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Kramatorsk y Sloviansk fueron capturadas por fuerzas prorrusas en 2014 y liberadas ese mismo año. Desde la invasión rusa de 2022, el Donbás ha sido un frente activo, con ataques constantes de drones, cohetes y bombas. La 93 Brigada Mecanizada ha participado en conflictos internacionales antes de defender su propio país desde 2022.
Yaroslav Leuchenko solía ser cazador de faisanes. Ahora caza drones. Es lo mismo que hacen las patrullas bajo sus órdenes que están desplegadas en las esquinas de Kramatorsk o protegiendo a los trabajadores municipales que reparan los destrozos de los bombardeos rusos.
El número dos de las fuerzas especiales de la policía local acaba de acudir a un incendio provocado hace horas por un enésimo asalto de sus adversarios.
Un edificio de nueve plantas sito en el barrio norteño de Damansky. Las llamas surgen con violencia de varios apartamentos mientras los dos vehículos de bomberos intentan combatir su progresión. Una espesa humareda se eleva al cielo.
Los grandes bloques de viviendas de Damansky se han convertido en uno de los objetivos preferidos de los aviones no tripulados (UAV) rusos. No es raro encontrarse con esas estructuras ennegrecidas por fuegos pasados. O con ruinas de habitáculos aplastados como las que hay junto al actual incendio.
El propio trabajo de los encargados de extinguir las llamas ha adquirido una dinámica casi distópica. Se les ve equipados con chalecos antibalas y casco. Uno de ellos permanece con un detector de drones escudriñando el cielo. Los policías de Leuchenko vigilan alrededor.
No es un peligro imaginario. A las 11:20 el grupo cesa su trabajo de imprevisto entre gritos de "¡FPV, FPV!" (un modelo de dron). Todos los presentes se dispersan a la carrera. En direcciones diferentes. Se confía en el destino. El piloto ruso sólo puede elegir una víctima.
En este caso, los uniformados de Leuchenko apuntan sus armas y disparan ráfagas contra el aparato que se aproxima. El vuelo concluye con una aparatosa explosión en el cielo.
La rutina se repite en varias ocasiones.
"¡Cabs, Cabs, al refugio, al refugio!".
A veces hay que correr a guarecerse por los UAV y en ocasiones por la llegada de esas estremecedoras bombas de más de 250 kilos, cuyo estruendo -incluso si estallan a pocos kilómetros- atrona en toda el área.
"Los rusos han atacado a los bomberos más de una decena de veces en los últimos meses. Por eso tenemos que protegerlos", explica Yaroslav.
No es raro que las conversaciones se queden a medias. "¡Vienen más drones!", grita otro de los uniformados al tiempo que sus compañeros se colocan rodilla al suelo. Más disparos.
Uno de los AUV quedó colgado del techo de la edificación. Su explosivo terminó empotrado en el jardín de infancia de la comunidad. Yaroslav recoge los restos de otro artilugio volador que acaba de caer en la calle. "Están por todas partes", opina.
Este es el segundo siniestro similar al que acude Yaroslav en poco más de una hora. El anterior, otra torre de pisos alcanzada por un UAV, forzó la evacuación de los últimos siete vecinos del lugar. Todos ellos asisten a la escena sentados en el banco del parque.
El suceso se produjo la jornada anterior, de noche, pero los bomberos ya no acuden a estas emergencias cuando desaparece la luz del día. Los residentes han dormido en la calle, dicen.
"El fuego comenzó a las 5:00 de la tarde. Los bomberos empezaron a trabajar pero como les alertaron de un nuevo ataque se fueron y ya no han vuelto hasta la mañana. No sabemos qué hacer ni a dónde ir", comenta Irina Ivanchenko, de 56 años.
Dentro, los empleados públicos luchan contra la hoguera que sigue devorando varios pisos. "¡No podemos subir más arriba, el calor es insoportable!", grita uno de los bomberos.
"Los rusos están usando tácticas terroristas. Atacan edificios de viviendas civiles para generar el pánico", relata Leuchenko.
Las cacerías de drones de los policías de Kramatorsk forman parte del entorno surrealista que se ha instalado en la que ejerce como "capital" del Donbás controlado por Ucrania, que Moscú acosa desde el verano con un asalto masivo de drones, cohetes y bombas Cab.
La que Moscú pretende que sea la batalla final de Donbás comenzó oficialmente el pasado 21 de agosto, cuando Kiev declaró los dos núcleos urbanos principales de la llamada "Fortaleza Donbás" como "zonas de hostilidad activa".
Según una fuente del Kremlin citada por la agencia Reuters, el presidente ruso, Vladimir Putin, no aceptará ningún tipo de acuerdo o alto el fuego hasta que su ejército capture todo Donetsk. Ahora mismo ocupan un 80% de la provincia.
Según el general ucraniano Andriy Biletsky, uno de los militares más conocidos del ejército local, Putin ha exigido que sus tropas tomen la totalidad de la provincia para principios del 2027.
"Es un plazo irreal", señaló el jefe del Tercer Cuerpo de Ejército ucraniano.
La ciudad, un campo de batalla
La presencia omnipresente de los drones ha convertido los movimientos por esta ciudad en una especie de ruleta, en la que vehículos y viandantes deben guarecerse cada vez que escuchan el temido zumbido de esos aparatos.
Andriyi Quola, un militar de 46 años de los Marines, ni siquiera deja su rifle antidrones mientras disfruta de un café en uno de los cada vez más contados negocios que siguen abiertos en la población.
"Acabamos de derribar un Shahid (otro UAV ruso) en la colina. Tengan cuidado los FPV están hoy muy activos", precisó antes de retomar el camino.
El pasado 5 de septiembre la aviación rusa intentó destruir el principal puente que une las dos mitades de la localidad para acentuar su progresivo aislamiento. La estructura quedó dañada pero sigue abierta al tráfico rodado.
La presencia de coches quemados en pleno centro de la villa es un recuerdo del modelo Jersón que se implantó en este lugar hace ya varios meses. Todo lo que se mueve es objetivo de los aparatos rusos.
Otro equipo de policías vigila una obra de los empleados de la empresa pública de agua en una arboleda. La máquina perforadora permanece cubierta por mallas antidrones.
Feder, un agente de 46 años, aclara que en las tres horas que llevan allí han tenido que abrir fuego contra otro trío de UAV. En realidad, cuatro, porque sus palabras quedan interrumpidas cuando uno de sus acompañantes dispara su ametralladora contra el artilugio volador que se aproxima.
"Los rusos están como locos esta mañana", apunta el miembro de las fuerzas de seguridad.
Yaroslav Leuchenko estima que sus fuerzas suelen derriban unos 30 UAV cada jornada, pero apostilla: "Los tiradores del ejército que están apostados antes de Kramatorsk destruyen unos 500 antes de que lleguen aquí".
Kramatorsk y Sloviansk mantienen un especial simbolismo para Ucrania. Fueron capturadas por las fuerzas prorrusas en la primavera del 2014 -cuando Moscú inició el conflicto- y después liberadas en julio de ese mismo año.
La guerra y los robots
La guerra ha regresado a estas metrópolis, pero no es la misma guerra. Es algo absolutamente distinto. El paisaje de estos núcleos urbanos es más propio de la era Mad Max: redes cubriendo las avenidas, vehículos protegidos por rejas y pinchos, UAV surcando el cielo y robots, decenas de ellos, recorriendo las rutas que marchan hacia la zona de confrontación.
Ahora, la mayoría de suministros que reciben los militares apostados en las llamadas "Zona de la Muerte" -un espacio de anchura variable- son enviados con estos vehículos terrestres no tripulados (UGV). El avituallamiento con camiones o todo terrenos es historia. "Sería suicida", indica Oleg -apodado Dream-, el responsable de una unidad de la 93 Brigada Mecanizada.
Su agrupación se dispone a enviar tres de estos UGVs hacia el frente. Van cargados de baterías para drones, munición, alimentos y agua.
La nueva forma de hacer la guerra incluye conocimientos tan atípicos como la forma en la que se debe colocar la carga en los robots. Dream, un joven y antaño vocalista de un grupo de rock, de 26 años, explica a sus subalternos que las botellas de agua tienen que ir delante. "Los FPV suelen atacar por aquí y el agua ayuda a extinguir el fuego", comenta señalando a la parte frontal del pequeño aparato de transporte.
Los uniformados colocan los robots sobre una furgoneta y un remolque. Los van a escoltar hasta una ruta cercana, lejos todavía del área de enfrentamientos, pero ya bajo el espacio de control de los drones. Por eso, en la parte trasera se coloca un militar equipado con un fusil de cartuchos. Dream también hace asomar su ametralladora por la ventanilla.
"¡Si aparece un dron todos saltamos del coche y salimos corriendo en direcciones opuestas!, ¿ok?", explica antes de iniciar el periplo.
Tras un tenso recorrido donde se aprecian algunos restos ennegrecidos de automóviles que no consiguieron sortear la vigilancia de los UAV, el equipo frena en medio de una calzada casi desierta. El cuarteto se apea del todo terreno con sus rifles listos. Siempre mirando al cielo.
"¡Rápido, rápido!".
Se trata de permanecer en el emplazamiento el menor tiempo posible. Hace pocos meses que uno de los integrantes de su agrupación murió en una operación similar. Su coche fue alcanzado por un UAV.
La operación de descarga de los UGVs tarda sólo algunos minutos. Dream y sus hombres no los manejan. Sólo los colocan en su punto de partida. Los conductores están a varios kilómetros, en otro emplazamiento.
Un subterráneo, anodino desde el exterior, pero que acoge a media docena de pilotos sentados frente a modernas pantallas de plasma. Los dirige Yevgeny. El responsable de este grupo controla el periplo de los tres robots al tiempo que mira una pantalla que le avisa de las amenazas en la ruta. Son pequeños iconos que surgen en el plasma y que definen el tipo de dron enemigo que se aproxima: FPV, Molniya, "desconocido".
"Estas misiones suelen durar entre tres y ocho horas. Los robots tienen tres marchas. En tercera llegar a un máximo de 18 km por hora, pero solemos ir en primera", precisa el comandante del grupo de pilotos de UGVs.
Las cámaras de los robots dejan ver como discurren por carreteras donde se suceden las carrocerías destrozadas de vehículos. También de muchos UGVs. "Los robots no suelen superar la media docena de misiones. No viven más de una semana", apunta Yevgeny.
Es como observar un videojuego, pero real. Cámaras y micrófonos permiten visualizar y escuchar la guerra desde cierta distancia. Se perciben tiroteos y explosiones. Uno de los UGV pasa junto a un coche que arde. "Le han dado ahora, antes no estaba así", relata uno de los militares.
Otro de los robots se cruza con un grupo de perros, que comienzan a ladrar, incómodos ante el desplazamiento del artilugio mecánico.
Una de las "conductores" es Marina, una ucraniana de 45 años, que no se ha olvidado de la coquetería. Se recoge el pelo en un moño y dirige los mandos del control con las uñas pintadas de rojo.
Repentinamente, Yevgeny le insta a detener la marcha. "¡Para, para!". Hay dos FPVs en la pantalla. Muy cerca de su camino. "Detenemos el robot. Es como los que se hacen el 'muerto' para despistar al asesino", indica el máximo responsable del grupo.
La triple misión de Yevgeny y sus equipo consiste en abastecer a otras unidades, pero en Donbás los robots ya pelean con ametralladoras o actúan como bombas móviles. Los técnicos a las órdenes de Andriy, conocido como El mago -se ganaba la vida como prestidigitador antes del 2022- son capaces de convertir estas estructuras en máquinas kamikazes.
"Les colocamos dos de estos repollos (es el nombre en el dialecto local de dos proyectiles de artillería) y hacemos una ensalada de rusos", comenta con cierta ironía macabra, Denice, ingeniero como Andriy.
El uso masivo de UAV y UGV han subvertido toda la estrategia bélica y hace que las ofensivas fulgurantes de tanques e infantería sean imposibles.
Por eso, los expertos dudan que las tropas de Moscú sean capaces de cumplir el nuevo ultimátum dictado por Putin.
Lejos del final
El Instituto para el Estudio de la Guerra ha recordado que el máximo líder ruso ha establecido no menos de 15 fechas límites para su captura desde febrero del 2022. "En la práctica, Rusia no está logrando en el campo de batalla su objetivo de apoderarse del resto de Donetsk para finales del 2026", se leía en el análisis de ese think tank el pasado día 6.
"Al ritmo de su avance actual, las fuerzas rusas no tomarán el resto de la región hasta 2032, si es que llegan a tomarla", añadía el texto.
El jefe de la 93 Brigada Mecanizada, el teniente Coronel Shamil Krutkov, coincide con este análisis. Para él, "todavía estamos muy lejos de la batalla final" por el control de Donbás. "La situación en Kramatorsk ha empeorado pero el primer dron con fibra óptica apareció aquí hace ocho meses. Entonces todo el mundo dijo que en tres meses esta localidad estaría paralizada pero sigue viviendo", asegura.
"Ocurrió lo mismo en Dobropila y en Konstantinivka (dos poblaciones cercanas a Kramatorsk). Los rusos entraron en ellas y fueron expulsados. Ahora quedan unos 150 rusos en Konstantinivka pero Ucrania controla esa ciudad", indica.
Krutkov cree que el propósito principal de los repetidos bombardeos rusos de Kramatorsk y Sloviansk es "generar miedo en la población. Eso sí lo están consiguiendo. Mucha gente se marcha. Pero no tienen sentido militar".
El joven jefe militar -sólo tiene 28 años- se expresa en habitáculo que acoge una exposición fotográfica sobre la larga historia de esta unidad militar. La 93 Brigada Mecanizada se estableció poco después de la independencia del país. Soldados de esta agrupación participaron como cascos azules en conflictos como los de la antigua Yugoslavia, Irak, Sierra Leona, Liberia o Líbano. La guerra les atrapó después en su propio país.
Los militares de la 93 lucharon a partir del 2014 en batallas tan simbólicas como la del aeropuerto de Donetsk. Las fotos del pequeño museo recuerdan su presencia en las pugnas más sangrientas de la nueva fase de la guerra, que dio inicio con la invasión general de Rusia en 2022: Bajmut, Pokrovsk, Soledar..
"El museo original fue destruido parcialmente por un bombardeo hace poco. Esto es lo que hemos salvado", explica Dimitro, un artista gráfico, ex hippie y ahora militar, que se dedica a crear instalaciones con parafernalia bélica para este curioso recinto.
Las fotos del museo se centran en los años 2022, 2023 y 2024. Son instantáneas de una guerra que ya no se ve: tanques disparando, un soldado usando una ametralladora de tambor, un RPG anti tanque. La última obra de Dimitro, sin embargo, no ignora la nueva realidad. Es una creación en base a una amalgama de carcasas de drones. "No está terminada", dice.
Shamil Krutkov explica que la diferencia entre la guerra de 2014 y la actual es la que separa a dos universos. Dimitro, que peleó en esos años, es más explícito: "entonces podías estar en una trinchera, disparando a rusos escondidos en otra trinchera, a 25 metros de la tuya. Eso ya es inimaginable".
El máximo jefe militar de la Brigada coincide en que "drones y robots están reemplazando a los soldados. El 80% de nuestras misiones logísticas ya las realizan robots. Una vez por semana también lanzamos un asalto con robots".
"Europa no entiende este cambio", concluye.
Los policías de Leuchenko también defienden la gran band
AI outlook — possibilities, not facts
Las fuerzas rusas no tomarán el resto de Donetsk antes de 2032 si continúan al ritmo actual de avance.
Likely · Within years
Ucrania seguirá aumentando el uso de UGV para logística y asalto en el frente del Donbás.
Very likely · Within months

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