
El periodista estadounidense Evan Gershkovich describe su detención por el FSB en marzo de 2023, sus 16 meses en prisiones rusas incluyendo Lefortovo y un penal en los Urales, las condiciones de reclusión, las reglas no escritas de la vida carcelaria, su reflexión sobre el sistema político ruso y la indiferencia aparente de la población, y la publicación de su libro 'Esta hermosa tierra maldita' que se lanza el 1 de octubre.
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Evan Gershkovich, periodista de The Wall Street Journal con raíces rusas y fluidez en el idioma, fue detenido en marzo de 2023 en Ekaterimburgo mientras investigaba la producción militar rusa. Su caso se dio en el marco de la guerra en Ucrania y la represión interna en Rusia, donde periodistas extranjeros enfrentan riesgos crecientes.
Los guardias abrían la mirilla de su celda seis veces por hora. Con el tiempo aprendió a reconocerlos por sus ojos. Durante la primera noche encendió el televisor y descubrió que el principal asunto de la tertulia política de Rossiya-1 era él, Evan Gershkovich, el periodista que el 29 de marzo de 2023 acudió a reunirse con una fuente en el Bukowski Grill de Ekaterimburgo, en los Urales. Investigaba el aumento de la producción militar rusa y el dirigente sindical con el que había quedado le mostró unas hojas con cifras copiadas de documentos oficiales. De repente, varios hombres encapuchados irrumpieron en el restaurante con una frase casi absurda: "Estoy seguro de que esa mesa la teníamos reservada". Eran agentes del FSB, sucesor del KGB. Lo derribaron, lo esposaron y le cubrieron la cabeza. En la furgoneta, cuando respondió que trabajaba para The Wall Street Journal, lo golpearon y volvieron a preguntarle para quién trabajaba realmente. Gershkovich sintió un extraño alivio cuando le comunicaron formalmente la acusación. Entendió que no pretendían hacerlo desaparecer, sino convertirlo en una pieza para un futuro intercambio. "Era un sistema que ya conocía, escribí sobre las torturas en las cárceles rusas, sabía que Lefortovo, la prisión en la que terminé, estaba considerada una de las mejores. Pero una cosa es conocer todo eso y otra muy distinta verlo desde dentro", explica desde Estados Unidos. Su odisea entre los muros del putinismo queda escrita en las 400 páginas de Esta hermosa tierra maldita (Debate), que sale a la venta el 1 de octubre.
En los 16 meses preso aprendió "que Rusia elige cuidadosamente a quién trata de forma humana y a quién destruye, en mi caso sabían que habría una protesta internacional, que yo era periodista y que algún día escribiría sobre ello, no me torturaron. Muchas otras personas reciben un trato completamente distinto, como Victoria Roshchyna, una periodista ucraniana, que murió en cautiverio".
En Lefortovo, Serioga (el personaje en el que Gershkovich superpone a varios compañeros de celda) se convierte en su profesor de supervivencia. Le explica que la cárcel se rige por una ley paralela en la que cada gesto determina la reputación del preso. Al entrar en una celda hay que limpiarse los pies; no se debe ofrecer la mano antes de averiguar por qué artículo está detenido el otro; y hay que utilizar un trapo distinto para el suelo, el lavabo, la mesa o el retrete. "Cagamos donde comemos", resumió Serioga en los primeros días.
"Lo que la cárcel me confirmó fue esa resignación, quizá más que apatía, ante la idea de que en Rusia los acontecimientos escapan al control de las personas. Lo percibí entre mis compañeros de celda, los funcionarios de prisiones e incluso los agentes del FSB. Todos se sienten arrastrados por una cadena de acontecimientos y por la historia, en vez de pensar que pueden influir en ella", explica el reportero: "Por encima existe un Estado representado por una sola persona, que es quien toma las decisiones definitivas, todos sienten que individualmente pueden hacer muy poco para cambiar el rumbo".
Gershkovich nació en Nueva Jersey (EEUU) en octubre de 1991, exactamente dos meses antes de la desaparición de la Unión Soviética. Sus padres, judíos soviéticos, habían emigrado en 1979. El ruso fue su primera lengua y en casa no era Evan, sino Vania o, cuando se portaba mal, "Iván Mijáilovich". Creció comiendo borsch y kotleti, viendo películas soviéticas y escuchando a su madre cantarle Katiusha como canción de cuna. En 2017 dejó Estados Unidos para incorporarse como reportero a The Moscow Times.
En Moscú correteó como tantos corresponsales cubriendo las protestas contra Putin, los procesos judiciales, el envenenamiento y encarcelamiento de Alexei Navalny, la invasión de Ucrania y las consecuencias económicas de la guerra. También vio cómo desaparecía el Moscú abierto y cosmopolita que había conocido. Después de la invasión, muchos periodistas rusos huyeron y los corresponsales extranjeros comenzaron a recibir visados de sólo tres meses. La detención era imaginable, pero parecía remota. Investigar la producción de tanques durante una guerra cruzó una línea que el Kremlin ya había decidido borrar: "Investigar la producción militar rusa durante la guerra quizá fue demasiado lejos, pero ¿no consiste en eso el periodismo?"
En prisión "el momento más difícil fue la muerte de Navalny". Sabía que los canjes acababan produciéndose. "Parecía que el primer plan consistía en intercambiarnos a Paul Whelan [otro norteamericano acusado de espionaje], Navalny y a mí por Krásikov [un sicario del régimen detenido en Alemania]. "Mi reacción fue pensar: Dios mío, voy a permanecer aquí muchísimo tiempo"
¿Por qué la expresión "esta hermosa tierra maldita" le parece la descripción moral y emocional adecuada de Rusia?
La palabra maldita refleja la historia torturada, atormentada y difícil de Rusia. Parece incapaz de escapar de sus tendencias autocráticas, de su deseo de construir un imperio, de sus impulsos represivos y de su creencia en la primacía del Estado sobre el individuo. Los años noventa parecen una breve anomalía en la que avanzó hacia otro modelo, antes de regresar a su patrón histórico... Y los países que se encuentran en su órbita quedan atrapados en esa dinámica porque Moscú construye imperios.
A mediados de junio de 2024, cuando su caso iba a ser juzgado en Ekaterimburgo, Gershkovich dejó Lefortovo después de casi 15 meses. La despedida más difícil fue la de Serioga: se abrazaron en la puerta de la celda y, antes de que el guardia la cerrara, Evan lo vio mirar su cama vacía, con los hombros encorvados. Al salir contempló por primera vez el cielo sin una red metálica encima. El traslado a Ekaterimburgo duró dos días en un vagón Stolipin, diseñado originalmente para transportar personas y ganado. Las celdas estaban abarrotadas: hasta diez presos ocupaban espacios pensados para seis y se turnaban para dormir en tablas de madera colocadas en tres alturas. "En la segunda prisión conocí a mucha más gente, delincuentes comunes que no se planteaban grandes cuestiones morales: la guerra, por ejemplo, era simplemente una manera de salir de la cárcel". Otros ya habían combatido, "habían regresado y contemplaban la guerra como una fuente de adrenalina y como un lugar donde habían encontrado un sentido para sus vidas". Pero también encontró "a presos políticos que habían sido torturados y que podían pasar 15 años en condiciones terribles".
En la guerra "los soldados pueden encontrar un propósito, existe una hermandad y están luchando por alguna causa, sea correcta o equivocada, moral o inmoral", explica acodado sobre la mesa, con los ojos abiertos de par en par, como si todavía estuviese contemplando la enormidad brillante y tenebrosa de Rusia. Su segunda prisión estaba en los Urales, en una zona pobre: "Muchos de aquellos hombres habían crecido sin demasiadas aspiraciones y de repente la guerra les ofrecía un significado. Algunos regresaban, cometían otro delito y querían volver al frente."
¿Qué aprendió sobre Rusia durante su estancia en prisión?
Un hombre me dijo que iría a la guerra porque se enfrentaba a 15 años de prisión y acababa de tener un hijo. La cantidad de dinero que recibiría del Estado era tan enorme para alguien en su situación que pensaba que incluso valdría la pena morir: su mujer recibiría una indemnización inmensa. Algunas personas firman contratos porque creen la propaganda de Putin sobre la defensa de los rusos de Ucrania o la lucha contra los nazis, pero muchas otras ven la guerra como una buena fuente de ingresos, una salida de una situación desesperada o una especie de billete de lotería.
Su nueva celda, paradójicamente, era más grande y luminosa que la de Moscú, pero las condiciones eran peores: duchas cubiertas de colillas, colchones tan finos que el somier se clavaba en la espalda, comida de peor calidad y ninguna televisión, radio o nevera. Su nuevo compañero era Nikita, un joven de 19 años, delgadísimo, con la piel gris y los ojos hundidos, que llevaba cuatro días aislado. Al verlo entrar solo pudo repetir: "Gracias a Dios". La Tsentral era una cárcel negra, dominada en parte por los propios presos: durante la noche circulaban mensajes, cigarrillos y mercancías mediante cuerdas fabricadas con bolsas de plástico, mientras las tuberías funcionaban como teléfonos.
En el libro, la transformación de Rusia bajo Putin no brotó como un giro repentino, sino como una asfixia gradual. Lo más inquietante para Gershkovich es que esa evolución convivió siempre con una apariencia de normalidad. Mientras la policía golpeaba a los manifestantes, los restaurantes permanecían llenos.
¿Cuánto de la tradicional apatía política rusa es verdadera indiferencia y cuánto constituye una respuesta racional al miedo?
En el libro hay un capítulo titulado 'El país de la apatía', aunque a veces me pregunto si esa expresión es demasiado insensible. En 2017 existía peligro, pero todavía parecía razonable tener una opinión, emitir un voto de protesta o incluso salir a manifestarse. Ahora Pavel Siutkin, un historiador de la gastronomía al que entrevisté sobre el origen del borsch y sobre cómo afectaba la inflación a las panaderías, ha sido condenado a seis años de cárcel por un comentario sobre los crímenes de Bucha. No dijo nada especialmente revolucionario.
Por eso Gershkovich cree que "desde Europa o Estados Unidos resulta muy fácil preguntar por qué los rusos no protestan contra Putin o afirmar que son cómplices: pero en esas circunstancias, mantenerse al margen de la política parece una respuesta racional, y hace falta una clase de carácter muy particular para decidir conscientemente que estás dispuesto a sufrir eso. Hasta que ocurre en tu propio país resulta muy difícil juzgar".
Respecto a su caso, confiesa desde que empezó la guerra "todos pensábamos que lo peor que podían hacer era no renovarnos el visado. Hablamos de la posibilidad de una detención, pero le asignábamos una probabilidad pequeña", de modo que "cuando ocurrió, no fue una sorpresa: fue un shock. No era sorprendente porque respondía a la lógica del sistema, el shock fue comprobar que estaban dispuestos a llegar tan lejos."
Cuando ya se había acostumbrado a no tomar decisiones, a compartir protocolos con su compañero de celda para defecar o masturbarse, su abogada le comunicó que pronto sería libre.
-Parece que va a suceder- dijo ella
-¿Qué va a suceder?
-El intercambio.
Gershkovich confiesa que al principio sintió "una culpa abrumadora" porque su liberación fue a costa de poner en libertad al sicario Krasikov: "Espero que el bien conseguido con el intercambio supere el daño".
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El libro 'Esta hermosa tierra maldita' generará debate internacional sobre el sistema político ruso y las condiciones en sus prisiones.
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