Vera Biryuk: la ucraniana torturada y condenada por un supuesto atentado que niega
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Vera Biryuk, una civil de Lugansk, fue detenida en septiembre de 2023 por fuerzas rusas ocupantes, torturada para confesar un supuesto atentado con un teléfono explosivo contra un funcionario prorruso, condenada a 15 años de cárcel y liberada en un intercambio en agosto de 2024; ahora vive en Kiev y denuncia el sistema de detenciones arbitrarias bajo ocupación rusa.
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Why It Matters
Vera Biryuk era una civil de Lugansk, ama de casa y cuidadora, que quedó atrapada bajo ocupación rusa tras la invasión de 2022. Su hermano sirvió en las Fuerzas Armadas de Ucrania y murió en Rubizhne, lo que la convirtió en sospechosa ante las autoridades ocupantes.
Vera Biryuk era sólo una civil de la región de Lugansk, ama de casa y cuidadora. Quedó atrapada bajo ocupación rusa después de la invasión de 2022. Según el relato ruso, se disfrazó con una peluca pelirroja y una falda corta para entregarle un teléfono lleno de explosivos a un importante funcionario de la administración ocupante en el este de Ucrania. Según su testimonio, vivió un juicio farsa y durante la investigación fue objeto de torturas: «En el centro de detención o bien firmas la declaración de culpabilidad sin más o la firmas después de los golpes y de la electricidad, pero vas a firmar. Ellos ya lo tienen todo preparado», explica a Crónica.
Su rostro pálido y su mirada asustada conservan la huella del miedo. Vivía en Bajmutivka, cerca de Schastia, y sobre ella pesaba además una circunstancia que la convertía en sospechosa a ojos de las nuevas autoridades: su hermano había servido en las Fuerzas Armadas de Ucrania y murió combatiendo en Rubizhne. Su madre estaba paralizada después de sufrir un ictus y la familia tardó meses en encontrar una ruta por la que pudiera abandonar la zona. Ellas terminaron consiguiéndolo, pero Vera quedó atrás. La noche del 3 al 4 de septiembre de 2023 irrumpieron en su casa hombres armados y encapuchados.
Su infierno quedó sellado cuando un tribunal ruso instalado en la región anexionada de Lugansk la condenó a 15 años de cárcel. La versión de la acusación parecía salida de una novela de espías: Vera habría viajado a Kiev, donde agentes ucranianos le entregaron un teléfono cargado de explosivos y 20.000 grivnas (500 euros) para asesinar a Yuri Afanasyevsky, antiguo responsable de Aduanas de la autoproclamada «república popular de Lugansk». Según el relato ruso, se disfrazó para entregarle el aparato, que después explotó e hirió a Afanasyevsky y a su hijo.
EL ATENTADO IMPOSIBLE DE VERA BIRYUK
Biryuk sostiene que había un problema elemental en aquella historia: nunca había estado en Kiev en el periodo en que supuestamente recibió el teléfono y ni siquiera sabía quién era Afanasyevsky. «Escuché ese nombre por primera vez cuando ya estaba en el Comité de Investigación. Habían pasado unas doce horas desde mi detención. Fue entonces cuando me dijeron por qué estaba detenida. Yo no conocía a ese hombre, ni siquiera sabía que existía».
Buscar una lógica individual a su detención es perder de vista cómo funciona la ocupación. «Durante mi cautiverio conocí a personas que ni siquiera tenían relación alguna con el Ejército ucraniano, para ser detenido en territorio ocupado basta simplemente con ser ucraniano». En su caso «probablemente se juntaron varias cosas, como que yo no me hice pasaporte ruso, sólo tenía el ucraniano; y además mi hermano servía en las Fuerzas Armadas y, además, su muerte había quedado registrada por los hombres del batallón Akhmat, el propio Apti Alaudinov [un general de división del Ejército de Rusia y comandante de las fuerzas especiales chechenas Akhmat] grabó uno de sus vídeos junto al cuerpo de mi hermano». En las televisiones de Lugansk enseñaron su cuerpo y su pasaporte, donde aparecía el lugar en el que estaba registrado.
La ocupación había empezado mucho antes de aquella noche. Biryuk recuerda que en su pueblo nadie vio llegar un nuevo Estado: simplemente se despertaron un día dentro de él. Primero apareció una columna rusa. Después, lo que allí llaman «la filtración», que separa a familias incluso en buenos, sospechosos y malos: «Empezaron los registros de las casas. Lo revolvían todo y buscaban cualquier cosa relacionada con Ucrania: banderas, contactos con militares, uniformes... y no iban casa por casa al azar». Fue la alcaldesa elegida por los ocupantes la que les entregó listas con las direcciones donde vivían familias de militares, quién tenía familiares en el Ejército, dónde encontrarlos. «Mi hermano estaba registrado en casa, así que vinieron varias veces». Para ir a la capital provincial, Lugansk, había que pasar por un filtrado y conseguir un permiso: «Ibas a la policía de las autoridades ocupantes, ellos decidían durante cuánto tiempo podías desplazarte y te daban un papel que decía que tenías derecho a entrar en Lugansk».
Al principio, cuenta Vera, muchos vecinos estaban convencidos de que aquello duraría poco. Después llegaron los rublos, la pérdida de valor de la moneda local y los arrestos. Y el miedo empezó a hacer innecesaria una represión masiva: bastaba con elegir a algunos, la masa escarmentada obedecía. «La gente no sabía qué hacer. Al principio todos pensaban: esto no puede durar mucho. ¿Cómo vamos simplemente a pasar de estar en un país a estar en otro?». Pero todo se fue alargando. «Empezaron las represiones. Iban a buscar a gente a sus casas y se la llevaban, y entonces tú entiendes lo que está pasando: detienen a una persona del pueblo y todo el pueblo se calla».
Cuenta Vera que al principio la gente decía abiertamente a los rusos: «Nosotros no os hemos llamado, vivíamos normalmente, ¿por qué habéis venido?». Pero después detienen a un segundo, a un tercero y entonces «empiezas a pensar si merece la pena decir algo o callarte y seguir libre".
EL SÓTANO DE LAS TORTURAS
En septiembre de 2023 le tocó a ella. Biryuk se despertó porque alguien la estaba levantando de su cama. Cuando lo narra, brilla en su voz ese recuerdo como si ocurriese ahora mismo: «Abro los ojos y veo muchísima gente delante de mí. Ni siquiera podría decir cuántos. Uniformes negros, pasamontañas, armas apuntándome. En la otra habitación ya estaban registrándolo todo. No me dieron ninguna explicación . Preguntaban dónde estaban mi madre y mi hija, con quién hablaba en Ucrania, qué familiares tenía allí, por qué estaba sola en casa. Y empezaron los golpes».
Le vendaron los ojos, la metieron en un vehículo y condujeron durante unos 40 minutos. Más tarde supo que la habían llevado a Lugansk, al antiguo edificio del servicios de seguridad ucraniano SBU, reconvertido después en sede de los servicios de seguridad rusos. «Me bajaron al sótano y me sentaron en una silla metálica con reposabrazos. Me sujetaron a ella con cinta adhesiva, me colocaron cables en los pulgares y empezaron las preguntas. Eran preguntas completamente diferentes, aleatorias, y daba igual lo que se contestaras porque cada respuesta iba acompañada de una descarga. Yo decía la verdad y ellos respondían: "Eso es mentira", y me daban corriente. Diez minutos después entraba alguien y decía: "Ah, sí, esto es verdad, ha dicho la verdad". Y otra descarga. Simplemente por diversión».
Lo peor no era siquiera el dolor. Era la convicción de que podía desaparecer sin dejar rastro. «Ya no importa si dices la verdad o mientes. En ese estado una persona está dispuesta a confirmar cualquier cosa con tal de que pare», pero al mismo tiempo «lo más terrible era comprender que podían matarme allí y nadie sabría dónde había desaparecido».
El interrogatorio terminó convirtiéndose, según Biryuk, en una mecánica burocrática. Yo sólo tenía que firmarlo. Después de lo ocurrido tras mi detención, después de las torturas y los golpes, simplemente me decían: "O firmas o volvemos al despacho, repetimos todo lo que pasó cuando te detuvimos y después firmas de todas maneras". No había elección».
Entre los elementos utilizados contra ella, asegura, figuraba incluso una búsqueda realizada en Google. «Tengo el sumario en mis manos. Está escrito negro sobre blanco que mi relación con el SBU quedaba demostrada por una búsqueda en Google de una canción ucraniana. Esa canción la había escuchado todo el mundo. ¿Significa entonces que todo el mundo trabaja para el SBU?».
LA TORTURA, DISCIPLINA ESTATAL
El caso de Biryuk encaja en un fenómeno mucho mayor que resulta difícil cuantificar. El Centro para las Libertades Civiles, la organización ucraniana galardonada con el Nobel de la Paz y dirigida por Oleksandra Matvichuk, ha denunciado que miles de civiles han sido retenidos por Rusia y ha identificado más de 150 instalaciones penitenciarias en Rusia y en territorios ucranianos ocupados utilizados para mantener a civiles capturados en sus casas, en el trabajo o mientras iban a comprar. Naciones Unidas geolocalizó posteriormente 161 centros oficiales utilizados por las autoridades rusas para encerrar a civiles ucranianos y documentó otros 42 lugares clandestinos.
Matvichuk explica que su red ha documentado «ya más de 100.000 episodios susceptibles de constituir crímenes de guerra». Para ella, las detenciones son una de las piezas esenciales de «un sistema destinado a controlar a la población».
Biryuk vio ese sistema desde dentro del SIZO (el centro de prisión preventiva donde permanecen los detenidos antes del juicio o mientras esperan que su condena sea firme) de Lugansk. Una de las primeras presas políticas con las que compartió espacio era Alina Sytnik, acusada de espionaje. Llevaba alrededor de un año detenida: «Tenía las piernas convertidas prácticamente en una única cicatriz. Me contó que cuando la detuvieron empezaron a torturarla con electricidad, pero perdía el conocimiento. Los que la interrogaban decidieron que así no conseguían que aceptara todo lo que querían. Entonces calentaron un hervidor de agua y se lo echaron sobre las piernas. Pensaron que de esa manera estaría más dispuesta a aceptar cualquier cosa». Al final la condenaron a 11 años.
En otras celdas, Biryuk convivió con presas comunes favorables a Putin. Dos jóvenes encarceladas por tráfico de drogas habían pegado a la pared un retrato del presidente ruso recortado de un periódico. Lo habían colocado, recuerda Vera con ironía, enfrente del retrete: «Lo habían pegado con pasta de dientes. Lo besaban por la mañana y por la noche y rezaban delante de la fotografía para que Putin les concediera una amnistía. Eran chicas muy jóvenes, de poco más de veinte años. Una me decía: "Odio Ucrania". Yo le preguntaba: "¿Qué te ha hecho Ucrania?". Y me contestaba: "Vosotros habéis vivido bien todos estos años mientras nosotros sufríamos aquí"".
En agosto de 2024 el procedimiento se aceleró repentinamente. Biryuk recibió una condena de 15 años. Cuando preguntó a la jueza qué valor probatorio tenía aquella búsqueda de Google, la magistrada le respondió: «¿Tú qué, vas de lista?».
Poco después empezaron a ocurrir cosas extrañas en prisión. La llevaron a fotografiarse. Primero vestida contra una pared. Después completamente desnuda. «Me dijeron: "Desnúdate, vamos a seguir haciendo fotografías". Pregunté para qué y me contestaron: "Porque hace falta". Después volvieron a sacarme para hacerme fotos delante de una sábana blanca. Cuando regresé a la celda, las otras empezaron a preguntarse por qué: ese tipo de fotografías se hacía cuando alguien iba a salir del SIZO. Pero a mí me acababan de caer 15 años».
Esa misma noche entró otra mujer en una celda en la que ya no quedaban camas libres. Los funcionarios dijeron que sería «por poco tiempo». Cerca de la una de la madrugada pronunciaron los dos apellidos. «Nos dijeron: "Recoged todas vuestras cosas. Os felicitamos, vais de intercambio a vuestra querida Ucrania". Empezamos a recoger. Y las chicas me preguntaban: "Vera, nosotras rezábamos a Putin para conseguir la amnistía. ¿Tú a quién rezabas para que ahora te vayas a casa?". Llevaban tres meses preguntándome si iba a besar el retrato del tío Vova. Yo siempre decía que ya lo haría cuando saliera. Cuando estaba atándome los zapatos para marcharme volvieron a preguntarme: "¿Entonces vas a besar al tío Vova?". Y les dije: "Claro. Yo tengo mi propio tío Vova: Volodímir Alexandrovich Zelenski". En ese momento se abrió la puerta y salí. Ya no pudieron contestarme».
Después de un año detenida, Vera Biryuk regresó la zona controlada por Ucrania. Ahora, con 34 años, vive en Kiev y cuando piensa en el próximo invierno habla de posibles cortes de calefacción, de sistemas alternativos para calentarse y de otra manera de medir las dificultades. "En mi edificio probablemente no habrá calefacción central este invierno. Buscaremos otras formas de calentarnos. Sí, será un invierno duro. Pero lo más importante es que no estamos bajo los rusos. Estamos en Ucrania, bajo nuestro propio cielo libre. Será un invierno difícil, pero será un invierno en nuestro país libre".
What to Watch
AI outlook — possibilities, not facts
Vera Biryuk continuará denunciando públicamente las torturas y detenciones arbitrarias en territorios ocupados por Rusia.
Likely · Within months
El Centro para las Libertades Civiles presentará nuevos casos ante instancias internacionales similares al de Biryuk para demostrar el patrón sistemático de abusos.
Very likely · Within months
Open Questions
- ¿Qué pruebas concretas tuvo la fiscalía rusa para sustentar la acusación de atentado contra Vera Biryuk?
- ¿Cuántos civiles ucranianos han sido sometidos a interrogatorios similares con torturas eléctricas en los SIZO de territorios ocupados?
- ¿Qué mecanismos de intercambio de prisioneros existen entre Ucrania y Rusia para civiles detenidos arbitrariamente?






