hayan cambiado sustancialmente las reglas institucionales que tradicionalmente se consideraban responsables de la inestabilidad italiana. Hay, en primer lugar, un factor de liderazgo. Meloni ha conseguido mantener cohesionada la coalición y ejercer sobre ella una clara primacía política. A diferencia de otros gobiernos de coalición italianos, no existe actualmente una verdadera disputa sobre quién dirige el bloque. Fratelli d'Italia es claramente el partido dominante y tanto la Liga como Forza Italia tienen importantes incentivos para permanecer en el Gobierno. Abandonarlo supondría asumir un riesgo electoral considerable y perder una posición de poder que difícilmente podrían obtener o mejorar a corto plazo. Pero creo que existe otro elemento fundamental que se menciona en el trabajo de Improta: la debilidad de la alternativa. Meloni se beneficia enormemente de una oposición fragmentada que, cuatro años después, sigue teniendo dificultades no solo para acordar quién será el candidato presidencial, sino también para construir una propuesta política común sobre cuestiones fundamentales. Las diferencias entre el Partido Democrático, el Movimiento 5 Estrellas y las restantes fuerzas de la oposición dificultan la construcción de una alternativa reconocible y creíble de gobierno. Y esa dificultad para articular una alternativa se traduce también en una cierta desmovilización del electorado de izquierdas, que en algunos sectores parece no solo desmotivado, sino incluso resignado ante la posibilidad de una nueva victoria de Meloni. Por eso sería prudente no convertir la longevidad de este Ejecutivo en la prueba de que Italia ha resuelto estructuralmente su histórica inestabilidad.
Esta fortaleza también plantea una pregunta incómoda: ¿para qué la ha utilizado Meloni? Italia sigue creciendo muy poco y mantiene problemas estructurales como la baja productividad, el envejecimiento, los salarios débiles y una deuda pública muy elevada.
Esta es precisamente una de las principales debilidades del Gobierno Meloni. Es indudable que algunos indicadores económicos han mejorado y sería equivocado negarlo. El comportamiento del empleo ha sido positivo, el desempleo ha descendido hasta niveles históricamente bajos y se ha producido una cierta mejora de las cuentas públicas. Son resultados que deben reconocerse. Ahora bien, una cosa es mejorar determinados indicadores coyunturales y otra muy distinta transformar estructuralmente la economía italiana. Y aquí el balance parece bastante más modesto, como resume. Por eso creo que Meloni ha demostrado hasta ahora una mayor capacidad para gestionar las inercias de Italia que para transformarlas. Ha administrado con prudencia determinados equilibrios económicos y presupuestarios, pero resulta más difícil señalar una gran reforma estructural impulsada por su Gobierno que haya modificado sustancialmente los problemas históricos del país: baja productividad, salarios reducidos, envejecimiento demográfico, desigualdades territoriales o una deuda pública muy elevada. Además, parte del impulso inversor de estos años está estrechamente relacionado con el PNRR y con los fondos europeos acordados antes de la llegada de Meloni al Gobierno. Parece, por tanto, excesivo atribuir al Ejecutivo todo el mérito de esa evolución. La verdadera prueba llegará cuando ese estímulo europeo vaya desapareciendo.
Meloni parece haber construido su éxito haciendo compatibles identidades que durante mucho tiempo parecían difíciles de conciliar: nacionalista y europea, conservadora y moderna, atlantista y soberanista. ¿Es esta su verdadera innovación política: haber demostrado que una derecha nacional-conservadora puede gobernar dentro de las instituciones europeas y atlánticas sin tener que romper con ellas?
Creo que esa es una parte importante de su éxito, aunque introduciría un matiz: no estoy seguro de que Meloni haya hecho verdaderamente compatibles nacionalismo y europeísmo en el sentido tradicional de ambos términos. Más bien ha comprendido que hoy se puede defender un proyecto nacional-conservador sin plantear necesariamente una ruptura con la Unión Europea y utilizando, al mismo tiempo, las propias instituciones europeas para intentar modificar sus equilibrios desde dentro. En ese sentido, Meloni ha sabido aprovechar muy bien un contexto político favorable. El nacionalismo, la defensa de la soberanía, el discurso identitario, la inmigración o la reivindicación de los valores tradicionales han adquirido una enorme capacidad de movilización en numerosos países occidentales. Italia no constituye una excepción, sino que forma parte de una tendencia internacional mucho más amplia. Aquí me parece especialmente útil el concepto de «internacional reaccionaria» utilizado por Steven Forti para describir las redes y conexiones existentes entre las extremas derechas globales. Puede parecer paradójico que fuerzas profundamente nacionalistas desarrollen estrategias transnacionales, pero en realidad colaboran, intercambian discursos y referencias, comparten estrategias y se legitiman mutuamente.
Meloni ha sabido insertarse muy bien en ese espacio y convertirse, además, en una de sus figuras más relevantes.
Eso es. Su verdadera innovación quizá no consista, por tanto, en haber reconciliado nacionalismo y europeísmo, sino en haber comprendido que la derecha nacional-conservadora puede intentar cambiar Europa desde dentro en lugar de combatirla desde fuera. El objetivo ya no es necesariamente abandonar la Unión Europea o el euro, posiciones que la propia Meloni defendió en otras etapas, sino alterar las correlaciones de fuerzas dentro de la Unión y desplazar sus políticas hacia posiciones más conservadoras en cuestiones como inmigración, seguridad, familia o identidad. Al mismo tiempo, ha mantenido una posición claramente atlantista, particularmente visible en su apoyo a Ucrania y a la OTAN. Esto le ha proporcionado una credibilidad internacional que otras fuerzas de la derecha radical europea, más próximas a Rusia, no tienen. Y le ha permitido presentarse ante Bruselas y Washington como una dirigente fiable sin renunciar a buena parte de su discurso soberanista.
La posición con Ucrania ha sorprendido a muchos, al tiempo que reivindica una mayor autonomía europea y mantuvo una relación política privilegiada con Donald Trump antes de explotar.
Creo que es un arma de doble filo. Durante un tiempo, Meloni consiguió convertir su proximidad política e ideológica con Donald Trump en una ventaja: podía presentarse ante Washington como una interlocutora privilegiada dentro de la Unión Europea y, ante los europeos, como una dirigente capaz de hablar con una Administración estadounidense cada vez más imprevisible para sus aliados europeos. El problema es que ser puente funciona mientras las dos orillas quieren seguir conectadas. Y ahí han aparecido los límites de esa estrategia. Meloni es claramente atlantista, como demuestra su posición respecto a Ucrania y la OTAN, pero eso no significa que pueda identificarse sin más con la política exterior de Trump. Por eso creo que conviene distinguir entre atlantismo y trumpismo. Italia tiene una tradición atlántica profundamente arraigada y Meloni no la ha alterado. Otra cuestión distinta es convertir una afinidad ideológica y personal con Trump en uno de los pilares de la política exterior italiana. Ahí el riesgo es considerable porque las relaciones internacionales no pueden descansar exclusivamente sobre afinidades entre dirigentes y porque los intereses estadounidenses y europeos no necesariamente coinciden.
Y ahí el equilibrismo es complicado. Véase Irán.
Lo ocurrido recientemente lo demuestra bastante bien. La relación privilegiada entre Meloni y Trump se ha deteriorado cuando Italia no ha secundado algunas decisiones estadounidenses, especialmente en relación con Irán. Meloni se encuentra entonces ante un equilibrio difícil de mantener: cuanto más se aproxima a Trump, mayor es el riesgo de distanciarse de sus principales socios europeos; pero cuanto más defiende una autonomía estratégica europea, más difícil resulta mantener aquella relación privilegiada con Washington. Además, esta posición tiene también costes internos. Su apoyo constante a Ucrania la distancia de una parte de la derecha italiana, incluida la Liga de Salvini y, de manera todavía más clara, el espacio político que está intentando ocupar Roberto Vannacci. Por tanto, Meloni corre el riesgo de no satisfacer plenamente a ninguno de sus interlocutores: demasiado europea para una parte de la derecha soberanista, demasiado próxima a Trump para determinados sectores europeos y, al mismo tiempo, insuficientemente alineada con Washington cuando los intereses italianos o europeos chocan con los de la Administración estadounidense.
¿Cómo deberíamos medir el legado de Meloni?
En primer lugar, por su capacidad para transformar Italia y no únicamente por su extraordinaria capacidad para mantenerse en el poder. En segundo lugar, habrá que valorar su impacto sobre las instituciones y la cultura política italiana. Meloni no es solamente la primera mujer que ha presidido el Gobierno de Italia; es también la dirigente que ha llevado al Gobierno una tradición política que procede de la derecha posfascista. Habrá que determinar hasta qué punto esa llegada al poder produjo una normalización democrática de esa tradición o, por el contrario, contribuyó a normalizar dentro de la democracia discursos y concepciones que anteriormente permanecían en sus márgenes. Por último, existe una cuestión que me parece especialmente importante: distinguir entre el legado de Meloni y el éxito político de Meloni. Su capacidad política es difícilmente discutible. Ha llevado un partido que durante años fue minoritario hasta el centro del poder, ha mantenido cohesionada una coalición compleja y ha conseguido una estabilidad excepcional. Pero el juicio histórico será necesariamente más exigente. No preguntará solamente cuánto tiempo gobernó o cuánto poder acumuló, sino qué cambió realmente en Italia durante los años en los que dispuso de ese poder. Será la distancia histórica la que permita determinar si estamos ante una dirigente que transformó profundamente Italia o ante una política extraordinariamente hábil para interpretar y administrar una determinada coyuntura histórica.
AI outlook — possibilities, not facts
El gobierno de Meloni enfrentará crecientes presiones de su base derechista si no cumple con las expectativas de ruptura ideológica generadas durante la oposición.
Likely · Within months
La relación entre Meloni y Trump se deteriorará aún más si Italia continúa desacordando con decisiones estadounidenses clave, como en el caso de Irán.
Possible · Within months
La oposición italiana seguirá luchando por construir una alternativa unificada debido a sus profundas divisiones ideológicas y estratégicas.
Very likely · Within months

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